El hacedor de sí mismo

“A veces pienso que es idiota tener esta ambición de ser un hacedor más o menos mediocre de frases. Pero ése es mi destino”. Estas palabras escritas por Jorge Luis Borges a los veinte años forman parte de Cartas del fervor, epistolario que recoge su correspondencia con Maurice Abramowizc y Jacobo Sureda entre 1919 y 1928. Más de cincuenta años después de tal declaración de principios a su amigo ginebrino Maurice Abramowicz, Borges escribiría un texto autobiográfico en inglés, An Autobiographical essay (1970), en donde remontaría a su infancia la convicción de que su destino estaría para siempre unido a la literatura: “Desde la época en que yo era niño, cuando le llegó la ceguera, quedó tácitamente entendido que yo debía cumplir el destino literario que las circunstancias le habían negado a mi padre. Esto fue algo que se dio por descontado (y tales cosas son mucho más importantes que las meramente dichas). Se esperaba que yo fuera escritor”.

En la apasionante correspondencia con Maurice Abramowicz y Jacobo Sureda aparece de manera patente, carta a carta, el proceso de formación del escritor argentino que hoy nadie duda en equiparar con los grandes escritores de este siglo como Kafka, Joyce o Pessoa. La larga estancia en Europa de la familia Borges fue el caldo de cultivo inmejorable para dotar al futuro creador de Ficciones de las lecturas, en lengua original, de incontables autores que, desde entonces, formarán parte de su bagaje literario, y para curtirlo, ya en España, en la camaradería y la combatividad de un movimiento de vanguardia como el ultraísmo, del que formaría parte y que más tarde lideraría en Argentina.

Será en Sevilla, en enero de 1920, cuando el joven aprendiz de escritor se encuentre con otros jóvenes de su edad que le confirmarán su destino de escritor y le invitarán a publicar en sus revistas y a colaborar en sus proclamas. Poco después la familia se traslada a Madrid, donde Borges conocerá a Cansinos Asséns, que lideraba una de las tertulias en donde reunía a sus “discípulos” ultraístas y a quien Borges seguiría considerando toda su vida como uno de sus “maestros”.

La imagen que tenemos de Borges a través de esta correspondencia varía según dirija la carta a Abramowicz o a Sureda. Como cualquier corresponsal, el reflejo que nos dejan sus confesiones, noticias y reflexiones depende del interlocutor a quien vayan dirigidas. En su correspondencia con Maurice Abramowicz encontramos a un Borges más íntimo que asume una adolescencia compartida. También resalta la visión de España que Borges transmite a un extranjero, y que posiblemente no se atrevería a confesar a un español como Sureda, su fascinación con el país que encuentra tras cuatro años en el corazón de Europa: “Toda esa España que voy descubriendo tan áspera, tan fuerte, tan triste, tan silenciosa y tan diferente de lo que se imaginan en esta honesta Suiza tan fea y tan bonachona, me gustaría encontrar la manera de mandártela con sus organillos, sus casas claustrales, sus hombres lúgubres, sus mujeres tan hermosas y la inmensa ruina de sus paisajes desnudos frente a los atardeceres bárbaros y espléndidos…” La perspectiva del regreso a Buenos Aires tras siete años en Europa coloca a Borges en el dilema crucial sobre su identidad cultural por el que han pasado tantos hispanoamericanos: “¿No seré yo, después de todo, ‘un buen europeo’, como quería Nietzsche?”

Pero la correspondencia con su amigo mallorquín toma el relevo y, desde su llegada a Buenos Aires, proseguirá la relación epistolar con Jacobo Sureda, poeta y camarada ultraísta, vástago de una conocida familia de mecenas instalados en Valldemosa. Si estas cartas son menos íntimas que las dirigidas a Abramowicz, también son, sin duda, más metódicas a la hora de exponer un pensamiento y una poética que encontraremos años más tarde en algunos de sus cuentos más memorables como “Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius”: “Un teorema de Euclides no es menos real que una canilla. Podemos incluso afirmar que las cosas reales, las cosas por las que los hombres están dispuestos a matarse entre sí, son cosas espiritualmente reales: el honor, la patria, etc… Las cosas no existen: sólo existe nuestra idea de las cosas”. El intercambio epistolar con Sureda prosigue tras su regreso a Argentina y, a medida que va languideciendo, podemos observar cómo Borges, tras su paso por la vanguardia internacional, emprende una reivindicación de lo autóctono y una recuperación de ese mundo que abandonó a los trece años apostando por la argentinidad, que se verá reflejada en su primer libro de poemas Fervor de Buenos Aires: “Estoy volviendo a una llaneza criolla en el decir y a un vocabulario sin lujos…”

Este es el Borges que desvelan estas cartas: un joven apasionado, entusiasta en la amistad, el amor y, sobre todo, en su entrega a ese asumido destino literario de “hacedor” de frases que irían labrando “ese paciente laberinto de líneas que traza la imagen de su cara”.

Cristóbal Pera

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