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El rock sí tiene la culpa
Alberto Mclean comment 0 Comentarios

Nací en los sesenta, el mismo año que aparecieron Blonde on Blonde, Pet Sounds, Revolver y Freak Out!, discos señeros y emblemáticos. Habían transcurrido sólo 11 años desde aquellos primeros compases del rock and roll; en ese breve lapso el rock había asentado sus reales y crecido exponencialmente en gustos, géneros, figuras y parafernalia. Nadie pudo imaginar que a partir de aquel primer guitarrazo surgido de la prodigiosa mano de Chuck Berry, en 1955, llegaríamos a lo que hoy conocemos como cultura rock.

Desde entonces, la gloria y la gracia se han repartido por igual entre unos cuantos músicos imposibles y demasiados rockeros posibles… Aclaro que, según mi particular gusto, el universo del rock me ha dado gratos, gratísimos momentos, incluso con ciertos toques de éxtasis (demasiados, diría mi madre) y hasta horribles decepciones: crecí escuchando a Janis y a Roy Orbison (que a mi padre le fascinaba), pero fui consciente de que me gustaba el rock cuando conocí a los Beatles y los Stones. A partir de ahí fui definiendo y defendiendo mis gustos —con mis tropezones ochenteros, desde luego—, a la par de mi afición por el dark y el post-punk, y mi total intolerancia al metal.

En algún punto me volví acólito, seguidor de sonidos insospechados y de iconos —ahora— sagrados: de Elvis a Thom Yorke, de Lennon a Jack White, de Bowie a Ian Curtis, de Robert Fripp a Zappa, así como de grupos, unos ya extintos (The Police o Dire Straits) y otros aún vigentes, como U2 (un exceso hoy día para mí y eso que fui súper fan). Ahora, a mis cincuenta y pico de años, sé que todos ellos abrevaron de la fuente primigenia del blues y sus cuatro tiempos, pero sólo unos cuantos lograron crear algo nuevo, un sonido diferente, trastocador, transformador, transportador. Sirva la anécdota de cuando Patti Smith escuchó “Heroes” de Bowie, luego del trance de escucharla y una vez serena, dijo: por esa sola canción, bien valía la pena ser rockero… Poco tiempo después, ella misma —sin avizorarlo— se volvería uno de los epítomes del rock.



Otro ejemplo, a principios de los ochenta, Roberth Smith, músico sin cura alguna, fue guitarrista de reemplazo de Siouxsie and The Banshees durante dos años, algunas giras y grabaciones (Nocturne, álbum en vivo es una prueba imperdible de ello), ¿acaso Smith llegó a pensar que The Cure no daba para más, luego de escasos seis años de su formación…? O bien, ¿intuía que The Cure trascendería más que Siouxsie and The Banshees, de quienes, además, también fueron sus teloneros? O como aquella vieja historia de cuando Dylan le dice a los fabulosos cuatro que dejaran de cantar canciones escritas por otros y de una buena vez escribieran sus propias canciones; al parecer, Paul y John hicieron caso del consejo de Bob con bastante solvencia. Esos laberintos insospechados nos prodiga el rock y sus creaturas, y eso se agradece por la música creada, por ese placer insustituible e inabarcable, como escuchar “Kashmir”, de Led Zeppelin: una de las mejores canciones del universo y sus alrededores, por decir lo menos.



En fin, soy melómano full time y el rock me llevó a eso, digamos que tiene la culpa (como dijera aquel viejo rockero). Ahora, cada tanto desempolvo mis casetes (más de mil e igual número de veces oídos) y escucho viejas grabaciones que hice en vivo (conciertos de Dylan, Radio Futura o Soda Stereo) o de lp’s ahora (casi) inconseguibles en cd. Regreso a grupos o rolas que me marcaron, que traen a mi memoria recuerdos, trozos de mi vida…, es como regresar al terruño, al lugar donde de pronto quiero estar y quedarme hasta que la cinta acabe…, y darle la vuelta.

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