La nostalgia fue un imperio: Estambul, Orhan Pamuk y la amargura como vocación

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Estambul / Debolsillo, 2008

La mejor imagen de Estambul se obtiene en invierno alrededor de las seis de la mañana. En alguna esquina ya cercana a la corriente del río Bósforo, pero aún dentro del casco viejo de la ciudad, el viajero puede plantarse en medio de la niebla a escuchar: gallinas en una jaula, el llanto de un niño, el paso avejentado del tranvía, el saludo de una vieja y el crujido de madera apolillada en los balcones. Apenas unos minutos más tarde, se levanta la bruma y todo queda a la vista: llanto y belleza. Escombro y orgullo. La visión de un imperio derribado.

Orhan Pamuk nació en aquella ciudad en 1952, apenas ocho años después de que una Turquía nueva —laica, demócrata, liberal— comenzara a limpiar los escombros de las guerras mundiales. Pero el pasado no es una grieta que baste con rellenar. Estambul, cuna de imperios sucesivamente devastados y paisaje de imponentes ruinas enfrentadas entre sí, emergió a la posguerra como un campo en honor de la amargura.

Los Pamuk poco querían saber de esto: ilustrados, viajeros, devotos de occidente y de padre afrancesado, representaban uno de los últimos vestigios de una clase media-alta que jugaba a seguir siéndolo. Orhan, el menor de dos hermanos, conoció a Turquía no tanto a través de sus vecinos como del relato que viajeros occidentales de nombre impronunciable hacían de su ciudad natal: Nerval, Gautier, Gide, Brodsky, Flaubert.

Estambul: ciudad y recuerdos (2003) es la crónica de dos travesías que se reflejan mutuamente: el desenvolvimiento en la conciencia de un artista y la transformación convulsa de una sociedad y una ciudad que, paradójicamente, parecen definirse por el anclaje a una imagen eterna de sí mismas.

Sucesión de pasajes silenciosos, evocados como instantáneas en blanco y negro de un pasado demolido pero omnipresente, este híbrido de memoria ensayística encierra el alma de una nación dividida entre su integración a Europa como periferia y la tentación de una identidad fuerte pero amparada en el islamismo radical.

Estambul fue escrito en la misma casa en donde transcurren sus escenas. Sesenta años después, el edificio sigue habitado por el ganador del Nobel en 2006 quien, junto a Philip Roth, quizá sea el último defensor absoluto de la novela tradicional, con núcleo en el argumento, los personajes y el desarrollo gradual de ambos. Se trata de un narrador y una obra definidos por la permanencia y no por el exilio; por la tradición antes que por la ruptura. Tal vocación desafía la noción de periferia, al situar a Turquía en el centro de la experiencia contemporánea y del flujo universal. Una obra maestra.
 

Sergio Huidobro

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