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Descubrimos que la palabra sana y ya no nos van a callar
Ameyalli Roskaritz comment 0 Comentarios

A Paloma la mataron. Por mujer la mataron, por curandera la mataron. La mataron porque nació hombre y terminó mujer; a Paloma la mataron por muxe. Por primero ser Gaspar y luego ser Paloma. La mataron por ser mujer.

A las mujeres se les ha atacado por brujas, por sabias; por ser librepensadoras y dueñas de su propio cuerpo. En épocas de la Inquisición se acusaba y quemaba a las mujeres por conocer las propiedades de plantas medicinales para sanar, por poseer una especie de conocimiento que se salía de la norma. Por eso representaban un peligro latente, pero ¿peligro para qué o quién? Para la Iglesia, que con su poder absolutista y patriarcal quería obtener el control a toda costa.  Por esto se ensañaba tanto en su pretensión de eliminar todo aquello que representara las energías femeninas y la sabiduría ancestral que viniera con ellas. La mujer se debía mantener callada y sumisa.

Situémonos en el contexto actual: diariamente vemos encabezados que nos gritan nuestra violenta realidad por todas partes. Redes sociales, televisión, internet, puestos de revistas. En todos lados se habla sobre feminicidios, violencia contra la mujer y todas las formas de lo que representa ‘lo femenino’. Esto es un constante recordatorio de que vivimos en una sociedad que vulnera y ataca todo lo que sea feminizado. De esto nos habla Brenda Lozano en su más reciente novela, –Brujas-. 

Según teóricos del tema, es considerado como un feminicidio todo acto de violencia dirigido específicamente a acabar con la vida de una mujer por su simple condición de serlo.  Un feminicidio tiene como móvil un cúmulo de conductas misóginas que pueden ser perpetradas por medio de agresión sexual o física, pretenden exterminar el valor material y simbólico de lo que es considerado femenino. Esto incluye a los miembros de la comunidad LGBT+ que, como Paloma, relacionan su orientación sexual, identidad y expresión de género en caracteres femeninos.

Mediante estas acciones violentas, el victimario pretende establecer un control absoluto sobre la víctima, una acción que depende directamente de una pretensión de dominación masculina sobre los cuerpos femeninos.

Este es un concepto político que ha logrado una amplia visibilidad en los últimos años gracias un gran número de colectivos y organizaciones feministas en América Latina, con el cual se ha pretendido denunciar la violencia contra las mujeres y la impunidad con la que se perpetúa.

En contrapeso con un Estado y medios de comunicación que revictimizan, lucran con la tragedia y vuelven de un feminicidio todo un espectáculo, Brenda Lozano pretende resaltar, a través de su novela, la importancia de darle un rostro humano a la historia de estas mujeres. De humanizar, de proporcionar un giro a la narrativa que dignifique la memoria de la víctima y no la deje como una cifra más.

Brujas- es una historia conmovedora: comienza hablando sobre un crimen de odio contra Paloma, un personaje feminizado; concluye contrastando dos historias y realidades aparentemente opuestas, pero idénticas entre sí. Las protagonistas son dos mujeres, Feliciana — una curandera —y Zoé —una periodista que, al contrario de las narrativas convencionales, hablan de maternidades, abuso sexual y sobre la forma en que todas sus experiencias —y trato con otras mujeres — les han ayudado a establecer su identidad.

Feliciana es una curandera que abraza sus raíces y tradiciones; que honra a sus antepasados y familiares — entre ellos, Paloma — que le han heredado el don de curar a través del lenguaje. Representa a esa mujer que es poderosa a través de las palabras y del conocimiento de la medicina tradicional. Para Feliciana, el lenguaje tiene poder y no sólo es político: la palabra sana. Conocer la historia personal, identificarla y poder compartirla sana también.

En -Brujas- , Brenda Lozano invoca al lenguaje que es territorio de lo desconocido, al que es puente entre mundos, al que teje vínculos, al lenguaje como sitio de revelación. – Gabriela Jauregui.

Conocer a una mujer, implica conocerse a una misma también. Las relaciones, experiencias e influencias de cada mujer que ha pasado a través de nuestras vidas tienen un papel importante a la hora de establecer nuestra identidad, nuestra propia historia. Es por esto que Feliciana, antes de contar la suya, necesita conocer primero la de Zoé.

Con este acto, a través de la palabra, las mujeres tejen, mezclan y entienden a través de sus historias que sus realidades no son tan diferentes; que el México ancestral, rural y mágico se puede tomar de la mano con el México actual, urbano y acelerado. Entienden que sus vivencias como mujeres las unen y las llevan a una misma lucha: poder defender su fuerza e identidad.

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