Fred es un idiota

capote
Desayuno en Tifanny’s / DEBOLS!LLO, 2013
 

Cualquiera podría decirlo. Que Fred es un idiota. Que ha dejado escapar de sus manos una oportunidad única, irrecuperable. Cualquiera se lo podrá criticar: incluso él mismo, cuando narra la nostalgia, el profundo peso de una marca –una cicatriz hecha de un tajo- que una persona le dejó como único recuerdo. Una mujer, específicamente. Holly Golightly.

Pero hay algo en Fred (como la propia Holly le bautizó) que va más allá de las expectativas –banales- de muchos de nosotros, respecto a las relaciones humanas, o al amor. O, simplemente, de las expectativas (a secas) que genera su relato. Constantes. Uno está esperando línea a línea que las cosas sucedan como las conocemos, o como creemos conocerlas, en el mundo ordinario que nos asedia. Y entonces, en vez de un fiasco, o de pensar que Fred ha hecho mal algo, uno se entusiasma y respeta sus decisiones. Se le toma como ejemplo y se reflexiona sobre su actuar. Más, se le entiende cuando uno ha conocido una mujer parecida aquella de la que él se enamoró. Mujeres a las que la sociedad –todavía- tacha de putas. O de cabronas, o de interesadas, superfluas, frías. Ellas, las que se fijarán hasta el último en ti: antes pasarán frente a sus ojos y junto a su cuerpo o su corazón muchos otros hombres. Y al final tú, si bien te va, si acaso sucede.

Mujeres de las que no vale la pena enamorarse.

Por eso no estoy del todo de acuerdo con esa idea –que cualquiera podría sugerir- de que Fred es un idiota. Posiblemente, se me ocurre, podría ser un desdichado. Uno más del montón, porque existimos muchos como él: fracasados. De esos que pensamos, con un 90 % de ingenuidad, que la mujer idolatrada en algún momento llegó a “querernos”. Aunque sea un poquito. Que una sonrisa suya nos perteneció, o que fuimos parte, un –pequeño- momento, de su ajetreado pensamiento. De su preocupación, como a Fred le ocurrió.

Y sólo por eso, estoy seguro, Fred es inmensamente afortunado.
 

Samuel Segura

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