Enamorarse por primera vez

Algo hay de mágico y extraordinario en la primera vez que nos enamoramos. Es como si el cuerpo y la mente —todavía infantil, todavía inocente— estuvieran aguardando ese momento para terminar de darle sentido al misterio inexplicable que es la vida en sí. “Todo lo que necesitas es amor”, inmortalizaron los Beatles en su célebre canción. “¿Quién, siendo amado, puede ser pobre?” expresó alguna vez el escritor irlandés Óscar Wilde. Y es que, sin duda alguna, no hay mayor riqueza que la de experimentar el amor mismo. Y más aún cuando éste es correspondido.

Éste y otros temas se abordan en la novela Un grito de amor desde el centro del mundo (2001), del escritor japonés Kyoichi Katayama. El libro sigue la amistad y posterior romance de dos adolescentes, Sakutaro Matsumoto y Aki Hirose, mientras cursaban la preparatoria. Se trata de una ventana a los cosquilleos, las conversaciones interminables, los planes y sueños alrededor de un futuro prometedor… Y al mismo tiempo, al desasosiego, la ansiedad y las preguntas sin respuesta cuando a Aki la invade una enfermedad terminal.

A casi 20 años de su publicación, Un grito de amor desde el centro del mundo (2001) permanece como el más grande fenómeno literario y de cultura popular en el país nipón. Al día de hoy es el best seller más exitoso de Japón con alrededor de 3.5 millones de copias vendidas. Además, ha inspirado una película, un programa de televisión y un popular manga. “Sigo sin tener idea de por qué ha vendido tanto. Trata un tema accesible para cualquiera, pero jamás me planteé un éxito semejante”, comentó Katayama en una entrevista concedida para el diario El País en 2011.

Quizá la respuesta a esa pregunta la tiene el mismo Katayama cuando menciona lo de “un tema accesible para cualquiera”. Aun cuando la historia de esta novela es sencilla: sin tantas complicaciones en el lenguaje ni en el desarrollo de los personajes, lo relevante de ella es que gira alrededor de un tema universal a todos: el primer amor. Es pues, un viaje al centro de nuestros recuerdos hacia aquella etapa de ensueño: la de descubrir qué es estar enamorado. Regresar a las sensaciones placenteras e inexplicables que experimentamos cuando vemos o platicamos con alguien de quien pensamos es el amor de nuestra vida o de quien no queremos separarnos jamás.

Y también, al mismo tiempo, intenta explorar todas aquellas preguntas sin respuesta que, por pena o indiferencia, mientras más adultos y maduros, dejamos de preguntar. ¿Existe eso del amor verdadero? ¿Puede trascender las barreras del tiempo y el espacio? ¿Hay algo después de la muerte?

Así, la enfermedad de Aki es el detonante para discutir e intentar responder esas interrogantes.  En una de aquellas tantas pláticas en las que Aki y Sakutaro se embarcan por horas para darle mayor sentido a su realidad, concluyen que el paraíso sólo existe en el presente. “Aquí está todo, no falta nada”, dice uno de ellos. Y es que más allá del miedo o la tristeza de que una relación acabe, lo más importante es saber que haberla experimentado es y será la mayor recompensa. Descubrir la capacidad en nosotros de enamorarnos es uno de los más grandes e importantes episodios de nuestra vida.

Quizá Sakutaro tenga razón cuando, en alguna de esas otras tantas pláticas con Aki, concluye que cuando “las personas encuentran dentro de sí mismas la facultad de enamorarse hacen un descubrimiento mucho más importante que los que han ganado el premio Nobel”. Tal vez sí.

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