El Nobel bajo sus pies

«Y las últimas palabras que me gritó me rompen el corazón

cada vez que pienso en ella, y pienso en ella unos cientos

de veces diarias, todos los días, y luego están las noches

interminables e insomnes.

Adiós, esperanza

Salman Rushdie, El suelo bajo sus pies

Imaginemos que la Academia Sueca, además del acta del ganador del Premio Nobel, tiene que redactar el dictamen de los que no fueron premiados. El acta apócrifa que se me ocurre diría lo siguiente:

“De acuerdo con la Academia, el premio le fue negado al escritor y ensayista británico de 69 años Salman Rushdie por la fatwa del ayatolá Jomeini contra él, que lo proclamó un apóstata por escribir Los versos satánicos, acto que lo condenó a muerte bajo la ley islámica. Resulta imposible premiar a un autor cuya literatura llega a casi todos los confines de la tierra. La calidad de la obra no está sujeta a los títulos obtenidos, pero sí a su popularidad o fácil acceso.”

No hace falta decir quién es Salman Rushdie; tampoco mencionar el lugar donde nació ni las circunstancias que rodearon su niñez y juventud entre Bombay y Londres. Quizá lo más interesante sea el incidente de 1998; sin embargo, la importancia real no radica en el riesgo que corría su vida a partir de aquel bloody valentine, sino en la universalidad que ese hecho le confirió a su obra. No soy religiosa, así que me salto esa parte del debate.

Salman Rushdie es como Thom Yorke, cansado de interpretar Creep, visto desde dentro como una especie de castigo para la eternidad. Los ataques políticos y religiosos eclipsaron la calidad literaria de un autor. Pero aún después de tantos años, Rushdie confiesa no estar harto de Los versos satánicos. Regresa a la novela como un ejercicio de acrobacia mental que le recuerda que no es un one-hit wonder, sino un texto que además de ser crítico del islam está bien escrito. Rushdie jugó a que nada estaba prohibido; reaprendió alfabetos durante su persecución, otro más salvado por la escritura.

No bastaba con pensar en finales felices, había que escribirlos para superar el miedo y alejar el prejuicio que cuestiona la utilidad de contar historias que ni siquiera son verdad. Harún y el mar de las historias es un relato luminoso que logró tender un puente no sólo con su hijo, sino también con sus lectores. El Rushdie en cautiverio regresó a sus orígenes, a la esperanza, a las mil y una noches. ¿Para qué escribir sobre lo posible si se puede dar testimonio de lo inimaginable?

Soy fiel creyente de la telepatía, del océano de las historias, de los rockstars de culto, de las alfombras voladoras, de las artes de encantamiento, y estoy a favor de lo mágico que es real (no es lo mismo que realismo mágico, aclaro), de lo brutalmente poético y fantástico. Trato de mantenerme en un estado de fascinación constante frente a lo paradójico y lo aparentemente irrelevante, soy partidaria de aquello que va contra toda lógica y consigue el asombro. Todos estos argumentos, si se les puede llamar así, son de una lectora de a pie, no los de la Academia sueca.

Dudo que Salman Rushdie gane el Nobel de Literatura, por eso elucubré este escenario distópico. Pero hemos llegado al momento donde la fantasía se rompe y me ubico en un escenario más realista. Los candidatos que desde mi quiniela personal están más cerca del Nobel son el Holandés Cees Nooteboom y el húngaro Péter Nádas. Por cierto, hay un portal de apuesta que paga 50/1 si alguno de ellos se alza con la victoria este año.

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