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'Destierros' de Gabriela Riveros o la escritura interminable.
María de Alva comment 0 Comentarios

Museo de Historia Mexicana. 27-sept-2019

He decidido titular esta presentación como Destierros o la escritura interminable por lo siguiente. La primera vez que yo leí la línea con la que arranca este texto fue hace ya casi 20 años en un taller de creación literaria que organizó Gaby en su casa de San Jerónimo con algunos escritores de la ciudad. Ahí estaba esa frase que ha recorrido tiempos, espacios, hijas, diversas casas, trabajos, ocupaciones. Siempre el mismo comienzo:

“Por un instante ajeno a los espectadores, reinó el silencio dentro del silencio. El director alzó los brazos”.

Con este brevísimo texto, Gaby abre las posibilidades o bifurcaciones de lo que va a pasar. La novela, armada como esa gran pieza musical que la orquesta va a interpretar, es el primer encantamiento del texto. Como el ‘Había una vez…’ de los cuentos infantiles –nosotros, los lectores- nos quedamos a la expectativa de lo que ocurrirá, somos los espectadores en esa gran sala a oscuras que ilumina el escenario. Así, esta frase me ha rondado de forma intermitente e inexorable, desde que la leí por vez primera, mientras que Gaby, empezaba, desechaba, luego remendaba y volvía a escribir esta interminable historia, que por años se volvía leyenda como una más de las grandes mitologías regiomontanas, un texto que se escribe y no se acaba nunca. Aunque por fin lo hizo y aquí estamos.

El segundo encantamiento ocurre en el siguiente apartado denominado “Ejido Los milagros de Dios, Durango”. Y cito:

“Adentro del cuarto oscuro, Helena frota un cerillo. Su rostro claro, avejentado, y su cabello de leona se iluminan. Enciende el cirio.”

Nuevamente la luz y la oscuridad bajo el fuego del cerillo como si fuera una caverna de la prehistoria que de pronto se iluminará con teas encendidas para mostrar los rostros sorprendidos de aquellos moradores de la prehistoria que se sentaban para escuchar el milagro de la narración, es así como la escritura de Gabriela nos propone otro comienzo para la novela. Helena nos revelará los secretos de su vida y nosotros permaneceremos sentados, atrapados por aquellas historias que aguardamos dentro de la habitación en penumbra, en esa cueva mágica y oscura donde se ha prendido el primer cerillo. 

El tercer encantamiento aparece con la historia de Julia, quien maneja bajo el candente sol del desierto en la carretera de Monterrey a Jiménez, Chihuahua, una mujer que parpadea incesantemente en medio de esa luz voraz propia del norte del país que lo va consumiendo todo. Parpadeo, franja intermitente entre la luz y la oscuridad tal como Helena o los espectadores en el teatro. Parpadeo, pequeña interrupción de la vida que dura lo que un aleteo. Es esa vida interrumpida la que nos habla, ¿cuántas veces hemos de empezar nuestra vida o quizás, nuestro ensayo de la vida como dice Milan Kundera, si no es posible dar marcha atrás a ninguna de nuestras decisiones?

Y cito a Milan Kundera:

Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.

Tres sortilegios atrapan al lector de Gabriela. Tres encantamientos nos hablan de esas vidas que no tienen remedio, que guardan en el cajón todas sus decisiones sin echar atrás. ¿En qué resquicio es que hemos dejado las posibilidades que no fueron, las que no contaron, las que sólo nos mantienen despiertos a las tres de la mañana?  Esta novela es un destierro y a la vez, un desierto, un páramo yermo acunado en el norte del país. Todo eso que no fuimos y arañamos en la soledad de la noche, que le decimos a la almohada, que nos carcome por todo aquello que no tiene retorno. La vida no tiene vuelta atrás, advierte Gabriela a través de Julia y Helena. Ciegos e inútiles, creemos en la ficción de lo que hemos escogido ser, lo cual por supuesto, aniquila todo lo que pudo ser. Gabriela nos habla de eso, del dolor que eso produce, de esa pérdida, acaso quisiéramos tener más tiempo para vivir otras vidas, todas las vidas posibles. Como en el epígrafe del primer capítulo tomado de Soda Stereo, himno de nuestra generación: todos tenemos una doble vida.

Helena guarda en sí las otras historias de México, las que no salen a la vista, las que no sabemos, las que están al margen de los resúmenes de la historia de México en los libros de la primaria, desde las atrocidades de la Revolución hasta las muertas de Juárez, los repetidos silencios que se rompen con su voz. Helena, acodada en el borde de la carretera, también está en los límites de la historia y la memoria. Julia, por su parte, deberá revelar el secreto de su vida y de su nacimiento, rompiendo uno a uno los tabúes en los que se ha convertido su vida, esa vida burguesa y cómoda a la que se ha acostumbrado, donde el pueblo quedó en la infancia y la identidad en la casa perdida de los abuelos llena de golondrinas, bicicletas, madera de ébano y la clásica comida norteña. Un accidente será la llave para abrir toda esa vorágine que, como las tolvaneras que se mencionan en los señalamientos de la carretera, arrasan por el vasto norte de nuestro país. El ‘Réquiem’ de Mozart suena en su coche al tiempo que el último Amén la lanzará al vacío de la frágil línea entre la vida y la muerte, lo que catapulta el cajón del recuerdo.

Cruces colocadas en Lomas del Poleo, Planta Alta de Ciudad Juárez, en el lugar donde fueron encontrados 8 cuerpos de mujeres víctimas de feminicidio en 1996. Wikipedia.org

Los espejos abundan en esta novela. Julia buena y Julia mala, Mariana y Julia, gemelas y sombras, reversos de su propia historia, como esos discos de vinilo que se tocaban al revés y en donde descubríamos una música paralela, el Lado B del mundo, todo eso que queda soterrado al fondo de la existencia. Ciudades con vidas superpuestas, el París de los puentes sobre el Sena y el París de las bombas terroristas, Canterbury y Jiménez, el México cultural y turístico y el México de la violencia, las cruces, las muertas. Historias de amor inconclusas, sin villanos, ni revanchas, sólo la vida que pasa por ellas despojándolas de su inocencia. Uno lee las posibilidades amorosas de Julia y se dice, bueno, ¿y por qué no se quedó con este? Pedro o David, por decir algo. 

Por último, no quiero dejar de notar que la novela de Gabriela es un recuento fidedigno que da fe del siglo XX, aún en estas postrimerías del siglo XXI, nuestro siglo, del cual no acabamos de salir. El México revolucionario de Pancho Villa y sus atrocidades contadas por las mujeres hasta la música popular como Bon Jovi o Silvio Rodríguez, se mencionan películas como la Lista de Schindler o la tumba de Cortázar en París e hitos literarios como Cien años de soledad. Una novela es un imperio y en ese ancho espacio cabe todo.

La obra de Gabriela es un largo viaje, callado y sutil que traspasa la vida pública del país hasta las entrañas y a la vez, es un viaje íntimo por la vida de dos mujeres cuyas existencias están tocadas por el destino, pero también por el azar y en cuya revelación introspectiva se encuentra el origen de su dolor. En el epígrafe de la novela, tomado de Marguerite Duras, Gabriela señala esa falta de consistencia que creemos pisar con fuerza, pero que se desmorona. Julia también aguarda que se abra esa puerta cerrada para poder salir. Acompañemos a Julia. Acompañemos a Gabriela con este texto maravilloso. Muchas gracias.

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