Dolor, amor y provocación

J-M-Coetzee
El maestro de Petersburgo /  DEBOLS!LLO, 2004
 

El maestro de Petersburgo, de Coetzee, es una obra de arte. Ya saben, dicen que el arte es subjetivo, ¿no? Que tú decides qué es arte y qué no lo es. Me aventuraría a decir que este libro es el lugar en el que se neutraliza la subjetividad: es arte. Para cualquiera.

       Tiendo a cuestionarlo todo. El Nobel de literatura es EL premio, ¿no? Y me puse a pensar, así como no queriendo la cosa, qué convertirá a un escritor en un Nobel. ¿Tendrán algo en común? ¿Su legado a la humanidad será de verdad inenarrable? Y bueno, luego pensé, «vamos a ver si es cierto». Y afortunadamente me acerqué a Coetzee para mitigar mi incansable curiosidad.

       A los que leemos novelas nos gusta volar. Es eso, la verdad. De lo contrario, en vez de invertir tantas horas en un libro, nos inscribiríamos a clases de zumba. Pero no. No nos interesa mantenernos en forma, bailar al ritmo de lo último en reguetón ni rodearnos de gente. Hay que despegar los pies del suelo y la mente de la realidad para dejarnos conquistar por la adrenalina de una nueva historia.

Un retrato psicológico brutalmente bien delineado del gran Fiodor Dostoyevski, El maestro de Petersburgo nos ofrece una historia de dolor y de amor, llena de provocaciones. Un drama que cala hondo en el lector, pausadamente, a la vez que la muerte azota y conduce a nuestro protagonista hasta el abismo. Es sorprendente. Está narrado de una forma bellísima. No sé, siento una necesidad imperiosa de destacar la labor del traductor: ¿por qué no se les reconoce tanto o más que a los autores?

Sobre Coetzee, leí una cita de Carlos Fuentes:

«Yo no sé si el Premio Nobel de Literatura recaerá un día en J.M. Coetzee. Lo merece sobradamente. Pero a la calidad de su obra le sobra todo premio.»

Como todos sabemos, recayó. Ultimadamente, ¿qué más da si es o no premio Nobel?

Léanlo. Lo van a disfrutar. Es un libro para devorarse.
 

Wendolín Perla

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