DE LETRAS Y CARDAMOMO

Se acercaba el fin de la década de los cincuenta y no habían pasado más de cinco años de la independencia de Siria, cuando Rosine mostró sus mejores humores para ocultar por primera vez la molestia ante una pregunta que se le repitió a su familia en dos siglos, un par de generaciones y tres continentes diferentes.

Con la esperanza de dejar ver el respeto a una historia que Occidente admiraba como curiosidades de museo, en la casa se portaba con orgullo el apellido de su marido. Se recordaba la ciudad turca de la que fueron expulsados no mucho tiempo atrás. Medio Oriente era y es árabe, turco, kurdo, armenio, persa, cristiano, judío y musulmán.

Considerar su respuesta un asomo de soberbia nublaría todos los significados de aquel diálogo. Así lo debió pensar aquel hombre francés, invitado a casa de mis abuelos para cubrir las formalidades de un empresario europeo que adivinaba los códigos para hacer negocios en un país que ya no era colonia de los suyos. Quizás, el huésped no había reparado en la biblioteca que los rodeaba mientras esperaban a que les trajeran la charola con la bebida obligada, los frutos secos y las diminutas tazas. Tal vez, ignoraba por completo que aquella mujer llevaba toda su vida estudiando los grandes nombres de la literatura rusa, como lo siguió haciendo hasta su muerte, y asumió con cierta curiosidad los mitos que se convirtieron para muchos en la realidad de lo desconocido o lo visto a medias.

Seguramente, buscó de manera inútil cómo reaccionar tras intentar ser cortés en la frase que le siguió a su último trago.

—¿Usted sabe leer el café? —Dijo y vio el fondo de su taza.

—En esta casa se leen libros. —Le respondió la mujer sin dejar de sonreír. Tampoco sabía montar a camello.

Se lo preguntaron a mi madre en Europa, me lo han preguntado en América. La respuesta es una tradición familiar con la que queremos alejarnos de los arquetipos. También de la ignorancia.

La perspectiva con la que Occidente ha visto el Medio Oriente es mucho más extensa que los juicios de valor, presunciones y lugares comunes, de los que en ocasiones el mismo Medio Oriente ha sido responsable. Durante siglos, nuestra propia inamovilidad en el mundo árabe cultivó las ideas que aún en nuestros días llevan a ver esas latitudes como el espacio de dátiles, tiendas, beduinos, alfombras y supercherías que han sido sustituidas en la época actual por la brutalidad del fanatismo, el petróleo o la guerra. Esta crítica se encuentra en las grandes voces del pensamiento y la intelectualidad árabe del siglo xx, hija de las migraciones y de los mestizajes naturales a las primeras que, de la mano del intercambio cultural, en especial con las naciones que habían colonizado esas tierras, se han inmerso en las virtudes de dos grandes mundos: los de la belleza y de la razón.

Su existencia se contrapone a la visión del orientalismo que transformó esa palabra en virtud del turista o del aventurero, y desprecio del local en los países de la región. ¿Qué hay en el Oriente después de las cruzadas y los Lawrence de Arabia?

Amin Maalouf, Adonis, Edward Said, Ikram Antaki, Abdel Malek, Gibran Khalil, Abbas Mahmud al Akkad y Taha Hussein, son sólo algunos de los autores que han invitado a descubrir las razones de Occidente para una fascinación por un universo de contradicciones, en las que la historia se hace en lo más roto de sus ruinas, que son todas, en lo más profundo del lenguaje, en lo más doloroso de la violencia.

El Oriente del orientalismo ha sido medio, próximo y rara vez lejano. Ocho siglos de presencia en España marcaron lo mejor de una civilización que hoy se debate consigo misma. Así somos los humanos. Tratar de comprendernos pide acercarse con la mirada de muchos y la amplitud de lo que conocemos. Medio Oriente es avanzar un paso para dar dos atrás. Es ciencia, es arte, es miedo, es gente con la hospitalidad más inmensa. Es el símbolo de sus problemas y los de todos los demás, los de ellos y los de Occidente. Es la necesidad de replantear los modelos del mundo y para hacerlo, quizás, esté eso que mejor nos ha ayudado a entendernos, las letras, no los asientos de café. Está la literatura.

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