Edmund Wilson

Fue editor de Vanity Fair y de New Republic, y columnista literario de New Yorker. Sus artículos contribuyeron a divulgar las obras de los escritores de la generación perdida, particularmente las de Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald. Fueron muy influyentes sus obras de crítica literaria El castillo de Axel (1931), Los triples pensadores (1938), La herida y el arco (1941) y Sangre patriótica (1962). Es autor también de ensayos de costumbres (Los nerviosismos americanos, 1932; Biografía de una idea; Debido a los iroqueses, 1959) y de novelas y relatos (Pensaba en Daisy, 1929; Recuerdos del condado de Ecate, 1946).
Sobre él dice Christopher Domínguez:

El impulso de Wilson es comprensible desde El castillo de Axel, precisamente por ese didacticismo que lo hace aparecer hoy día como crudo, primitivo. Creyó Wilson que Estados Unidos era una nación rústica que necesitaba de la ilustración literaria y puso manos a la obra. Completó el periplo europeo de su adorado Henry James y explicó a Proust y a Joyce desde el principio, tesoneramente, presuponiendo la ignorancia de un público que él mismo creó y con él creció, arropando a una nueva literatura que apareció tan milagrosamente, a los distantes ojos europeos, como había surgido, medio siglo atrás, la rusa, esa literatura que Wilson consideraba la más bella de las artes. “Esperábamos lluvia y tuvimos un diluvio”, dijo, patriarcal y orgulloso, Wilson.
Nunca es Wilson ni destructivo ni avieso. Se comporta como un fundador. Sabe que su responsabilidad suma en los activos de la tradición y hay juicios suyos que condenaron irremediablemente a quienes los merecieron. Ezra Pound, por ejemplo, jamás pudo quitarse la aureola del provinciano universal, el expatriado que improvisa, aquel quien hubo de ser un hermoso e imponente árbol, pero no un bosque. Se le culpa de haber menospreciado a William Carlos Williams y a Wallace Stevens, lo cual es cierto, pero llama la atención que a los críticos “conservadores” siempre se les comprometa por la dureza de su oído. ¿No será que la poesía, sobre todo desde que se emancipó, justo cuando la gloria del simbolismo, pide más de lo que merece? Eso es lo que han dicho los críticos en privado, cuando no los escuchan, a la hora confesarse en sus diarios.

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