En este país no hay terrorismo

«Las sonrisas se pagan con sonrisas, debía haber algún lugar

en el que eso estuviera escrito normativamente.»

Felix Chacaltana, Abril rojo.

A Santiago Roncagliolo lo leí por primera vez hace casi año y medio, el título de su novela sonaba a película ochentera donde, imaginé, encontraría medias y encajes negros. La noche de los alfileres (Alfaguara, 2016) resultó ser una novela de iniciación, en la que me topé con cuatro personajes pubertos enfrentados al reto de crecer. Cuando terminé el libro, sentí que había visto una película: los capítulos parecían secuencias escritas con economía y sencillez que se reprodujeron visualmente en mi cabeza. En sentido práctico, la historia entera podría ser filmada con un ligero cambio de formato, un buen casting y un equipo de producción discreto.

Diez años antes de escribir La noche de los alfileres, Roncagliolo recibía el Premio Alfaguara por Abril rojo, una novela que también está escrita en secuencias. Nueve capítulos con descripciones y diálogos que permitirían una filmación exitosa; sin embargo, puede leerse quizá con menos detalles visuales, la especificidad del entorno en algunos casos no le permite al lector común acercarse universalmente.

Abril rojo es una novela negra con una trama policíaca impecable. Toma como escenario un aspecto fundamental, la realidad social en la que se desarrolla la trama (los métodos de ataque de Sendero Luminoso y las estrategias contrasubversivas de investigación, tortura y desaparición). El fiscal distrital adjunto, Félix Chacaltana Saldívar, es el personaje principal de este thriller; se describe a sí mismo como un servidor público y un poeta que está pugnando por salir, no es Sherlock Holmes ni pretende serlo. Aunque razona y en ocasiones intenta con todas sus fuerzas acercarse al pensamiento deductivo, se rinde ante los versos de José Santos Chocano y habla con su madre muerta como si estuviera viva.

Chacaltana debe supervisar las elecciones presidenciales en un pueblo perdido del sur de los Andes, ahí se enfrenta al terror de Sendero Luminoso y se topa de frente con crueldad militar. Los habitantes indígenas quechuas quedan en medio, indefensos, ignorantes, con el poder del voto estéril en las manos. Todo bajo la consigna de que “los turistas no deben asustarse”. Chacaltana es un perseguidor de las formas y los procesos, de los reportes y las buenas maneras, aunque el mundo se esté cayendo a pedazos en las manos de militares dementes y terroristas psicópatas. La comedia permite a los lectores disfrutar por un camino inesperado, pero efectivo, un thriller rural lleno de violencia y brutalidad.

Roncagliolo despliega con habilidad narrativa los problemas de la multiculturalidad peruana de la época. El misterio de un hombre quemado y mutilado es el hilo conductor que a simple vista se juzga como un asesinato pasional que, con el avance de la narración, termina siendo un juego intelectual que reta al mismo lector. En algún momento la frustración, las pésimas relaciones humanas y las proyecciones no son sólo del personaje principal, sino también nuestras.

En Abril rojo, el desfile de personajes empieza con un forense, continúa con un cura, un campesino, un militar, una mujer con un significativo diente de plata (la historia de amor trágico era inevitable) y los muertos. Las referencias a la cultura peruana, al terrorismo y a la cosmovisión indígena religiosa son mucho más que un telón de fondo, forman parte activa en los acontecimientos de la novela, ¿qué sentido tendría mencionar que el fiscal fue despertado por las campanas de los 33 templos de la ciudad si no contribuyera al avance del relato?

Santiago Roncagliolo le da todo el peso a las acciones, sabemos cómo se siente Chacaltana y cómo es su relación con el mundo. Se nos revela un criminal que resulta ser un elaborado nostálgico del terrorismo y nuestro “héroe” se transforma en un poeta huérfano que no encaja en el momento histórico que vive, que sobrevive entre burlas, soledad y miseria. En esta novela no dejan de suceder cosas, siempre está pasando algo más que los personajes no controlan y que permiten que la historia avance buscando su propio desenlace al estilo de una película dirigida por David Fincher, una especie de mezcla rural entre Seven y The game en el corazón andino del Perú.

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