Darío: El blasón azorado

«¿Tu corazón, las voces ocultas interpreta?»
Rubén Darío

Rubén Darío es su música y las musas. Es el núcleo generacional de su propio movimiento: el modernismo, que comienza con la publicación del libro que está en tu estantería —aquel que aún no terminas de desempolvar o que te hicieron leer hasta el cansancio en la preparatoria o en algún semestre de letras hispánicas—: Azul. Es, también, “galicismo mental”; en cierta ocasión, para molestar a los sacros académicos de la época, enunció: “El modernismo no es otra cosa que el verso y la prosa castellanos pasados por el fino tamiz del buen verso y de la buena forma francesa”. Darío es la desconfianza en su presente poético abyecto: “Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas, Palenke y Utatlán, en el indio legendario y el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro”. Es sus guardianes: Quirón, Término, Salomón, Kalisto, Abel y Virgilio; sus refugios y motivos, la rosa, la noche, las vírgenes, los dromedarios y las mieles; el ágata romántica incrustada en su glándula pineal. Es, en resumen, un sinfín de lirios y ritmos que nos suenan como de otro mundo; uno supra-terrenal, difícil, es decir, metafísico, con música cercana a la que alguna vez escuchó otro poeta loco, Platón. O quizá, con mayor precisión, aquel “otro mundo” con versos de rimbombantes métricas, en realidad nos remite a un lugar antiguo, erosionado por el acontecer: el de lo anacrónico.

En fin, si se desea ubicar la literatura de Rubén Darío en sitio alguno, propongo que éste ha de ser el descrito por Cesare Garboli: “La llanura prohibida, esos territorios de la escritura en donde el estilo llano de la sencillez nace después de un largo esfuerzo, y testimonia de duras y difíciles pruebas […] una de esas llanuras ignotas, por donde pasan unas pocas almas vivientes”. Podemos intuir que las “almas vivientes” que habitan prohibidas llanuras son atemporales, sempiternas. Ahora bien, me gusta pensar que cada escritor construye su hábitat. En este caso, los cimientos bajo los cuales se edifica la llanura de Darío son viriles, misteriosos y lúdicos, llenos de vida, erudición y a la vez de sencillez. Los jardines y sus frutos son diversos; Don Juan Valera lo nota de inmediato: “Ni es usted romántico, ni naturalista, ni neurótico, ni decadente, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quintaesencia”. Sin embargo, aún en la aglomeración, el paraje de su escritura se distingue bajo el blasón (emblema, escudo, símbolo de identidad) del cisne.

Blasón es el título del poema que introduce la figura unificadora de la poesía dariana: el cisne, que en momentos apela a una divinidad erótica, fálica y sensual —[Zeus] Es el cisne, de estirpe sagrada,/ cuyo beso, por campos de seda/ ascendió hasta la cima rosada/ de las dulces colinas de Leda—, y en otras al advenimiento de la creación (fundamento modernista): Bajo tus blancas alas la nueva Poesía/ concibe en una gloria de luz y armonía. Pero especialmente, El cisne es génesis y sustrato, la fuente que señala e incita. Es pues el ave bajo la forma del enigma, con su cuello encorvado (?) quien cuelga collares de rimas al poeta y ordena su obra: “La filosofía de Darío se resuelve en esta paradoja: saber ser lo que sois, enigmas siendo formas. Si todo es doble y todo está animado, toca al poeta descifrar las confidencias del viento, la tierra y el mar”, observa Paz.

En suma, la tarea del juglar —que no se olvide la importancia de la música— es la de elucubrar, interpretar y reinventar la constante metamorfosis latente entre enigma-forma oculta en el alma de cada palabra y cada cosa. La llanura de Darío invita a ser redescubierta, reinterpretada con frecuencia. Cada símbolo que encontramos anuncia una realidad pronta a volverse símbolo cuando se está a punto de tocarla. Alguna vez escuché sin querer a alguien decir: “La poesía es una mariposa dentro de un frasco: cuando abres el frasco la mariposa desaparece”. Finalmente, los textos de Rubén invitan a abrir y cerrar aquel frasco, a perseguir sin fin el misterio, a escuchar aquellas voces ocultas que, sin parar, nos llevan de un lado a otro. A mirar las cosas bajo la tutela del cisne.

Como toda pluma colosal hispanohablante, el príncipe de las letras castellanas ha reclamado su lugar en las ediciones conmemorativas de la RAE y la Asale en conjunto con Alfaguara. La edición consta de ocho ensayos llevados a cabo por personajes de la talla de Sergio Ramírez, José Emilio Pacheco y Eduardo Arellano, entre otros. La selección recupera los poemarios Prosas profanas y otros poemas y Cantos de vida y esperanza. Los Cisnes y otros poemas. Se incluye también una pequeña “cucharada” de su prosa en Tierras Solares. El ejemplar es imperdible. De acuerdo con Lohengrin, ésta es una oportunidad de soltar el remo y dejar que el Cisne remolque nuestra barca.

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