El espejo del alma

El día que Liliana Colotto fue asesinada, el tiempo detuvo su curso en las vidas de Benjamín Chaparro y Ricardo Morales, quienes, desde ese fatídico 30 de mayo de 1968, vivieron su presente como una eterna espiral de memorias pasadas durante más de 20 años.

Benjamín Chaparro trabajaba como prosecretario de un juzgado en la Argentina de la década de 1960, cuando llegó a su escritorio el caso de homicidio de una joven recién casada, Liliana Colotto. Apenas fue a visitar la escena del crimen, Benjamín quedó prendado del misterio que envolvía la muerte de aquella mujer cuyo cuerpo yacía desnudo sobre la sala de su casa, expuesto a las miradas morbosas de los presentes.

¿Habrá sido su belleza, la brutalidad de su asesinato, los retratos colgantes en su pared con imágenes de ella y su esposo lo que al final sumió a Benjamín en una persecución sin descanso? Cualquiera que haya sido el motivo, lo cierto es que, a partir de ese día, su vida no volvió a ser la misma. Con la ayuda de Ricardo Morales, esposo de la víctima, Benjamín emprendió una intensa búsqueda para encontrar al asesino.

Tres décadas después, y una vez jubilado, Benjamín recoge este episodio como argumento principal de su primera novela, mismo que, a su vez, forma parte del desarrollo de La pregunta de sus ojos (2005), novela del escritor argentino Eduardo Sacheri que posteriormente inspiraría la película de Juan José Campanella El secreto de sus ojos (2009)

Escrito a manera de vías paralelas, El secreto de sus ojos salta en el tiempo entre la historia del Benjamín de los años mozos y el Benjamín jubilado, ahora escritor, quien, entre otras cosas, describe los pormenores de la vida cotidiana en los juzgados, las pistas que lo llevaron a identificar al asesino, su extraña amistad con el esposo de la víctima, pero más importante, su amor secreto por Irene Hornos, a quien conoció primero como becaria en la década de 1960 y hoy como jueza del mismo juzgado.

La mirada es la pista que hila los hallazgos de esta historia: la mirada vacía de Liliana inerte, la mirada obsesiva del asesino hacia su víctima en una serie de fotos, la mirada triste de Ricardo desde la muerte de su esposa, los ojos curiosos de Irene cuando Benjamín le confía la lectura de algunos de sus capítulos.

La mirada, como dice el refrán, es el espejo de aquello que somos pero que —por pena, por ceguera, por pudor— protegemos y mantenemos oculto de los demás. Y, al mismo tiempo, es el recurso que usamos cuando las palabras faltan o sobran. No hay manera de escondernos. Nuestros labios pueden estar diciendo algo, pero nuestros ojos delatarán otra cosa y eso, al final, será la verdad de nuestras intenciones.

Más allá de ser un thriller de detectives, El secreto de sus ojos se antoja como una exploración al dolor que sentimos cuando perdemos a alguien, al miedo y la oportunidad que representa dejar ir, la lealtad que hay detrás de la amistad, pero, sobre todo, una invitación a obedecer lo que dice nuestro corazón con la entera certeza de que no hay mejor decisión ni momento que el ahora para hacerlo.

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