El mal de Montano

mal de monyanoParacelso decía que todo lo que existe puede ser venenoso. Más exactamente, que la dosis hace al veneno. El narrador (o los narradores) de El mal de Montano (2002) comprueba (n) el dicho con la literatura, sustancia que en nuestra cultura goza de un prestigio que encubre los riesgos de contraer la adicción por la literatura.

Si desde El Quijote sabemos que la literatura puede llevar a la locura, Vila-Matas no deja de señalar que las fatalidades de ese padecimiento –una memoria prodigiosa hasta el hartazgo, la separación entre el mundo libresco y el factual, el juego de espejos entre el lector y el autor–, todas ellas se atenúan por el estado de felicidad perpetua que se instala en quienes sufren el mal de literatura, una de cuyas víctimas es precisamente Enrique Vila-Matas.

El Montano del título es el hijo de un crítico literario que sufre este mal en su variante de bloqueo de escritor. A su vez, el padre de este escritor infértil es incapaz de pensar y experimentar el mundo sin arrojar una cita literaria, sin repetir fragmentos de cartas o poemas de sus libros favoritos, o sin empezar a disertar como ensayista cuando se suponía que nos iba a contar algo.

Uno de los aspectos fascinantes de El mal de Montano es que parecen cinco libros encapsulados en uno solo. El primero sería una presentación semibiográfica (o autoficción como se le llama en estos días) de Montano y su padre; y la puesta en duda de esa introducción que no sería sólo una mentira sino la puesta en práctica de otro de los síntomas de la adicción a la literatura: el llamado de la pluma a escribir inconteniblemente, la grafomanía.

Después vienen varios episodios más en los que Vila-Matas explora las posibilidades formales y expresivas, primero del diccionario, y luego de la conferencia como género literario. En su “Tímido diccionario del amor a la vida” el orden alfabético no interrumpe la historia que corre por sus varias entradas, la mayoría sobre escritores como André Gide o André Michaux, así como varias “kafkerías”.

El tercer capítulo, parecido a un soliloquio o a una obra de teatro, es una conferencia sobre Budapest, ciudad legendaria que ocupa el centro geográfico de la novela; en este fragmento  aparece tanto el tono académico como el confesional, incluso es posible sentir los ademanes del conferenciante mientras se dirige a su audiencia de húngaros. Cerca del final, el libro se transforma en un diario que nos conduce al clímax del libro, todo un homenaje a la literatura y a los otros “yoes” que es capaz de engendrar. Como síntoma final (y esto no arruinará la experiencia del lector), lo último que se lee en este libro es una cita.

Ésa es la magia de este libro mutante, a veces un diario, otras veces la refutación de ese mismo diario como documento veraz; en otras ocasiones un ensayo y en otras una conferencia. Una de las características más conocidas y celebradas de Enrique Vila-Matas es justamente la fluctuación de sus libros entre los géneros. El mal de Montano encarna esa reputación como ningún otro de sus libros.

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