Eliseo Alberto; una amistad inexorable

“La amistad también es un romance.” Eso establece Esther en alguna parte, con razón absoluta. Y es que de eso va esta novela: de cómo la amistad ocurre, a veces instantánea e insospechada, y se instala en vidas afortunadas para no abandonarlas jamás, como si fuese un imperativo categórico, un arquetipo platónico, el único atisbo asequible de la elusiva noción de eternidad. Y es que, aunque a veces creamos que para cosechar amistad es necesario cultivarla previamente, lo cierto es que a veces llega así, de esa manera, espontánea y fulgurante como el amor a primera vista. Leer las ciento ochenta páginas de esta prístina Esther refrenda más de una convicción y, sí, hace brotar más de una sonrisa y varias lágrimas. Cómo no iba a hacerlo, si está hecha de vida, recuerdos, deseos, y todo ello obra en la construcción de personajes que, por tal aplicación en la escritura, se vuelven inolvidables. Mala habrá sido la ruta de quien, en sus años de senectud, no guarda en la memoria una colección de instantes ardorosos, de convicciones férreas y de proyectos inconclusos para compartirlos en largas horas de conversación con una persona de afinidad indudable. Así, Larry Po y Lino Catalá, los ancianos protagonistas, comparten una noche habanera de incesante conversación, regada profusamente con ron y música, en busca de los fantasmas de cada uno (por ejemplo, el de aquella mujer llamada Esther) para descubrir, entre las brumas de la madrugada, que son ahora, de una vez y para siempre, amigos. Cosas así me dice Esther en alguna parte con el acento caribeño de su autor, el gran Lichi: que conversar con un amigo puede otorgarnos la sensatez de la sabiduría confirmada, la esperanza de los ideales inmarcesibles; que conversar con un amigo nos lleva a descubrimientos, porque siempre hace falta ensanchar nuestro mundo; que en nuestros años de madurez, al conversar con un amigo brillan en el horizonte tanto las lecciones aprendidas como las luces de la juventud y es posible mirarlas con gratitud y sin nostalgia.

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