El lado dulce de la sevoya

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Tela de sevoya / Lumen, 2012

En una época en la que un gran número de escritores optan por escribir con un lenguaje crudo y libre de sentimientos, Myriam Moscona hace una excepción y nos demuestra que la prosa puede contener poesía, e incluso ser ella misma —la prosa— poesía.

Tela de Sevoya es una novela hecha de pequeños fragmentos de vida. El título de la novela —contrario a lo que se podría pensar en una primera lectura—, no es un fallo, sino una referencia clara a los orígenes de la autora, a su pueblo y a sus ancestros, y proviene de un refrán sefardí que reza: “El meoyo del ombre es tela de sevoya”, que en nuestro español común se traduce como: “La fragilidad humana es como la tela de cebolla”. En sus páginas, la autora deja ver determinados hechos históricos que de alguna forma marcaron su vida: lugares, personas y cosas del pasado se dan cita en las pequeñas historias que conforman este libro que es al mismo tiempo un diario, anecdotario, libro de historia, poemario, cuaderno de viajes y lata de conservas de un lenguaje extraño: el judío-español; lenguaje del cual Moscona nos escribe con completa soltura y sin empacho alguno.

En un inicio, el lector más cauteloso podría pensar que, al no tener una idea previa de la historia y el lenguaje que se cuelan por entre las páginas de Tela de Sevoya, ello podría derivar en una total incomprensión de sus páginas; pero conforme pasan las hojas ese temor a la incomprensión se va consumiendo para dar paso al maravilloso alumbramiento de una historia familiar en momentos hilarante, en momentos trágica, pero siempre cargada de sentimientos.

La calidez con la que Myriam Moscona construye episodios de su vida nos abraza, nos cobija y nos invita a continuar leyendo hasta devorar las casi trescientas páginas que componen el libro. Al terminar de leer ésta, la primera novela de la escritora de origen búlgaro-sefardí, no sólo quedé completamente satisfecho, sino también encantado por la voz de la autora, quien me hizo revivir aquella única vez en la que uno de mis antiguos amigos —un judío muy divertido con quien comparto nombre de pila—, me ofreció un par de blintzes (así se le llama a una especie de hot cake muy fino que preparan los judíos, más parecido a una crepa. Si se quiere, puede rellenarse con alimentos dulces o salados, o bien, comerse al natural), que comí gustoso. Justo así sabe la literatura de Moscona: como un delicado y esponjoso blintze casero que te deja satisfecho, sí, pero con ganas de más en algún momento de tu vida. Es una lástima que todavía no sepa cómo freír un huevo sin que se desborde la yema y que prepare terribles hoy cakes; también es una lástima que mi tocayo ya no esté en México y que yo no tenga cómo localizarlo. Hay momentos en la vida en los que uno debe ser paciente y esperar a que el tiempo sea bondadoso. Lo bueno de los libros es que, al menos, uno puede repetir el plato una y otra vez antes de probar algo nuevo; y es bueno que así sea.

David Rubio Esquivel

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