El collage que forma México

lauraemiliapacheco

El último mundo / Mondadori, 2009

Nostalgia. Ese fue el sentimiento que me invadió como ejército Napoleónico en cuanto cerré el libro. Recargué la cabeza contra la cabecera de latón de mi cama y le eché un vistazo a la maleta semivacía que, abierta, anunciaba mi partida. ¿Qué me falta por empacar? Me pregunté a sabiendas que la aerolínea no acepta más de 23 kilogramos de equipaje. ¿Cuánto puede pesar abandonar tu país?

Hay cosas en la vida que te llegan cuando más las necesitas. A una semana de un viaje sin fecha de expiración, decidí sentarme a leer, acariciar páginas y meter la nariz entre letras. (Algo de lo que más me gusta de la literatura es el olor a libro, nuevo o viejo.) Leí El último mundo de Laura Emilia Pacheco.

Laura Emilia ilustra con nitidez el México de hoy, nuestro México. Un país que, hundido en la belleza del caos, no se parece ni un poco a lo que fue en tiempos prehispánicos. El lector se pasea por entre los pasillos sin forma de un tianguis atiborrado, se topa con la Niña blanca, la Santa Muerte, que detrás de su túnica le promete a sus devotos un final sereno. Camina también por Calakmul, por entre mariposas metálicas, aves e insectos extraños y flores silvestres. Va luego a Morelos, donde se topa frente a frente con un enorme tiradero que podría representar la hediondez de la corrupción mexicana.

Este libro, así como el tianguis descrito por la autora, es un collage del que -queramos o no- todos formamos parte. Cada crónica se podría comparar con una lona de color dispar y que, unidas pero a la vez fragmentadas por la asimetría que hay entre cada una, forman eso: un tianguis literario que revela sin reprensión las carencias del México actual. Se despliegan ante nosotros, en forma de nuevo periodismo, la ignorancia, la escasez y la corrupción que como mexicanos nos sumergen y arrastran hacia la añoranza por aquel pasado prehispánico, tal vez utópico, siempre mejor. Pero brilla de pronto entre las páginas una esperanza disfrazada de riquezas naturales y arqueológicas. Sonreímos ante la inherente bondad de la mayoría de los mexicanos. Personajes como Raquel, que cuenta, mientras engarza granos y semillas de frijol para formar pulseras, la muerte de su esposo al intentar alcanzar una mejor vida al otro lado de la frontera. El anhelo continúa al toparnos con un pueblo que, al perder toda seguridad en sus gobernantes, es capaz de valerse por si solo. Fueron miles los civiles que salieron a las calles a recoger escombros y ayudar a cualquiera, después de la catástrofe del 19 de Septiembre del 85. Es así, en base a episodios autobiográficos de su experiencia, tanto en el país como fuera de él, que Laura Emilia Pacheco traza una realidad que aterra pero no carente de ilusión, sino todo lo contrario.

Y regreso a lo mismo: observo mi maleta y mi armario. ¿Qué me falta? Me vuelvo a preguntar ya medio desesperada. Al terminar de leer caí en la cuenta de que hay cosas que como mexicana no es necesario empacar, cargas con ellas a cuestas, estés en donde estés, vayas a donde vayas. Yo soy parte de ese tianguis disparejo que alberga tantos mundos como le es posible. Soy una pieza más del collage que forma México. Llevo conmigo sus tradiciones, ritos y costumbres, su majestuoso caos. Todo mexicano porta un tatuaje en el alma que escribe con mayúsculas el nombre de nuestro país. Meto el libro a la maleta. Lo releeré cuando ese tatuaje comience a difuminarse.

Natalia Martínez Alcalde

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