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De miradas laterales
Erick Baena Crespo comment 0 Comentarios

“Jean-Michel Basquiat (Brooklyn, Nueva York; 22 de diciembre de 1960 – Manhattan, Nueva York; 12 de agosto de 1988) fue un artista, poeta, músico, dibujante y pintor estadounidense”. Eso consigna Wikipedia, fría y llanamente. De Suzanne Mallouk, la mujer con la que el artista plástico vivió algunos años, en ese “Nueva York glamoroso, artístico, musical, violento, drogadicto y convulso”, la enciclopedia digital no tiene entradas (al menos en español).

Retrato de Jean-Michel Basquiat por Andy Warhol, en getty.edu

Es el sino —parece— de las mujeres que compartieron su vida con artistas consagrados por la historia. Dorotea Muhr, viuda de Juan Carlos Onetti, le reveló a Leila Guerriero, quien hizo un perfil de Muhr para la revista Gatopardo, que nadie había acudido hasta las puertas de su casa a preguntar “por la mujer con la que Juan compartió la escritura, los libros, el insomnio y el exilio durante cuarenta años de toda una vida hasta el día de su muerte”. 

Jennifer Clement, en el libro La viuda Basquiat, se propuso darle voz, cuerpo y alma a la mujer que acompañó las andanzas de uno de los artistas plásticos más sui géneris de finales del siglo XX, quien pasó del arte callejero a los museos, de los márgenes al mainstreamLa viuda Basquiat es un retrato sobre la relación de Susanne Mallouk y Jean-Michel Basquiat, “amantes unidos por el imparable poder de la adicción y del arte, la obsesión y el amor”. Una historia de amor inigualable, alejada de convencionalismos. 

Suzanne Mallouk y Genevieve Reichle en flickr.com/photos/ben_t_buchanan/

Sí, es un lugar común: la vida de excesos asociada a la creación artística. Y en algunos casos, como aquellos que ocultan su mediocridad bajo la bandera de la marginalidad, no es más que una pose. En Basquiat, ese desencanto, esa actitud transgresora, es genuina: el artista afroamericano vive en un eterno performance de autodestrucción. No asimila del todo su ascenso fugaz a la escena neoyorkina de la época, un gremio despiadado, encabezado por su amigo: Andy Warhol. Y Suzanne lo confirma:

“Para él todo era simbólico: cómo vestía, cómo hablaba, cómo pensaba, con quién se relacionaba. Todo debía ser prolífico, tener una razón de ser; su actitud fue siempre irónica. Jean siempre estaba observándose y riéndose de sí mismo desde fuera de sí mismo”.

De miradas laterales está sembrado el camino de la buena literatura: Clement  cuenta la historia desde el punto de vista de Suzanne, sin oscurecer la figura de Basquiat. A través de fragmentos breves, como instantáneas de Polaroid corroídas por el tiempo, Clement reconstruye los recuerdos de sus protagonistas con una prosa repleta de imágenes poéticas, que apela a las emociones. ¿Acaso la memoria no está construida con fragmentos dispersos? 

Clement narra con la frialdad de un cirujano y, con escalpelo en mano, abre en canal al lector:

“Suzanne conoce su esqueleto. Sabe dónde está cada hueso y cuál es el que más duele. Sabe que el moretón que deja una caída en el hielo es diferente al moretón que deja un cinturón. Ha estudiado el largo de su tibia, el ancho de su fémur. El jalón de cabellos de la nuca es diferente al jalón de cabellos de la frente. Se ha educado mediante el vaivén de una mano que le cruza la cara. De noche se acuesta en su cama y escucha a su padre jugar tric trac con sus amigos, que también han llegado de Canadá como refugiados palestinos. A veces los observa a hurtadillas, y su padre la jala entre las sombras y le da a probar cerveza con el dedo”.

Cruda, pero hermosamente escrita, La viuda Basquiat tiene relámpagos líricos como éste, que nos arrebata:

“Sentir una silla como una bofetada. / Sentir una mesa como una patada. / Sentir una lámpara como un puñetazo. / Sentir una puerta como un empujón; pero una puerta puede abrirse”.

Clement, además, se vale de una estrategia narrativa novedosa: al final de cada capítulo coloca, en cursivas, el testimonio de Suzanne (obtenido, seguramente, a través de entrevistas). Y arriba, la reconstrucción que la narradora hace de ese momento, privilegiando los detalles. Clement, como buena novelista, se guarda la sorpresa hasta el final. Y se coloca en el centro de la acción, y lo entendemos todo… 

En el inusual, pero breve, prólogo de La viuda Basquiat, Michael Holman, amigo cercano del artista, escribe:

«Hay emotividad, humor mordaz, escandalosas formas de abuso, amargura y, para todos, un dulce éxtasis. Lea este libro, nunca lo olvidará». 

Suscribo.

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