Cuando los hechos te dicen que no hay Dios

(Motivos para leer A sangre fría de Truman Capote en el 50 aniversario de su primera edición)

Sin haber visto la película, todo mundo sabe que al final el Titanic se hunde. Los antiguos griegos ya contaban historias así, donde el público no espera que en las últimas escenas haya sorpresa, vuelta de tuerca, irrupción de lo inesperado (ni siquiera por intervención de los dioses), sino desde el principio una ficción capaz de desarmar su incredulidad y decirle una vez más esta verdad primordial: el alma humana es insondable; nunca terminaremos de saber cuántas oscuras pulsiones cobija. Así es A sangre fría, célebre obra que, desde su primera edición en 1966, fue señera del entonces llamado “nuevo periodismo” y por sus plenos poderes narrativos, al margen de su intención de ceñirse a hechos reales, fue considerada una novela sin ficción. Abona en favor de estos argumentos el título de su primer capítulo, que podría ser el de una tragedia clásica: “Los últimos que los vieron vivos”.

Y es que aquí hay y no hay misterio: queda claro que en una noche de luna llena un par de amorfas masas de protoplasma que alguna vez aspiraron a ser llamados seres humanos asesinaron con tiros de escopeta a una familia de cuatro integrantes: Herbert, Bonnie, Kenyon y Nancy (esta última de quince años), sin mayor razón que no dejar testigos de un robo pretendidamente cuantioso y cuyo monto no redituó a fin de cuentas sino unos… ¿veinte dólares?, un pequeño aparato de radio, unos prismáticos. Convictos y confesos los delincuentes, que responden a los nombres de Dick Hickock y Perry Smith, queda claro que los abismos de crueldad que habitan en todo ser humano son abismales y están fuera de toda escala racional. También queda claro que para Truman Capote lo demás, durante cinco años, fue exploración, investigación, horas y horas de lectura de expedientes, diarios, cartas, documentos, y entrevistas con cualquiera en condiciones de saber, así fuera mínimamente, o de especular porque pertenece a la comunidad, para poder narrar esta historia.

Pero para que los lectores traten de entender y no solamente se conmuevan o se indignen es necesario contarlo todo; o al menos, intentarlo: la vida de las víctimas, el ambiente, el entorno, las reacciones de los vecinos, el proceder de los asesinos y sus trompicantes biografías, incluso su ejecución… De cualquier modo, no hay manera definitiva de saber y subsiste la interrogante inicial: ¿por qué? O, como declaró Myrtle Clare, una vecina de Holcomb, Kansas: “Esa familia representaba todo lo que la gente de aquí valora y respeta, y que algo así les haya ocurrido… bueno, es como si te dijeran que no hay Dios. Hace que la vida parezca un sinsentido. Creo que la gente, más que asustada, está profundamente deprimida.”

Justo aquí, en el cuarto y último párrafo de estas alucinaciones, me pregunto si he releído unas siete veces este libro por eso que solemos llamar morbo. No lo sé. Prefiero pensar que ha sido porque contiene una lección magistral de lo que me gusta llamar gran escritura… y porque, como a ti que llegaste hasta esta línea, de cuando en cuando me seduce sumergirme en el corazón de las tinieblas.

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