El mundo es un lugar agreste para las mujeres: Chicas muertas de Selva Almada

Entre 2003 y 2014 siete mujeres fueron asesinadas diariamente en México. Cada 18 segundos, en algún lugar del mundo, una mujer es violentada. En la India, el 90 por ciento de la población femenina declaró haber sufrido algún tipo de violencia en un espacio público. En 28 Estados miembro de la Comunidad Europea (antes del Brexit), un 43 por ciento de las mujeres padecieron acoso psicológico por parte de su pareja sentimental. A escala mundial, 8 de cada 10 mujeres sufrirá, en algún momento de su vida, violencia verbal, física o sexual por parte de algún familiar o conocido.

Chicas muertas de Selva Almada (Entre Ríos, 1973) es un libro honesto, escalofriante y, especialmente, bien escrito sobre la violencia que se ejerce en contra de las mujeres (no sólo) en las provincias de Argentina. A partir de una investigación íntima y personal de tres muertes impunes, Selva Almada construye un relato no ficcional, agudo y certero, sobre el feminicidio, sus causas, sus implicaciones y la vergonzosa impunidad de la que goza.

Andrea Danne. 19 años. Estudiante de psicología. Muerta, en su propia cama, de una puñalada en el corazón. Selva Almada estructura su libro Chicas Muertas a partir de la glosa fina de largas conversaciones que sostiene con familiares y conocidos de las víctimas, con la lectura puntual de los reportes policiales y escasas notas en los diarios nacionales, y con las visitas a múltiples lugares y escenas del crimen. Esta glosa le permite a Almada eliminar de golpe el distanciamiento que da forzosamente una investigación criminal y se involucra  íntimamente con estas tres (y múltiples) historias de saña y exención. El relato se interrumpe, de manera constante, con anécdotas y recuerdos francos y dolorosos, propios y ajenos, de la voz narrativa que abonan a la reflexión de temas como la misógina, el machismo y el desprecio al género femenino; además de demostrar con creces que cualquier mujer es susceptible (sólo por el hecho de ser mujer) de sufrir abusos, vejaciones, golpes, brutalidad, y furia en algún momento de la vida.

María Luisa Quevedo. 20 años. Empleada de servicio. Encontrada en un lote baldío: violada y estrangulada. Le vaciaron las entrañas para desaparecer todo tipo de evidencia. A partir de la investigación meticulosa, casi obsesiva, Almada elabora un catálogo sobrecogedor sobre los “usos” y “costumbres” que, penosamente, conocidos y desconocidos ejercen sobre el género femenino y que norman el comportamiento de éste en la casa, el trabajo, la calle, en la sociedad: la prohibición de maquillarse o usar tacones; los golpes cada vez que algo “se hace mal”, claro en lugares estratégicos para que no se noten; la normalización de miradas lascivas o toqueteos imprudentes; el andar por la calle con la cabeza gacha y tres pasos atrás ante la presencia masculina; los celos compulsivos; la prostitución por poco “amor” y mucha “necesidad”; la exposición mediática de la vida íntima; la entrega puntual del sueldo al novio o al marido; los reclamos por despecho al final de una relación; el impedimento de ver a la familia porque es poca cosa ante los ojos de la pareja; aguantar las caricias obscenas del patrón con tal de sumar unos cuantos pesos más al sueldo; el intercambio del cuerpo sin desarrollar por un sanguche y una soda. Estas escenas se repiten, una y otra vez, en la cotidianidad y se cuentan siempre en voz baja por vergüenza o por temor. Sin embargo, Selva Almada las expone en Chicas muertas sin sensacionalismos, susurros o suavidad y las cuestiona para tratar de entender por qué el mundo resulta un lugar agreste para las mujeres.

Sarita Mundín. 20 años. Obligada a prostituirse. Desaparecida. Un año después unos huesos maltrechos fueron entregados a su familia. Una prueba de ADN demostró posteriormente que no eran de ella. Su hermanita Mirta la sigue esperando. Si algo demuestra Chicas muertas es el poco o nulo interés por parte de la sociedad o autoridades para esclarecer estas muertes dolorosas e impartir justicia en cada caso. Se acusa por rumor o por prejuicio a padres, novios, amantes, vecinos, malas compañías; pero se deslinda por interés, influencias, dinero, amenazas, o porque los testimonios no son los suficientemente “relevantes”. Sí. Derecho a la justicia en papel, pero no en la práctica. De ahí que la familias involucradas recurra a manifestaciones, videntes, letreros, detectives privados, venganzas, conversaciones con medios, enfrentamientos cara a cara con el principal sospechoso, todo para amansar la incertidumbre, el dolor. Ante este contexto impune, una intimidación o paliza por parte del padre, el hermano, el novio al agresor (para evitar la reincidencia) se toma como una pequeña “victoria”.

Al igual que las familias de las víctimas, la voz narrativa recurre a una lectora del tarot para entender por qué cercenan de tajo la vida de una mujer, sin dejar rastro de ella. La respuesta está en La Huesera. Se trata de una vieja que vive en algún recoveco del alma. Su tarea consiste en juntar todo tipo de huesos, aunque prefiere los de los lobos. Recorrer kilómetros y kilómetros para encontrarlos. Volver a su choza y armar el esqueleto. Cuando éste está completo, La Huesera se sienta alrededor del fuego y canta. A medida que la canción avanza el esqueleto se va haciendo de carne, cuero, pelos, de ojos y respiración: la criatura cobra vida. Pega un salto y sale de la choza. En su vertiginosa carrera la criatura se convierte en una mujer.

Y eso es el libro de Selva Almada: Una recolección de nombres, datos duros, circunstancias, lugares, recuerdos dolorosos o incomprensibles, conductas, anécdotas justas e injustas para devolver la identidad, dar voz y reintegrar a la memoria colectiva a Andrea Danne, María Luisa Quevedo, Sarita Mundín, María Soledad Morales, Liliana Tallarico, Ana Fuschini, Marela Martínez y otras tantas mujeres que diariamente son privadas de la vida de manera salvaje. Selva Almada es una narradora extraordinaria e imprescindible para la narrativa actual latinoamericana y los tiempos que corren.

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