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El capitán
Maruan Soto Antaki comment Un comentario

La pena y el dolor navegan en el poema de Whitman. O Captain!, My Captain!

Con él, las analogías marítimas eran recurrentes. Capitán, almirante o contramaestre. Los motes se intercambiaban en la complicidad. El barco no zarparía a buen puerto, a menos de que se mantuviera un equilibrio entre perseverancia, disciplina y, de tener suerte, algo de talento.

Habíamos intercambiado un par de correos antes de vernos en un restaurante. Alfaguara era el sello que me dejó conocer algunos de los libros que aún hojeo para volver a lo que entiendo como un piso del que no hay que alejarse. Las cubiertas grises y moradas de su primera identidad, todavía se encuentran en el librero más próximo a la silla donde escribo habitualmente. Por Alfaguara conocí a Yourcenar. “En francés, sólo hay un Marguerite que vale la pena”, se rezaba en mi casa. Una casa hecha gracias a los libros. La afirmación no sólo era demoledora, imponía una presión infame que me acompañó al encuentro con el editor a quien le entregaría mi primer manuscrito, Ramón Córdoba.

Llegué unos minutos antes. Él lo hizo al poco tiempo. Me levanté de la silla. Esa costumbre anacrónica que mantengo a la fecha y me obliga a explicar, constantemente, que no la ejecuto por quien llega como por satisfacción propia.  Como la lectura.

Cuando lo conocí, saludó afirmando que no me parecía al niño que recordaba.

Unos treinta años atrás, Ramón Córdoba trabajó en la Casa Chata, sede del CIESAS, el Centro de Estudios e Investigaciones en Antropología Social donde mi madre impartía clases. No sólo me enfrentaba al temor de quien entrega la primera versión de un texto, el hombre sabía que mi pasatiempo infantil era permanecer abajo de un limonero. La vergüenza cobraba tintes insuperables.

Aquel manuscrito había sido rechazado ferozmente. Una editora que actualmente me saluda con particular efusividad a cada ocasión, la devolvió con una nota en la que aseguraba la inverosimilitud: un personaje jamás se mudaría de país para perseguir un sueño ideológico. Semanas después, Ramón se comunicó conmigo para dejarme saber que eso mismo era lo que interesaba en la novela que le había dado a leer. Se publicaría al año siguiente.

Los albores de las Primaveras Árabes me llevaron a intentar explicar en diarios y noticieros, qué sucedía en la tierra de mis herencias. Los tiempos editoriales y la infamia que atravesaba mi familia en Damasco permitieron una segunda novela. El editor accedió a publicarla antes. Durante dos años trabajamos el texto anterior.

Sin Ramón Córdoba, mi oficio sería otro.

Nada es más sencillo para quien escribe y después publica, que instalarse en la fragilidad de la arrogancia. De él aprendí que no todo merece ser publicado, una revisión cada día más escasa a razón de la soberbia. Virus de nuestra época. El capitán enseñó la virtud de las inseguridades. Las dudas constantes sobre cada párrafo. Enseñó que, si uno aspira a acercarse a la literatura, es imprescindible nunca abandonar una intención estética.

Rigor e inconformidad envuelven la confianza en la relación de un autor con su editor. La misma que quien escribe deposita en una vía de doble dirección con los lectores. Ramón Córdoba, el lector profesional que hacía libros.

Alfaguara edición Maruan Soto Antaki Ramón Córdoba

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