¡Destruye tu legado!

El club de la pelea

Estábamos borrachos y mariguanos y solos en mi casa; Brambi (mi mejor amigo) y yo; apenas hacía unos días había visto El club de la pelea con Brad Pitt y Edward Norton, y mis venas habían hervido con tanta Marla y tanto jabón y explosivos y caos y violencia y existencialismo a punta de madrazos. Emocionado, buscando desesperadamente en Tyler Durden una guía, un ídolo, alguien que me sacara de mi vida de adolescente chaquetero, le confesé a mi compa — El Brambi—  que nunca me había peleado, que me pegara lo más fuerte que pudiera.

¿Qué? ¿En serio? ¡No mames, cómo te voy a pegar!, me dijo.

Sí, en serio.

Entonces se acomodó y trató de pegarme, pero, estoy seguro, no lo hizo tan fuerte como hubiera podido; el golpe apenas y me empujó tantito.

¿Qué tiene que ver esta historia de adolescente chaquetero con la reseña de un libro? ¡Este espacio es para hablar de literatura, no para recordar tus mamadas!

Pues en este caso, mis mamadas tienen todo que ver con este libro, El club de la Pelea 2, la novela gráfica, la continuación de la gran obra de Palahniuk casi 20 años después.

¿Por qué?

Porque yo también me tragué el cuento. Porque yo también me aferré al mito. Al arquetipo de Tyler Durden. Me colgué de él como de tantos otros ídolos. ¡Tyler! ¡Tyler! ¡El dios Tyler!

Ahora moldearía mi vida de otra forma: me haría un tipo duro que se transformaría a través de la violencia y el desprecio de la sociedad de consumo. Un fan de la autodestrucción. “Toda la autosuperación es masturbación, pero la autodestrucción… ahhh”, había dicho Tyler.

Ideas, ideas, ideas y más ideas.

Mitos. Mitos y símbolos cabrones del inconsciente colectivo.

Papás. Más papás adoptivos. Más ideas adoptivas.

Y lo que hace salvajemente bien Palahniuk en esta continuación de su mítica historia, es matarlas a todas. Aniquilar a Tyler. Tratar, aunque le sea imposible y es seguro que no lo logre, borrar el mito; gritarle a los fans como yo que Tyler es una idea, y que las ideas, ésas sí, son chaquetas, no existen, son humo.

Por eso, este libro, en muchos niveles, es intencionalmente malo: porque tiene otro tono, porque es una sátira, una burla imposible, porque es meta-mamón, porque los personajes no se sostienen y son imposibles y argumentalmente son irrisorios y falta tensión y y y y y y y… y tantos y’s que durante la primera parte del libro estuve a punto, muy a punto de dejar la lectura y pensar que Palahniuk era un pendejo acabado que había escrito una mierda. Por suerte, como ya tenía el compromiso de escribir esta reseña para la Langosta, por chamba, y porque me gusta que me paguen con libros (¡mi gran ambición literaria!), me empujé para llegar hasta el final… y… ¡qué bueno que lo hice! Porque finalmente me emocionó y entendí lo que creo que Chuck intentó hacer en esta segunda parte para una historia que era imposible que tuviera una segunda parte: matarla.

Hacerla intencionalmente mala. Burlarse en la cara de los que nos lo creímos todo y que al contrario de lo que decía Tyler: —matar a nuestros papás, no seguir líderes—, lo agarramos a él como un nuevo profeta.

El libro es muy bueno porque es intencionalmente malo; el mismo autor reflexiona sobre eso, y lo hace de manera brillante. Es un experimento consciente. Es artísticamente brutal por el desprecio de lo que literariamente es bueno, en pos del impacto artístico que provoca.

Es admirable y salvaje y rabioso e inspirador que un escritor se atreva a hacer esto con uno de sus hijos: gritarle al mundo: ¡era sólo una idea, no es cierto, fue un chiste! Y al hacerlo, golpearnos, abofetearnos, hacernos bullying y sacudirnos, como lo hace la buena literatura.

Y finalmente inspirarnos. A no construirnos más mitos. A quemarlos a todos.

A aplastar a nuestro ego y a nuestras pretensiones artísticas.

Cuando entiendes eso y llegas a la última página, obtienes esa misma sensación de ardor y fuego y adrenalina e inspiración que te deja un libro “literariamente impecable”; o sea, que a pesar de los personajes y las fallas intencionales en la trama y la burla descarada, el artefacto literario funciona: Explota en tus narices. ¡Y qué pinche explosión!

Qué huevos, qué valor.

El verdadero arte de este libro (además de los dibujitos) es el gesto. El fuego. La aniquilación.

Léanlo. Expandan el virus. Rebélense de sus propios mitos.

¡Destruye tu legado! Esto (y creo que aquí estoy alentando un nuevo mito) es lo que deberíamos hacer todos.

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