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El Metrobús es mi Club de la Pelea
Radhu Rubio comment 0 Comentarios

Han pasado por ahí de 10 años desde que la biblioteca del CCH Sur me permitió por fin leer a Palahniuk. Han pasado bastantes más desde que a medio ritual de zapping en una tarde-noche de fin de semana me topé con una película que mi madre no quiso sentarse a ver conmigo, pero era un buen nombre: ­El Club de la Pelea, en el prime time de Fox (si fue Fox), después de Nip/Tuck o Dexter o alguna de las series para adultos que se transmitían por aquellas épocas. Y vaya que lo disfruté. Aún creo que es una película bien hecha.

Ahora, a mis veintitantos, acercándome con una velocidad poco gratificante a los treinta, me encuentro con Fight Club una vez más. Si no mal recuerdo, amé la película la primera vez que la vi, mi joven e impresionable yo estaba maravillado, y luego disfruté profundamente del libro. Puedo asegurar que es parte fundamental de mi formación, y aunque ahora tras releerlo la experiencia dista de mi primera impresión, el cariño que le tengo a la emoción adolescente que sentí es innegable.

Poco después de terminar de re-leer, me puse a pensar: ¿y yo qué podría decir de esto? Verán, tenía un plan claro. Estaba casi seguro que era una idea excelente desarrollar un breve escrito circundando cómo los contenidos transgresores pueden perder vigencia y desestimarse a medida que avanza el mundo y nuestras sensibilidades se desplazan, es más, aún me lo parece. Pero no es suficiente. Es poco personal. Y el yo adolescente que recuerda con cariño cómo antes de besuquearme con mi crush vimos Fight Club en su cuarto tiene la imperante necesidad de hacer esto un poco más cálido.

De cualquier manera, empecemos por hablar de vigencias. Dice George Bataille que lo transgresor sólo puede existir a partir de una prohibición. Entonces, la violencia (normalizada o no), las enfermedades mentales y la insatisfacción deben ser un tabú, está prohibido hacerlas obvias, pero ahí están o lo estaban (las prohibiciones). En 1996, cuando mi generación dejaba los pañales y la generación anterior estaba entre los 10 y los 16 (en medio de su crisis adolescente, el grunge, el fin del milenio, Microsoft, los celulares y las Spice Girls), Fight Club llegó para golpearlos en la cara y lo hizo con una eficiencia increíble.

Todo Cristo amó las psicóticas aventuras de Tyler y sus amigos, y todo mundo coincidió con una idea que sugiere claro y campante: “Estamos muy enojados”, y lo estaban (siendo honesto, me parece que ahora estamos más enojados, pero intentamos lidiar sanamente con la ira), además de frustrados, y había cosas que era justo y necesario externar. Para cuando Fight Club se publicó, todo lo que se había acumulado desde que decidieron televisar la guerra (de Vietnam) estaba explotando.

Incluso cuando es un libro que se puede disfrutar en pleno 2020, ese poder transgresor se perdió (un poco) en la medida en que nuestra realidad trasciende y supera la ultraviolencia de la ficción, todos los días, todo el día, desde que decides leer los titulares sobre qué sucede con nuestro país hasta que escuchas que en alguna provincia de Dios sabe dónde decidieron inmolarse diez monjes para protestar por el cambio climático o por la pérdida de identidad cultural o por algo que valía su vida y la agonía de morir envuelto en llamas.

De cualquier manera… ¿por qué leer Fight Club?

No es complicado justificar la recomendación. Le habla directamente a la frustración acumulada que viene en el maravilloso paquete de vivir en la ciudad, sin ser distópico, sin alejarse irracionalmente de la realidad. Más de veinte años después uno podría confundir mucho de lo que relata con alguna noticia perdida de The New York Times o con un evento aislado en Florida. Es sorprendente cómo trasciende lo que Palahniuk decidió exponer como la hiperradicalización de una generación harta y fracturada; lo mencioné antes, basta con abrir Twitter y buscar noticias al azar.

El camino es vertiginoso, no da tiempo para descansar, constante y saturado de pequeños saltos nos envuelve en una sensación de insatisfacción. Queremos ver el mundo arder al lado del narrador. Si a eso sumamos que ahora ya nadie ama a Ikea, que existió una crisis por culpa de miles de créditos otorgados al azar de manera negligente, por la ilusión de un crecimiento económico desmedido (y la crisis de las inmobiliarias de la mano), y que de cualquier manera el mundo se está acabando. Es un momento ideal para releerlo. Es una mezcla entre nuestro coraje adolescente y un recordatorio de que el descontento social, la frustración y la sensación de vacío siempre han estado presentes.

Veámoslo como un proceso purificador. Porque inevitablemente hay una satisfacción profunda al ir acompañando el terrorismo sistemático que narra. Con las consecuencias, la degeneración mental y la certeza de que nunca termina bien seguir un camino tan violento, pero que ganas no faltan. La invitación a leer El club de la pelea tiene cabida a los 15, a los veintitantos, a los cuarenta y pico. Es más, tras esta nueva experiencia con el texto estoy convencido que necesito leerlo de nuevo a los treinta y fracción porque quizá hay algo más ahí, para cuando llegas a la edad aproximada de nuestros protagonistas. De cierta forma también parece que hay una necesidad de Twitter antes de Twitter, con los haikus que adornan todo el relato, y eso me parece simpatiquísimo; supongo que a mí y a todos los que utilizamos Twitter de manera regular.

De cualquier manera, los memes no mienten, todos nos estamos convirtiendo lentamente en el loco de las plantas, de los gatos, de los libros, de las miniaturas coleccionables. Entonces, ¿quiénes o cómo seremos a los 35? Prefiero creer que seré el loco de las plantas y no el loco que decidió que los golpes en el metro no eran suficiente. Encuentro en mi generación un constante anhelo por estar en paz, la paz que da hacer yoga de 8 a 9 todas las mañanas, la paz de una conexión de banda ancha que cargue mi novela en Netflix, la paz de que si releo El club de la pelea no voy a sentir que mi héroe tiene la cara de Brad Pitt, o de Edward Norton. Nos hace falta, pero estoy convencido de que para eso no hay que destruir al sistema, o sea sí, pero no para encontrar paz.

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