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Contra los monopolistas de la mente
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Cuando comenzó el siglo XXI, internet era uno de los nombres de la esperanza. Fuimos muchos los que creímos que la red global de computadoras nos conectaría para bien. Quienes apreciábamos los libros imaginamos que internet sería una especie de biblioteca de Babel que pondría al alcance de cualquiera un tesoro de conocimientos sin precedentes en la historia. El surgimiento de los blogs, los foros de discusión y las hemerotecas digitales alimentó esa ilusión. El entusiasmo era similar al que, en el siglo XV, sintieron quienes vieron nacer la imprenta: el sueño de que el conocimiento, la cultura y la libertad llegaran a toda la humanidad.

Visto en retrospectiva, lo único que ese anhelo provoca es risa y amargura. El internet de 2020 no se parece nada a él. Por el contrario, se ha vuelto en su contra. «Es obvio ahora que lo que hicimos fue un fiasco», escribió Ethan Zuckerman, uno de los pioneros del internet, «pero déjame recordarte que lo que queríamos hacer era algo valiente y noble».

Sé bien que opiniones como ésta resultan chocantes. La mayoría de la gente está enamorada del internet. Esto se debe, en parte, a que aún quedan cosas maravillosas en la red, y a que, de vez en cuando, las tecnologías digitales ayudan a alcanzar fines loables, como el auxilio a las víctimas del terremoto de 2017 en México. Pero esto es marginal. Los perjuicios del internet superan con creces a sus beneficios. Si nadie habla de ello es porque el amor propio que inflama la tecnología (con ese escaparate de la vanidad que son las redes sociales y la sensación de empoderamiento que proporciona el ser escuchado por multitudes en una pantalla) ha atrofiado nuestra capacidad de autocrítica.

Para los libros y las publicaciones periódicas, fuentes por antonomasia del pensamiento, los efectos del internet han sido destructivos. No es casualidad que, en 2017, casi al mismo tiempo, aparecieran dos obras sobre este problema: World Without Mind, de Franklin Foer, y Move Fast and Break Things, de Jonathan Taplin. En México, la conversación pública sobre el impacto social y cultural de la tecnología es prácticamente inexistente. Por eso vale la pena acercarse a este tipo de libros, que, aunque escritos en Estados Unidos, abordan situaciones que ya estamos viviendo o que estamos a punto de padecer.

Me ocuparé aquí del primero de esos títulos. World Without Mind. The Existential Threat of Big Tech, publicado por Penguin Books, es un libro singular. A diferencia de la mayoría de las obras de su clase (como The Filter Bubble, de Eli Pariser, o The Age of Surveillance Capitalism, de Shoshana Zuboff), no es un estudio objetivo de la relación entre tecnología y sociedad. Tampoco es un manifiesto incendiario, al estilo del célebre Jaron Lanier, contra las distorsiones tecnológicas. Lo que Franklin Foer ha escrito es una denuncia apasionada del daño que Google, Facebook y Amazon le están haciendo al periodismo y la edición de libros (y, por añadidura, al pensamiento crítico), así como un llamado a resistir su influencia. Pero esta diatriba, que inevitablemente pone la indignación por encima del matiz, es también un ensayo cultísimo salpicado de digresiones históricas, literarias y filosóficas. Por paradójico que suene, en World Without Mind la retórica denunciatoria no avanza sin antes haberse calzado los pies con una sólida investigación.

Foer, por lo demás, no podría ser un autor desapasionado, ya que su libro nació de una tragedia personal. En 2012, Chris Hughes, uno de los fundadores de Facebook, compró The New Republic, la legendaria revista estadounidense que a lo largo de sus casi 100 años de vida había albergado en sus páginas a luminarias de la talla de Virginia Woolf, George Orwell y John Maynard Keynes. Foer, fiel lector de The New Republic desde su adolescencia y editor suyo de 2006 a 2010, fue repatriado por Hughes, quien además invirtió una fortuna para transformar a la revista en un negocio sustentable y en un estandarte del periodismo de largo aliento. Sin embargo, el experimento fue un fracaso financiero y Hughes dio un bandazo, convirtiendo a The New Republic en una “empresa de tecnología” supeditada a la banalidad de las redes sociales y abocada a obtener ingresos mediante la producción de “contenido viral”. Acorralados e incluso maltratados por Hughes y su equipo de tecnólogos, que comenzaron a verlos como unos intelectuales apolillados renuentes al cambio, Foer y la mayoría del equipo editorial renunciaron.

Cuando Foer denuncia los efectos perniciosos de los gigantes tecnológicos lo hace respaldado por su inmensa cultura, pero también, y principalmente, por su experiencia personal. World Without Mind combina la polémica intelectual abstracta con la vehemencia de un hombre que conoce los métodos gerenciales, el software y los algoritmos concretos que están socavando al periodismo y la cultura literaria.

