¡Cuántas maravillas, Lewis!

Existen historias que dejan a uno con la boca abierta apenas se escuchan. La sorpresa que en ellas habita se apodera del oyente, sus ojos se agrandan conforme quiere conocer más y más detalles. Quien cuenta historias hace del público su cómplice, se deleita al percibir la emoción que provoca conforme comparte las palabras. Esta emoción sirve de inspiración para que la historia crezca tanto como si hubiera comido en la casa del Conejo Blanco una galleta con la leyenda CÓMEME. Al final, las grandes historias son las que crecen junto con la emoción de aquellos a quienes les fueron contadas. Lewis Carroll sabía muy bien esto, era un gran cuentacuentos: encontraba historias hasta en la hora del té y con ellas sorprendía a quienes quería.

Un viaje en barca lo inspiró a abrir el telón hacia un país subterráneo, lleno de maravillas. Los tripulantes que acompañaban a Carroll, entre ellos las tres pequeñas Liddell, se alejaron del Támesis para navegar en un mar creciente de lágrimas, y así dirigirse tras un Conejo Blanco que buscaba llegar a tiempo a quién sabe dónde.

El recorrido apenas comenzaba. Contemplar a Alicia Liddell mientras escuchaba lo que sucedía en una carrera en comité o al tomar de un frasco que decía  BÉBEME da una idea de que ella fue esencial para que la historia creciera, Carroll vio en sus ojos la emoción que hizo real un país lleno de maravillas.

Nuevos tripulantes aparecieron junto a la pequeña Liddell. Se trataba del Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, es posible que su locura moviera la barca de un lado a otro. Mientras el recorrido seguía su curso, la voz de Carroll desapareció para dar lugar a una Reina de Corazones cuya solución a todos los problemas se resumía a cortar cabezas.

El cuento creció, se sumaron al viaje el Gato de Cheshire, una Duquesa, un Grifo y hasta una Langosta. Para entonces, la barca iba repleta, pero aun así se encontró lugar para un Lirón y una Falsa Tortuga.

Imaginar el regreso de la embarcación puede hacernos mirar a más pasajeros de los que partieron. En eso radica la magia de los cuentos: uno no se sabe con qué sorpresas se quedará recién termine de escucharlo o de leerlo. O incluso después de contarlo.

Lo que comenzó como un cuento surgido de la oralidad terminó en una historia que aún se cuenta. Alfaguara Clásicos abre el telón de Alicia en el país de las maravillas para llevarnos por ese recorrido que comenzó en el Támesis. Desde la portada, Alicia nos invita a levantar la cortina para seguir el rumbo del Conejo Blanco. Sumergirse en esta lectura implica ser tripulante de un maravilloso viaje en compañía de Lewis Carroll, y claro, dejarse sorprender.

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