El cine y la memoria

«Si la película es demasiado corta, meteré un sueño»

Luis Buñuel

Hace años estudié cine, hice documentales y luego decidí que lo mío eran los libros. Con estos antecedentes, alguien cuyo nombre mantendré a salvo dejó sobre mi escritorio un ejemplar de Mi último suspiro, acompañado de la siguiente nota: “Parece buena idea que lo leas y escribas algo.”

No me gusta asomarme a la vida personal de aquellos que admiro; la idea es evitar desilusiones. Esta vez no hubo naufragio; mientras leía confirmé que uno es lo que conoce, lo que recuerda y, al final, lo que sueña… Buñuel se declara practicante de algo que llama “La ensoñación diurna, un ejercicio de recuperación de sueños perdidos”. Cuando quedaban pocas páginas de este Suspiro, me resistí a llegar al final; no quería terminar aquella charla imaginaria que había comenzado once noches atrás.

Recuerdo que la primera película de Buñuel que vi, sin saber que era de él, fue, precisamente, Él.  Yo tenía nueve años y lo primero que noté fue la fascinación que Arturo de Córdova provocaba en mi abuela materna; al principio fue perturbador, después se convirtió en experiencia estética. Él, un melodrama con claras alusiones surrealistas, fue un encuentro frontal con un lenguaje cinematográfico que retaba al espectador.

Más adelante, durante mi paso por la universidad, vi absolutamente todo lo que Buñuel había filmado. En desorden, por supuesto, y con ignorancia de gran parte del subtexto fílmico que regresar a esas películas me ha revelado. Vi Nazarín antes que La edad de oro. El discreto encanto de la burguesía para después ver Los olvidados. Lloré con La ilusión viaja en tranvía y nunca acabé de entender El fantasma de la libertad. Me enteré de que Buñuel era surrealista cuando ya había visto casi todas sus películas, y en la clase de historia del cine supe de su “bandita”: la generación del 27, donde sobresalían apellidos tan representativos como García Lorca y Dalí.

De regreso a la lectura. Buñuel hace una advertencia: no es hombre de pluma y su guionista de toda la vida, Jean-Claude Carrière, le ayudó a escribir estas memorias. Es un texto extraño, se siente como una conversación. No con el lector: claramente el autor está hablando con su amigo, que transcribe para nosotros lo que Buñuel decidió evocar. El gran cineasta acaricia el recuerdo con una prosa amable y generosa.

Como este libro, también yo voy y vengo. Las Hurdes es uno de los documentales que más influyeron en mi decisión de estudiar cine. Si tu opera prima es Un perro andaluz, no necesitas del azar o de la causalidad para seguir filmando. Pero… ¿cómo retratar una tierra sin pan si no tienes dinero para el rodaje? Sencillo: la vida pone en tu camino al anarquista Ramón Acín, quien te promete pagar la película si se saca la lotería. Buñuel cuenta cómo Acín gana la lotería dos meses después de esa promesa y cumple su palabra. También cuenta el trágico destino de ese personaje. En el recuento de tales anécdotas no hay orden cronológico ni de ideas, pero eso no importa. Queda claro que iremos conociendo al hijo, al estudiante, al soldado y al cineasta. A Luis Buñuel, de alma entera.

Todo comienza con su infancia rural para en el camino confesar que le cae mal Picasso y su famoso cuadro Guernica no le gusta; va de la neurosis parisina al incondicional amor por México, y de su receta de un aniquilante dry Martini aterrizaremos en una orgía fallida organizada por Charles Chaplin.

En Mi último suspiro me enteré de que don Luis corría, boxeaba y hacía una especie de acto de circo en el que sus compañeros brincaban sobre su abdomen sin que él se inmutara. Descubrí que se mantenía humano y alejado de lo snob; me conmovió que en sus reflexiones sobre la muerte se detuviera a pensar en si habría tiempo de una última broma. Además, a pesar de ser ateo, le exigió a Dios que le concediera levantarse de entre los muertos cada diez años para comprar periódicos y enterarse de los desastres del mundo.

Para terminar, un dato de esa información inoficiosa que tanto me gusta: Luis Buñuel dirigió su última película el año en que yo nací.

Mi último suspiro de Luis Buñuel (Debolsillo).

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