El liberalismo es la otra fuente de la que brota el libro. Foer es un liberal clásico: partidario del individualismo, el libre albedrío, la competencia económica y la división de poderes consagrada en la constitución de Estados Unidos. Esta postura política, sumada a los propósitos retóricos del libro, dan como resultado que Foer llame monopolios a Google, Facebook y Amazon aun a sabiendas de que técnicamente no lo son (lo correcto sería llamarlos oligopolios, como el mismo Foer admite). Nuestro autor elige ese término porque el monopolio simboliza la antítesis de los valores liberales de competencia y limitación del poder. La concentración de poder económico y político, esencia del monopolio, ha conducido históricamente al abuso y la tiranía, y el deseo de Foer es mostrarle al lector que los gigantes tecnológicos, en efecto, se comportan cada vez más como unos tiranos cuyo poder sin frenos les permite abusar de las leyes, la prensa libre y los editores de libros.

Foer dispara sus municiones con precisión. La primera va dirigida al lector, a quien le pide sutilmente suspender su amor ciego por la tecnología y abrir los ojos a un hecho fundamental: como nunca en la historia, un puñado de empresas está devorando la economía. Exxon y Walmart llegaron a ser sinónimo de atropello debido al control que ejercían sobre un sector de la industria, pero, frente a los titanes tecnológicos, estas compañías palidecen. Lejos de contentarse con vender un producto rentable o de reinar en las ventas al menudeo, empresas como Google y Amazon abarcan industrias tan variadas como los motores de búsqueda, el comercio electrónico, la publicidad, la logística, el cómputo en la nube, el entretenimiento, la fabricación de automóviles, los drones y hasta la biotecnología. Apenas hay actividad económica que no pase por sus servidores. Nadie en internet es tan libre como piensa porque, gracias al tamaño que han adquirido, los monopolios tecnológicos dictan las reglas del comercio y el comportamiento. 

Para Foer, las semillas de esta desmesura están contenidas en las ideas de los monopolistas, y por eso dedica una extensa porción de World Without Mind a desmenuzarlas. Todos tienen un común denominador: Stewart Brand, el gurú de la contracultura hippie de los 70, quien por medio de la revista Whole Earth Catalogue (que Steve Jobs llamó una de las “biblias” de su generación) difundió el libertarismo tecnológico. Brand creía que las computadoras personales conectarían a la humanidad en un todo armónico, liberando a los individuos y proporcionándoles herramientas para crear, compartir y alcanzar juntos fines supremos. Esta utopía, fuertemente influida por las teorías del filósofo Marshall McLuhan, inspiró la creación del internet y la World Wide Web, al igual que proyectos no lucrativos como Linux y Wikipedia.

El idealismo de Silicon Valley (Apple y Facebook aún dicen que su misión es darle herramientas a la gente para conectarla y desatar su creatividad) es herencia de Brand, pero también es palabrería hueca, ya que unas cuantas empresas se han apropiado del ideal de la aldea global con fines estrictamente comerciales. Si la armonía depende de la creación de una sola red interconectada, ¿para qué permitir la competencia y, por tanto, la discordia? En manos de los codiciosos “emprendedores” de Silicon Valley, las ideas de Brand, paradójicamente, se convirtieron en la semilla del monopolio.

Los monopolistas también han cultivado sus propias ideas y quieren moldear a la humanidad de acuerdo con ellas; así lo declaran una y otra vez en sus discursos públicos, advierte Foer. Larry Page y Serguei Brin, fundadores de Google, asistidos por Ray Kurzweil, el mesiánico director de ingeniería de la compañía, creen que la mente humana puede liberarse del cuerpo y vivir eternamente si se fusiona con las máquinas. Por eso trabajan en el desarrollo de una inteligencia artificial que supere al cerebro humano (Google Brain) y en un método biotecnológico para vencer el envejecimiento y posteriormente la muerte (Calico). Las enormes cantidades de información recopiladas por Google con su buscador y su sistema operativo (Android) son ante todo el alimento de esa inteligencia artificial, que le permitirá a los científicos de la empresa comprender a cabalidad la mente humana y luego emanciparla.

Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, cree que la gente se comportará bien, y el mundo será mejor, si sobre ella pende la amenaza de que sus malos actos sean vistos y juzgados por todos. Esta “transparencia radical” (la vida privada vuelta asunto público) es fomentada por los algoritmos del sitio, que impelen al usuario a comportarse inconscientemente según la visión paternalista de Zuckerberg. Con sus más de dos mil millones de usuarios (equivalentes a cerca de un tercio de la humanidad), Facebook se ha transformado en un árbitro de la conducta y el pensamiento.

Jeff Bezos, fundador de Amazon, cree librar una batalla por la innovación y la democracia. En el pasado, según su visión, una élite de intermediarios controlaba el comercio y la expresión de ideas. La gente común era subyugada y su creatividad asfixiada. Cuando las empresas de tecnología ascendieron, esa opresión se acabó. Él y Amazon son libertadores que dotan al pueblo de las herramientas para que venda y publique lo que quiera, sin que una élite rancia se interponga. Para Bezos, los intermediarios más abominables son lo editores, que deciden quién puede expresarse y qué puede decirse. Amazon desea aplastarlos.

