El país del instante

Es la década de los 50 y Carlos Fuentes ve de frente el nacimiento de una Ciudad de México que durará, por lo menos, hasta el terremoto de 1985. Los ojos de Fuentes están empapados de modernismo –especialmente el de William Faulkner y John Dos Passos–, del ansia de capturar cada arista y esquina del monstruo que empieza a brotar desde el fondo del Valle de México.

Hasta ahora, Carlos Fuentes se ha desempeñado como cuentista –de corte fantástico, cabe especificar– en los seis relatos de Los días enmascarados. En ese volumen ya está presente la contradicción esencial de lo que él después llamará “tiempo mexicano”: una diacronía entre el pasado indígena, colonial, las convulsiones decimonónicas y el surgimiento raudo del México posrevolucionario. Este parto que reúne a las poblaciones de todo México, a la industria del cemento y a otras fuerzas descomunales, le exige a Fuentes el amaestramiento de otro género.

Al escritor Carlos Fuentes no le queda otra, pues, que viviseccionar la Ciudad de México a través del instrumento literario que más se le asemeja: la novela. Ambas creaciones, la ciudad y la novela, irán de la mano en La región más transparente: el alboroto, el desorden, la violencia, la polifonía, y el caos forman un organismo monumental que todavía tiene mucho que decirnos sobre nuestra ciudad, por mucho que el México de Fuentes haya desaparecido.

La crónica y la asimilación de la Ciudad de México constituyen todo un género en la literatura mexicana. Vilipendiarla es uno de sus recursos acostumbrados. Fuentes corona su novela con la visión primigenia de Alfonso Reyes , el exordio magnífico de su Visión de Anáhuac. Sin embargo, al “Viajero: has llegado a la región más transparente del aire” de Reyes, Fuentes le añade el  gimoteo característico del pesimismo chilango: “aquí nos tocó vivir”.

La trama del libro es la de un ser colectivo hecho de palabras: la de Rodrigo Pola, revolucionario convertido en apoderado y empresario; la del inmigrante Gabriel; el de las señoras de la alta sociedad y el de las marchantas; los albures de los vivales de barrio y la pesadez retórica de los intelectuales. Y en el centro de ese vendaval de timbres y lenguas, la presencia de Ixca Cienfuegos, a veces encarnación de la propia ciudad, otras el fantasma de la historia, pero siempre el maestro de un coro de voces y tiempos.

Más allá de las anécdotas, lo que llena al libro es el lenguaje. El ojo narrativo se pasea con libertad por la Ciudad de México y ve todo tipo de trapacerías entre sus habitantes, la violencia instalada en el lenguaje y la sumisión de las clases, las zonas sucias de la Revolución Mexicana y del nuevo régimen burocrático, el enredo temporal de la ciudad una y otra vez destruida. El nacionalismo y el redescubrimiento del pasado indígena hacen que la reconstrucción de la ciudad por parte de Fuentes esté plagada de cosmopolitas acechados por el espectro prehispánico.

Eso es la primera novela de Carlos Fuentes, o como diría alguno de sus ridículos personajes burgueses, su breakthrough. Un episodio más en la biografía de la Ciudad de México: “ciudad del cielo gigante, ciudad bajo el lodo esplendente, ciudad del fracaso ansiado (…) suntuosa villa, ciudad lepra y cólera, hundida ciudad”, ciudad que de aquí en adelante jugará su destino entre la podredumbre y la majestuosidad.

Para acentuar aún más la ironía de Fuentes con respecto a la visión idílica de Reyes, la mayoría de los escenarios transcurren en esa noche citadina que, aunque aquí aparezca con ánimo de escándalo y de sordidez, produce nostalgia ahora que los bares y clubs de aquella época han desaparecido.

Esa condición se establece con los dos poemas en prosa que inauguran y clausura la novela, dos cantos que reúnen los grandes nombres y apellidos, los edificios emblemáticos, las colonias y las calles de nuestra legendaria. Pero a pesar de los males de esta ciudad mítica, queda una impresión que se sobrepone a las contradicciones y defectos que aparecen en la novela, y es la nostalgia por una sociedad y una urbe que ya no existen. Cuando Fuentes falleció en 2012, más de cincuenta años después de haberse publicado por primera vez, La región más transparente ya no parecía un título tan irónico, sino más bien luminoso. Y es que no hemos terminado de escribir la Ciudad de México, del mismo modo que ella nos escribe todos los días.

Reseña libro La región más transparente, Alfaguara, 2008.

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