El Hada Democrática, al filo de la medianoche

En este saliente 2016 se presentaron varias sorpresas en distintos procesos electorales a lo largo del mundo, en particular el referéndum para la salida del Reino Unido de la Unión Europea, evento conocido popularmente como el Brexit; el plebiscito colombiano para la firma de la paz entre el gobierno y las FARC; y, por último, el más destacado de todos, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos de América. En todos los casos se ejerció la democracia a cabalidad; sin embargo, la gran mayoría de analistas políticos en el mundo quedaron sorprendidos, porque los resultados fueron inesperados y poco alentadores para el desarrollo de la democracia, si entendemos por ella algo más allá del proceso electoral –un sistema de inclusión ciudadana y participación abierta, por decirlo en breve–. Ante estos sucesos se abre un debate sobre la pertinencia de la democracia, sus formas y sus sentidos más profundos.

Como si tuviera una bola de cristal, antes de las extrañezas electorales de 2016, Raffaele Simone lanzó una profunda crítica al sentido de la democracia en su más reciente libro El Hada Democrática, donde realiza una comparación entre este sistema político y el otrora popular juego de los palillos chinos, también conocido como Mikado. Para quien no recuerde cómo se juega, se toma en manojo un grupo de 41 palitos de colores y después se dejan caer sobre una superficie plana. Los jugadores deberán retirar uno a uno los palitos sin tocar más que el palito que se desea levantar y sin mover ningún otro. Como se puede imaginar, se requiere de mucha destreza y paciencia para lograrlo, tal como sucede en el juego de la democracia, con una estructura muy inestable y frágil que al menor movimiento se resquebraja.

Simone señala que la democracia se basa en un “valiente y genial sistema de ficciones” que resultan deseables para todos, pero que en la práctica resultan casi imposibles, como retirar los palitos chinos sin afectar a los demás. En términos generales, todos los valores esenciales de la democracia –la libertad, la igualdad, la soberanía, la representatividad, el sistema de mayorías, el derecho a la inclusión, entre otros–, se vuelven esas quimeras que todos admiran pero que nadie logra encarnar. Señala, por ejemplo, lo casi imposible que es sostener la libertad de participación política y el acceso a los derechos tales como la educación, el trabajo, la salud, el libre tránsito, la libre asociación, etcétera. Prácticamente no hay un solo Estado en el mundo que lo logre. Si privilegian la participación política, es normal que los gobiernos democráticos descuiden los derechos colectivos –eso suele suceder en los Estados liberales–; si, por el contrario, buscan proveer adecuadamente los derechos de sus habitantes, es muy común que se limite la participación política –como en Cuba o Venezuela, por citar ejemplos latinoamericanos–.

Lo mismo sucede con el principio de igualdad, ya que para un correcto desarrollo de diversas instituciones que son pilares en la vida democrática cotidiana (aparato de justicia, escuela, policía, entre otros más) se requiere la desigualdad; es decir, son instituciones donde las jerarquías y las diferencias son indispensables para su correcto funcionamiento.

Tomaré como ejemplo el caso de la institución escolar, la cual se supone que distingue con claridad al profesor del alumno; con roles, jerarquías, poderes y deberes perfectamente definidos. Ahora, con la “democratización del aula”, el profesor se ha vuelto un histrión que debe mantener contentos a sus alumnos ya que el sistema democrático les confirió el poder de “opinar” sobre su maestro para definir si éste es bueno o malo en sus funciones y si debe continuar en esa posición. No solo se aplica de mala manera el principio de igualdad, sino que también se revierte el orden natural del poder en el aula, porque ahora quien manda es el alumno, no el maestro; sin todo el poder que requiere, este último se encuentra muy limitado para cumplir con su objetivo.

A pesar de que diversos intelectuales –ya sea Rousseau, Schumpeter o hasta el controversial Houellebecq, todos hilados por Simone en su texto– han señalado sus ficciones y limitaciones a lo largo del tiempo, se cae en el error de pensar que la democracia es un bien en sí misma. Recuerdo con claridad el año 2000 en México, con ríos y mares de personas felices porque el país había alcanzado “la democracia”, como si con su llegada nos hubiésemos salvado de todos los males nacionales. Hoy sabemos que esto no fue así y que, muy al contrario, nos llegaron otros males, quizá peores –como la violencia y la inseguridad–, que antes no conocíamos. Pero eso nadie lo debe pensar, porque las hadas son siempre nobles.

El Hada tiene todas las dotes imaginables: es buena, comprensiva, generosa, tolerante, acogedora, afectuosa y no escatima en gastos […] en lugar de la milenaria regla ‘arréglatelas tú solo’ hay ahora otra que dice: ‘alguien tendrá que sacarte de aquí’, dando por descontado que la que lo haga será precisamente ella, el Hada Democrática, en una de sus mil apariencias.

Como en el cuento, al hada se le rompe el hechizo a medianoche, y 2016 pareciera anunciar que faltan dos minutos para el ocaso. Esta democracia contemporánea me recuerda mucho al célebre grabado de Francisco de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”. Nuestro sueño democrático no nos trajo inclusión para las mujeres y homosexuales, no nos dio sociedades más igualitarias ni un mundo sin guerras, estamos lejos de la tolerancia religiosa y el fin de los desplazados forzosos y los migrantes famélicos. El sueño de la razón democrática produjo a Donald Trump, nos guste o no. El hada perdió su encanto y Raffaele Simone nos revela sus paradojas, que cabalmente explican la triste desgracia de su espejismo.

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