Diatriba contra el amor (O por qué Dios es un gran químico)

¿Saben cuántas páginas, cuánta tinta, cuántos kilómetros de película de 70 o de 35 milímetros, cuántos programas de televisión y radio han sido dedicados a hablar del amor? ¿Pueden calcular cuántos sillones de los terapeutas se han desgastado mientras el dueño del cuerpo ahí tendido habla de amor, de desamor o de despecho? ¿Cuántos caballitos de tequila, copas de vino o vasos de whisky han sido bebidos por hombres y mujeres que intentan curarse de un amor que ya se ha ido?

¿Qué pasaría si todos estos incautos supieran que el amor no existe? Sí, así de simple y contundente: no existe. Al menos es lo que intento comprobar con este texto o, de lo contrario, sentiría perder la razón (si es que alguna vez la he tenido), pues no he salido bien librada de ninguno de mis múltiples enamoramientos.

El amor es una invención necesaria dirigida a quienes gozan con el sufrimiento; para quienes creen que con cada desencuentro algo se aprende; para aquellos inconscientes que les da por el romanticismo, la cursilería y creen fervientemente que el “para siempre” es un escenario posible. Para quienes se avientan con todo, porque piensan que no tienen nada que perder. ¿Nada? ¡La cordura!

Por eso digo que el amor no es más que química. Una jugarreta genial de un Dios ludópata a quien no le importan el 14 de febrero, los vestidos de novia, las promesas hechas en un motel o en el altar, las declaraciones ridículas, las novelas románticas, las canciones de ardidos ni los ramos de rosas. A Dios, a ese Ser Supremo que le dio por inventar el “amor”, lo único que le preocupaba era que la especie que había creado (supuestamente a su imagen y semejanza) continuara reproduciéndose. Sí: la famosa supervivencia de la especie. Ni modo que la creación del ser humano (que, la verdad, nada tiene de perfecta) se perdiera en la noche de los tiempos. ¡No! A poblar el mundo, a tener hijos, los más que puedan mientras puedan (poder que se ha alargado gracias al viagra… y no es albur). Y para eso, este Dios que seguramente posee muchos conocimientos de química (entre otras cualidades que le otorga la omnipotencia) nos hizo como nos hizo: deseosos, atractivos. Calientes. ¡Pero no con todos! Hay que ser selectivos. Que las reglas de la química y la neurobiología tienen lo suyo. Vista, tacto, olfato. Todo juega a la hora de seleccionar pareja. Todo, menos la inteligencia, pues si dejáramos funcionar el cerebro a la hora de pronunciar un: “Sí quiero” o “Te amaré siempre”, nadie lo diría. Ya se ha comprobado que la sensación de euforia producida por los químicos del amor nos nubla el entendimiento y nos impide hacer juicios de valor, suficientemente objetivos, de la persona que tenemos enfrente, de nuestra supuesta “media naranja”.

No somos más que hormonas y sustancias químicas diversas, conduciéndonos hacia el lecho. ¡A tener relaciones sexuales se ha dicho! Si no, ¿de qué manera seguiremos invadiendo la tierra y acabando con sus recursos naturales?

Dios es un gran químico, no cabe duda. Un ligero empujoncito de unas nalgas perfectas, una sonrisa de esas que cautivan, una mirada juguetona, un aroma mágico y estamos más que dispuestos para intentar, al menos, traer más seres humanos al mundo. La magia del ADN que necesita un especial coctel genético (de genes diferentes a los nuestros, pues) para evolucionar.

El amor —esa gran utopía— se reduce a la búsqueda de sistemas inmunológicos distintos, tipos sanguíneos, circuitos cerebrales, feromonas, oxitocina, serotonina, feniletilamina, adrenalina y demás sustancias bioquímicas que, como los buenos novelistas, nos engañan a la perfección.

Así de simple, así de triste. No somos dueños de nosotros mismos ni cuando cometemos el pecado de lujuria. Es la química quien se encarga de elegir a nuestros amantes, acatando reglas que ni siquiera conocemos. El cromosoma 6 tiene más peso en nuestra supuesta libre decisión en el momento de escoger pareja, que en aspectos tan fundamentales como ver la vida de una forma parecida, tener las mismas aficiones, educación, cultura, metas, gustos…

¿Amor? ¡Ja! Ya es hora de aceptarlo. El amor no existe. ¿Acaso no lo comprueban, día a día, miles, millones de parejas que se pelean, se separan, se divorcian o rechazan cualquier institución que les haga promesas?

Dios es un gran biólogo, químico, neurólogo. Nos diseñó, aparentemente, con un objetivo primordial: ser capaces (y felices) de gozar del sexo, aquí y ahora, sin que nos importe nada más. Aceptemos que el amor es un invento del ser humano, que vive en sociedad y le encanta inventar reglas y prohibiciones, y acatemos la sabiduría del Señor… por el bien de todos. Bueno, es una simple sugerencia.

 Por Beatriz Rivas

beatriz rivas

 

 

 

 


 

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