El año que se queda

En el año 1984, George Steiner publicó un ensayo sobre el libro que Orwell nombró con esa fecha. El texto se llamaba “Killing Time” y hablaba acerca de lo que Orwell le había hecho al año que estaba naciendo. Lo primero que cuestionaba Steiner en el texto era si la relevancia del libro hubiera sido la misma de haber quedado El último hombre de Europa, título que Orwell y su editor consideraron por mucho tiempo como nombre definitivo de la obra. Pensando sólo en lo que durante ese año giraba alrededor del libro la respuesta era negativa. Al decidirse por 1984, decía Steiner, Orwell se apuntaba un tremendo golpe, ya que colocaba su firma en una porción de tiempo. A diferencia de otros libros distópicos, como Un mundo feliz o Fahrenheit 451, con su título, 1984 parecía concederle una temporalidad alcanzable a la brutalidad totalitaria de aquel no-lugar que Orwell describía en la novela. Esto a pesar de que para Orwell 1984 no era un tiempo concreto, sino una visión del futuro proyectada con simplicidad desde un momento muy específico: 1948, año en que Orwell terminó la obra y cuyos números finales invirtió para definir un tiempo para lo que ocurría en la historia de la novela.

De acuerdo con Steiner, hasta ese momento ningún otro año había causado tanto revuelo alrededor de lo que significaba su llegada, ni mucho menos una obra había generado tanta expectativa sobre lo que pasaría en el mundo. El futuro estaba entrando a casa y los cuestionamientos y balances acerca de qué tan cerca estaba el presente de la realidad que Orwell describió se enfilaban uno tras otro. Fuera de la euforia y el pánico porque llegaba el futuro, Steiner se preguntaba ¿qué se podía esperar del año 1984?, y además lanzaba una pregunta a lo que pasaría después ¿desaparecerá 1984 de la inmediatez y de la conciencia popular, una vez que termine el año de 1984?

Lo que hizo George Orwell en su 1984 fue sobre todo hablar de la interpretación de su propio mundo. Orwell había estado en España entre 1936 y 1937 para hacer frente a los sublevados que comandaba Franco y que tenían el apoyo de los nazis alemanes. Lo que vivió en esos años fue fundamental para su oposición absoluta al totalitarismo y su apoyo a lo que él consideraba socialismo democrático. Criticó al Partido Laborista Británico y al Partido Comunista de Stalin por su falso interés por la clase obrera y por dejar que el socialismo se degradara a algo meramente institucional en donde la conservación del poder era lo único importante. Por ejemplo, le parecían absurdos el respeto y la devoción que buena parte de quienes se adherían a la izquierda mostraban hacia el régimen de Stalin, pese a que había pruebas de los múltiples abusos y la crueldad que dentro de éste existían. Ahí encontró su enemigo. El estalinismo se convirtió en una constante en la obra de Orwell. Su lucha por tratar de revelar lo que ocultaba se dio a través de sus ensayos y novelas, Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949) son los ejemplos más evidentes. Pese a que en esta última son claras las semejanzas entre el Gran Hermano y Stalin o entre Emmanuel Goldstein y Trotski, Orwell no quería establecer un paralelismo tan fiel como ya lo había hecho en Rebelión en la granja. Pese a esto, no estuvo en sus manos que en sus primeros años 1984 se catalogara como un intento de mostrar de manera fiel los abusos estalinistas, tanto que en Estados Unidos llegó a venderse con la etiqueta de “panfleto anticomunista”.

Sin embargo, no son las semejanzas a un régimen en particular lo que le da valor o perdurabilidad al 1984 de Orwell. Al contrario, es su nula especificidad lo que le abre las puertas. Orwell habla de los impulsos humanos, de la degradación del espíritu y de la obsesión por el poder, situaciones que van más allá del régimen estalinista. Ya en 1961, a través de un apéndice para una reedición de New American Library, Erich Fromm da cuenta de esta cualidad de la obra: “Libros como los de Orwell son severas advertencias, y sería lamentable que los lectores interpretaran 1984 como una descripción más de la barbarie estalinista, y les pasara desapercibido que también está hablando de nosotros”.

Muchas de las prácticas represoras o de las estrategias para mantener el poder han sido comunes desde los días de Orwell o antes; y siguen hasta los nuestros. Si bien en la actualidad no existe un régimen con la brutalidad que mostraba Orwell en su libro, esto no significa que la censura, la contención y corrupción del lenguaje, la opresión del pensamiento, la malversación de información y el control de la verdad nos sean ajenos. Al contrario, en gran medida gracias a los avances tecnológicos o la situación del mundo, estas prácticas se han sofisticado; muchas de éstas ya se llevan a cabo sin el salvajismo o el miedo de por medio y utilizan recursos de aparente libertad o seguridad hacia los individuos para conseguir su concesión.

Nada menos habría que poner la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos como ejemplo. Ya desde su campaña el miedo a que el totalitarismo del que se habla en 1984 se volviera realidad aumentaba. Y durante la primera semana de Trump en el puesto la venta de 1984 en Amazon se disparó, esto impulsado porque Kellyanne Conway, una de sus asesoras, utilizó la expresión “hechos alternativos” para justificar la información falsa que la oficina presidencial había dado sobre la asistencia a la toma de posesión del presidente. Estas referencias de nuestro presente a la novela no son nuevas, por ejemplo, en 2013, cuando se reveló que la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA) espiaba al mundo de una forma salvaje, las ventas de la novela en Amazon se multiplicaron por siete.

Así como Orwell hablaba de lo que había vivido, de su pasado y de sus experiencias recientes, también estaba hablando del futuro. No porque predijera con exactitud muchas de las situaciones que pasan ahora, sino porque estaba describiendo la necesidad de poder y la lucha por conservar su ejercicio. Con esto también se anticipaba al cuestionamiento que se hacía Steiner, porque Orwell nunca intentó predecir nada, ni tampoco puso el año 1984 como un límite; sólo anticipó los extremos de control a lo que llegaría cualquier afán totalitario.

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