El discreto encanto de la diatriba: Peroratas, de Fernando Vallejo

El Gran Contramaestre Fernando Vallejo es, probablemente a pesar de sus pesares, una persona ampliamente visible, legendaria y tan pública que no requiere más palabras para presentarlo ante ustedes, todopoderosos lectores. (Y si no, busquen en Google, joer, que no les haré nunca la tarea.) Ha dicho y escrito cuanto le ha dictado su libérrima voluntad. Nunca ha dudado en lanzar invectivas e incluso anatemas contra Cristo, Mahoma y el innombrable Iodevahué (y, ya que en esas andamos, también contra el Papa en turno). Ha defendido públicamente las bondades terapéuticas del sexo con hombre, mujer, animal, cosa, hermano, niña, pariente, madre, niño y, quiero añadir, masa de protoplasma, porque la fornicación despeja la mente, es buena, sana, digna, siempre y cuando excluya la posibilidad de procrear. Y es que procrear… ah, verbo inane, es el mayor pecado que cometer pueda cualquier inteligencia en activo sobre el planeta. La paridera incontenible que todos los días nos acerca a la (merecida) ruina de nuestra especie y probablemente del planeta donde nos arrojó el destino es la mayor pesadilla de dios y del diablo (que no existen). Fernando Vallejo ganó y donó el monto del premio (aún entonces denominado) Juan Rulfo; y también ganó y donó el monto del premio (aún denominado, probablemente porque a sus herederos no les interesa armarla de tos) Rómulo Gallegos a la digna causa de sostener albergues para perros sin hogar en México y en Venezuela. (Y, nota personal, la plata involucrada en ambas donaciones no es que fuera cualquier baba de perico; ya la quisiera yo para un año de fiesta.) Matacuras, ponebombas, anarquista, terrorista y, quizás paradójicamente (creo) espíritu en paz consigo mismo, Fernando Vallejo entrega en el volumen que supuestamente debería aquí yo estar reseñando (y, queda claro, no lo haré) la verdad de su verdad, su pensamiento sin censura, su pasión, su extraordinario credo sin fe. Todo ello en cápsulas: breves ensayos intensos como perder el sentido. Yo que tú, mi querido lector, mi semejante, mi hermano, leería este libro como quien asiste a un rito sagrado y lo releería como Satán, si es que tal personaje mereciera existir: con rabia, con inteligencia, sin fe y con pleno placer.

*Fotografía tomada de http://revistacritica.com/

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