El aventurero trasatlántico

“El personaje es el elemento más importante en una novela”, afirmó Daniel Sada un viernes que comíamos una torta de pierna en el Salón Nuevo León. “La historia la atmósfera, la tensión, se construye a través de los personajes. La crueldad, el amor, la aventura y la mentira nacen de él”, lo escuché decir antes de su último bocado. Así, cada novela que he leído de Jordi Soler se ajusta perfectamente a lo que Sada decía, sus personajes son potentes, creíbles, humanos.

La primera novela que leí de él fue La mujer que tenía los pies feos, y yo, como aquel productor cinematográfico que deja todo por Varsovia, también me enamoré de ella. ¿Quién es este escritor de nombre catalán que engatusa con sus letras? Me pregunté recién iniciado este siglo. Después supe que tenía un programa de radio y que, “Argonauta”, era su columna de los lunes en Reforma.

Lo seguí leyendo cada semana hasta que pocos años después me llevó por parajes exuberantes de pericos y mono araña de la mano de Arcadi, su abuelo, exiliado de la Guerra Civil española en La Portuguesa, una comunidad de republicanos catalanes afincada en la selva de Veracruz. ¿De verdad es su abuelo? Me pregunté al leer las aventuras de ese hombre que había peleado contra el régimen franquista a sangre y lodo hasta salir huyendo para salvar el pellejo.

Con Los rojos de ultramar, Jordi Soler se consagró ante mis ojos. Después vino La última hora del último día, la continuación de aquella saga familiar iniciada por Arcadi, ahora protagonizada por Marianne, la tía loca furiosa que lo perseguía por los cafetales de La Portuguesa hasta alcanzarlo y pegarle una paliza.

¿De verdad Jordi Soler es ese niño que corre huyendo de la tía loca? Soler se reinventa en cada novela, él es el primer personaje que recrea a través de sus recuerdos. Si cierro los ojos lo miro en la piel de Arcadi, en los gritos de Marianne, en la nostalgia del tío Oriol, perdido en Los Pirineos, tragado por la guerra fratricida de Franco y protagonista de la tercera entrega: La fiesta del oso, una novela de secretos y revelaciones, donde nada parece ser como lo pintan.

“Los personajes de una novela se deben a su contexto, a su época”, me explicaba Daniel Sada, otro viernes que nos citamos para comer la típica torta de pierna del Salón Nuevo León. “Los personajes son como tú y como yo, nacen de uno mismo y también se dan el lujo de morir, pero sólo en el papel”, me insistió. Soler se nutre de ellos y los personajes hacen lo mismo a través de su pluma. Marcado por el lugar donde nació y pasó su infancia, Jordi Soler creó un universo propio, un mundo narrativo en el cual cabe la crueldad, el amor, la aventura, la guerra, la selva y el exilio, en su reciente novela, Ese príncipe que fui, se mete en la piel de un personaje en el que media la realidad y la ficción como un espejismo en el horizonte: su Alteza Imperial Príncipe Federico de Grau-Moctezuma, último descendiente del último emperador azteca.

Ese príncipe que fui, arranca en plena conquista de México, cuando Xipaguazin, hija del emperador Moctezuma, es raptada por el barón Juan de Grau, tatarabuelo o chozno de Federico. Jordi Soler, con una prosa deslumbrante va estirado la trama hasta llegar a las postrimerías del siglo XX, cuando el “príncipe” Federico de Grau-Moctezuma en pleno franquismo, vende títulos nobiliarios de un imperio perdido quinientos años atrás.

¿A partir de qué recuerdos Jordi Soler construyó este personaje?, se me antoja preguntarle. ¿Hasta cuántas generaciones nos alcanza la imaginación para reinterpretar el pasado e inventarnos un futuro? ¿Qué tanto del Jordi poeta, del locutor de radio, del columnista, del aventurero trasatlántico, hay en cada uno de sus personajes? Después de leerlo, escucharlo y bloguearlo, creo que Jordi Soler hizo como el primer Valois, el primero Borbón y el primer Moctezuma, se inventó a sí mismo después de una década de vivir en Barcelona, ciudad que abandonó su familia después de la Guerra Civil española, para fundar La Portuguesa, en la selva luminosa de Veracruz, terruño que Jordi nunca ha podido (ni podrá) abandonar.

Conjura escrita por☞ Rodolfo Naró


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