De ese instante que precede al ataque

Publicado originalmente en Puras Letras.

La verdad es que sólo de pensar en escribir aquí nuevamente me tiemblan las manos. La escritura, como todas las artes, va pudriéndose si no se le alimenta. Más aún: es tan difícil, tan compleja, tan indomable, que en muy pocos casos puede decirse que uno sabe escribir. Luego entonces, interrumpir el flujo de la escritura implica un haraquiri en este proceso de aprendizaje. Aunque me avergüenza profundamente descuidar este rincón, también he de reconocer que a lo que verdaderamente aspiro es a saber leer… con mucho más ahínco de lo que me interesa dominar el imposible arte de la escritura.
Habiendo dicho esto, a lo que nos truje…

Existe un género en la literatura que a mí me trastorna de lo muchísimo que me gusta, que me atrapa, que me intriga. Este género, cuyo nombre desconozco (si es que existe), es aquel donde se intersecan medicina y literatura. Hace algunos meses, el suplemento Cafeína del Reforma estuvo dedicado justo a esas mentes brillantes que se han dedicado a cultivar “La medicina y la literatura”. No lo tengo a la mano, así que no recuerdo todos los nombres que desfilaban por esas páginas. Los nombres que retuve, porque tengo el honor de conocerlos (personalmente a los dos primeros, a través de su literatura al tercero y al cuarto), son el de Jesús Ramírez-Bermúdez, el de Arnoldo Kraus, el de Cristóbal Pera y el del gran maestro de maestros, aquel que se ha coronado como el rey del género en cuestión: Oliver Sacks. Sacks es un neurólogo inglés radicado en Nueva York, que ejerce como profesor, escritor y médico, y que es gran cultivador de las “anécdotas clínicas”. En Anagrama podemos encontrar bellas ediciones de su obra fundamental: Los ojos de la mente, Musicofilia, Despertares, Veo una voz, El tío Tungsteno, La isla de los ciegos al color, Con una sola pierna, Migraña, Un antropólogo en Marte y, finalmente, el libro que aquí nos ocupa: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Las anécdotas clínicas, como nos imaginamos, no hacen sino retratar el lado humano de aquellos a quienes aqueja una enfermedad (en este caso, neurológica). Oliver Sacks, con profundo respeto y amor por sus pacientes, nos adentra en la crudeza del mundo de aquel que ha sido privado de las facultades más elementales y que a su vez compensa el déficit (involuntariamente, claro está) a través de dones fuera de este mundo. Uno de los hilos conductores detrás de todos los casos que nos ofrece el autor es precisamente la incapacidad de la ciencia para explicar los prodigios detrás de una mente que, a la vez que atrofiada, es capaz de los portentos más impresionantes. El lenguaje del autor es asequible para todo público; las referencias clínicas son sólo las indispensables: en ningún momento queda el lector neófito fuera de la jugada.

Como mucho se ha escrito ya sobre Oliver Sacks, quiero sólo concentrarme en una anécdota que me ha impactado profundamente: el instante de felicidad que precede los ataques epilépticos. Cuando leí los casos de aquellos que padecen epilepsia, quienes suelen ahondar en este fugaz frenesí, quedé profundamente impactada. El caso, además, cobra especial notoriedad cuando resulta ser que el gran Fiódor Dostoievski le atribuía su (escasa) felicidad (y su genialidad, valga decirlo) a estos instantes que preceden el ataque:

“Todos ustedes, los individuos sanos, no pueden imaginar la felicidad que sentimos los epilépticos durante el segundo que precede al ataque… No sé si esta felicidad dura segundos, horas o meses, pero créanme, no lo cambiaría por todos los gozos que pueda aportar la vida.”

Dostoievski se refiere a este “arrebato extático” como un clímax a cambio del cual merece la pena dar la vida:

“Hay momentos, y es sólo cuestión de cinco o seis segundos, en que sientes la presencia de la armonía eterna. Es una cosa terrible la claridad aterradora con que se manifiesta y el arrebato extático que te invade. Si este estado durase más de cinco segundos, el alma no podría soportarlo y tendría que desaparecer. Durante esos cinco segundos yo vivo una existencia humana completa y por eso podría dar mi vida entera sin pensar que estuviese pagando demasiado…”

No hay palabras para describir las palabras de Dostoievski. Me sabe mal, incluso, que líneas del gran maestro ruso se combinen con las mías (¡cómo me atrevo!), pero no hay forma de trasladarles el mensaje sino citándolo textualmente.

¿Qué nos depara a todos aquellos que nos deleitamos con la lectura de un buen libro, con la cercanía de los seres amados o con el mejor de los orgasmos, si somos incapaces de experimentar esta “armonía eterna” de la que habla Dostoievski y gracias a la cual, en gran medida, pudo componer sus monumentos literarios, sus radiografías del alma humana? ¿Será, acaso, que las mentes atormentadas son las únicas que tienen acceso al paraíso auténtico (aquel tangible en vida, que puede sentirse sin necesidad de cruzar el umbral que nos separa de la muerte? ¿Será que este paréntesis de luz es la compensación para una vida siempre expuesta a los asaltos de una enfermedad tan severa como la epilepsia?

Yo tengo mucho que agradecerle a grandes como Oliver Sacks, como Jesús Ramírez-Bermúdez, como Dostoievsky. A través de estas anécdotas clínicas trato de entender la mente atormentada de un padre amoroso, lleno, brillante, que dijo adiós antes de tiempo. No sé si papá era consciente de que no era enteramente dueño de sus decisiones, de sus miedos, de sus deseos. Yo sí lo sé y a muchos años de extrañarlo sigo pensando que para mí, el sosiego está en la literatura. En la literatura de este tipo: tan sentida, tan humana, tan implacable, tan llena de pistas. Yo no puedo sino agradecerles a estos médicos que amen la literatura quizás tanto como aman su profesión, y que aterricen su día a día en páginas que para mí son como agua de mayo. Tengo mucho, también, que agradecerle a Dostoievski. No sólo por la obviedad de su legado literario y sus frescos sobre la naturaleza del alma humana. A raíz de la lectura de Oliver Sacks y a este par de citas que hasta acá han llegado, he podido ir más allá en la existencia de un genio que se debía, enormemente, a estos instantes que se antojan irresistibles. Fuera de este mundo.

Wendolín Perla

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