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El gato que venía del cielo: la imprevisibilidad es un destello
Natalia Domínguez comment 0 Comentarios

Nunca he tenido una mascota, en parte por las condiciones de los lugares que he habitado: departamentos pequeños, pisos delicados o reglamentos que la prohíben, pero también porque pasaría mucho tiempo sola, debido al estilo de vida de las grandes ciudades que nos demanda salir de casa para consumir aquello que creemos necesitar. Así, desde mi niñez, la petición de un perrito o gatito fue denegada, y hasta la fecha los mismos motivos rondan mi cabeza cuando pienso en adoptar alguna mascota, pero creo que eventualmente llegará alguna a mi vida.

La historia de este libro, ocurrida en Japón entre 1988 y 1991, comienza justo con la solicitud de un niño hacia sus padres para quedarse con un gato que merodeaba su residencia en “el callejón del Relámpago”, un conjunto de casas con una peculiar forma de rayo donde las mascotas estaban prohibidas. Algo especial en este gato hace que incluso la propia dueña permita que ese minino permanezca ahí, como si fuera una extensión de la propiedad o si, más bien, la propiedad y su vitalidad dependieran del gato.

Aunque los legítimos dueños del gato son el niño y su familia, éste decide crear lazos con una pareja vecina: el narrador y su esposa, quienes han trabajado en el mundo editorial y están acostumbrados, de cierta forma, a la soledad. Esta pareja decide nombrar al gato Chibi, y su relación, que comienza de forma imprevisible, es una reflexión constante sobre la libertad y el respeto, suscritos al mundo cambiante y sus necesidades, no sólo por las famosas características de la especie, sino por la particularidad que cada ser vivo posee y que determina la forma en la que habita el mundo.

Al principio de este libro nos encontramos con una referencia a Maquiavelo, en la que compara la Fortuna con los ríos impetuosos, como el Arno, que inundaba su ciudad. A partir de esta metáfora, Hiraide desencadena la premisa de esta novela:

Para los seres vivos, sin embargo, dar media vuelta en determinado punto del camino, deslizarse hacia un interior a través del intersticio de una puerta, ¿no es acaso un gesto espontáneo, un gesto de la misma naturaleza que el que hace brotar un arroyo?

Los días con Chibi pasan y las delicadas descripciones de la naturaleza nos recuerdan el paso del tiempo. Takashi Hiraide recrea en cada capítulo una imagen sensorial casi cinematográfica, con detalles que transmiten apacibilidad y a su vez comunican de forma sutil el trasfondo personal y social de la propia vida. Tal vez experimentar la compañía de una mascota para comprender que hay lazos y afinidades imposibles de explicar y desarrollar una mayor empatía y comunicación con los animales es un rasgo inminente del individualismo en el que vivimos.

En esta historia no hay más personajes humanos que los que rodean a Chibi: los ancianos dueños de la propiedad, la familia del niño y la pareja. De esta manera vemos reflejados en ellos rasgos de la sociedad japonesa que en ese momento se encaraba a una crisis: cordialidad hacia los vecinos, respeto y cuidado hacia los mayores y una especie de cariño hacia los objetos y lugares, no por lo que cuestan o su apariencia, sino por la vida que experimentamos gracias a ellos y que de cierta forma se queda impregnada en sí mismos y en nosotros.

La mencionada crisis financiera en este contexto se refleja en el cambio vital que los personajes atravesaron debido al aumento desorbitado del precio de los inmuebles; este cariño a los lugares y objetos tal vez no pueda ser nunca equivalente al flujo natural de las circunstancias, pero en esta historia es el núcleo para comprender la relación entre cada persona y Chibi, el gato que fortuitamente le regaló a cada inquilino la oportunidad de experimentar un concepto discutido en este libro: inazumadori, es decir, atrapar cualquier cosa que se produce espontáneamente, como un destello. Encontrarse con este libro nos regala una experiencia similar.

El gato que venía del cielo reseña Takashi Hiraide

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