De literatura y otros viajes

 

Las puertas de la percepción / Debolsillo, 2014

Break on through to the other side...
The Doors

Los sentidos humanos son, por mucho que pueda pesarnos, limitados. Por cada uno de ellos podemos nombrar un animal capaz de superarlo con creces con apenas el mínimo esfuerzo de su parte. La única razón por la cual esto no constituye un problema a nuestra supervivencia es que la forma en que nos ponemos en contacto con el mundo no sólo es sensual sino también, y de manera mucho más importante, racional. El mundo simbólico que construimos a partir de la razón nos permite otorgar a cada percepción un significado, casi siempre compartido, otras veces privado, que se convierte en un ladrillo más para el edificio del conocimiento.

En eso recae, propiamente, la única capacidad realmente distintiva del hombre: su mundo no es el de la naturaleza, es el de los símbolos. Dicho de otro modo: no nos conformamos con obtener experiencias, también les damos un sentido. Sumergidos en el proceso de significar todo aquello que nos ocurre, no es extraño que de pronto demos mucha más importancia a la consecuencia que a la causa, que valga mucho más para nosotros la interpretación de un hecho que el hecho mismo.

Sucede también que, gracias a lo anterior, los objetos se nos aparezcan definidos, y no a través de los innumerables detalles que las conforman. La computadora donde escribo es eso: una computadora, puesta sobre un escritorio, dentro de una habitación; la continuidad del mundo real se pierde cuando señalo un objeto cualquiera y lo abstraigo de su entorno. De otra forma, comunicarnos de la forma en que lo hacemos sería poco más que imposible.

Estas afirmaciones, no obstante, no son tan infalibles como podría parecer. Es cierto que el lenguaje y la razón son tecnologías imprescindibles para el mundo moderno, al igual que muchas otras que sucedieron a éstas en la empresa de facilitar la vida del hombre y su relación con el mundo natural, pero también es cierto que no siempre ha sucedido de esta manera. Si la razón se ha convertido en el “sentido” humano más importante lo es sólo porque es el que mejor hemos desarrollado. Pero hubo un tiempo en que el hombre vivía de acuerdo a impulsos más esenciales, tanto más primarios cuanto más atrás en el tiempo queramos buscarlos. Una época en que el hombre era más animal que ahora y su relación con el mundo era mucho más primaria. Entonces sí, sin la razón como instrumento del conocimiento, los sentidos decidían la suerte del hombre, pero también constituían una forma de conocimiento mucho más fundamental: no representaban sentido alguno, simplemente eran ellos mismos.

Con el mismo asombro con que el infante que por su reciente arribo al mundo aprecia cada matiz y cada experiencia como la más maravillosa del mundo, los primeros hombres, sorprendidos de una realidad infinita en sus posibilidades, se abrieron paso en la Tierra. Miles de años han pasado desde entonces y hoy el mundo nos parece menos hostil, más comprensible e infinitamente menos asombroso; nos hemos acostumbrado a mirarlo no ya a través de los sentidos, sino merced a la inteligencia, y para muchos es casi imposible verlo de otra manera.

Pero para quienes han experimentado con sustancias psicotrópicas, o practicado la meditación profunda, es posible dejar de lado el sentido de las cosas y acercarse a la realidad tal y como parece a los sentidos: sin el filtro de la interpretación, el mundo se muestra en su estado puro, tal cual es. También nuestra posición dentro de él adquiere una perspectiva radicalmente distinta: nos vemos como parte y no como un todo; no como seres finitos, sino como gotas de agua en un océano sin límites. No es otra la enseñanza detrás de la humilde crónica que Aldous Huxley hace de su primera experiencia con la mescalina en Las puertas de la percepción.

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