Foer observa que estos monopolistas son únicos en la historia. A diferencia de sus antecesores, aspiran a monopolizar no sólo sus respectivos mercados, sino también la mente humana. Su materia prima es la conducta, nuestra conducta, un bien infinitamente renovable que vigilan y manipulan todo el tiempo mediante sofisticados algoritmos cibernéticos (Google, Facebook y Amazon te sugieren qué buscar, qué comprar y con quién relacionarte porque conocen tus ideas e intereses e incluso tu estado de ánimo y trayectos cotidianos).

Hasta este punto, World Without Mind es iluminador, pero se mantiene en el terreno de lo abstracto y aborda temas que otros autores ya han tratado. La hoja más afilada del libro, su faceta más original, asoma cuando Foer, basado en su experiencia como editor de The New Republic, denuncia la forma exacta en que los monopolistas de la mente han llegado a dominar las publicaciones periódicas y las editoriales de libros.

Ésta es la mejor parte de World Without Mind, pero también la más retórica. El lector debe estar más consciente que nunca de que Foer omite intencionalmente matices para redondear su diatriba. Hay situaciones que nuestro autor atribuye a estrategias deliberadas de los monopolios tecnológicos, pero que en realidad son meras casualidades aprovechadas por ellos. La primera es el cimiento de su dominio cultural. Google, Facebook y Amazon juegan un papel central en la cultura porque son los instrumentos que la mayoría prefiere para filtrar la inmensidad de la información que hay en internet. Estos “megaportales” se han convertido en una especie sui géneris de medios: la gente ya no recurre a una revista o a un sitio de noticias para informarse, sino que ingresa directamente a las redes sociales o a Google, donde pretende encontrarlo todo. Del mismo modo, los lectores acuden cada vez menos a las librerías y más a Amazon para buscar y comprar libros.

Esto, que en apariencia es inocuo, ha representado una revolución. Foer lo expone con agudeza. Históricamente, anota, las revistas y los diarios han tenido dos fuentes de ingresos: las suscripciones y, sobre todo, la publicidad. Un ingreso suficiente garantiza la independencia. Sin embargo, como las publicaciones periódicas han sido reemplazadas por las redes sociales y Google, los anunciantes han migrado a internet. La cifra que proporciona Foer es estremecedora: entre 2006 y 2017, el gasto en publicidad en los periódicos cayó casi 75%; la mayoría de ese dinero se redirigió a Facebook y Google.

Desesperadas, esas publicaciones se han asido a un modelo de negocio que provoca distorsiones terribles en el periodismo y el pensamiento. Es aquí donde los monopolios tecnológicos han establecido su dominio. El valor supremo del internet es la popularidad. Facebook, Google y los anunciantes recompensan únicamente aquellos “contenidos” que sean cliqueados por millones de personas. Para vender publicidad y obtener visibilidad en los megaportales, los medios dan acceso a libre a sus artículos y ajustan sus contenidos al gusto masivo. Su esperanza es atraer a un número suficiente de visitantes.

Pero esto no siempre es voluntario. Los algoritmos de Facebook y Google están diseñados para castigar aquellas publicaciones que no sean gratuitas, y como se ha descubierto tras las muchas demandas que ha enfrentado, Google asedia a los creadores de contenido para que den gratis sus materiales. La razón es sencilla: Facebook y Google ahora son los medios; su negocio editorial se basa en seducir al usuario ofreciéndole un mundo de información aparentemente gratuita (en realidad, el usuario paga con sus datos personales, que luego son vendidos a los anunciantes).

La descomposición al interior de las mesas de redacción es aun más funesta. La meta ya no es la calidad ni la trascendencia de la publicación, sino su popularidad. Y, a despecho de la corrección política (que Foer acierta en ignorar), lo que la mayoría de la gente quiere es la banalidad. Los medios se enfrascan entonces en una carrera para satisfacer el hambre de memes y sensacionalismo del gran público. BuzzFeed y The New Republic, por ejemplo, dotan a su personal con los tableros de Chartbeat, que monitorean cuántos clics genera una publicación, y con la plataforma de CrowdTangle, que detecta los temas que están por convertirse en tendencia en las redes sociales. Pues, para prosperar, un medio debe ser banal, pero también hablar de lo mismo que hablan todos: la “tendencia”, diosa de las redes sociales.

La apuesta del medio ya no es descubrir a una gran poeta o publicar un reportaje que sacuda a la élite política. Es, simple y llanamente, generar publicaciones escandalosas que reditúen millones de clics. El editor debe dejar de lado cualquier deseo de enriquecer la cultura o la conversación y concentrarse en los indicadores de popularidad. Los autores deben escribir trivialidades de unos cuantos renglones si quieren que sus piezas les den de comer. Y si esto no alcanza, queda el recurso de la “publicidad nativa”: publicar anuncios “patrocinados” haciéndolos pasar por artículos imparciales. El resultado es un mundo homogeneizado, sin ideas: todos se expresan igual; todos hablan de lo mismo; todos quieren y producen las mismas cosas para complacer a los mismos anunciantes y al mismo gusto.

La situación para los autores y las editoriales de libros no es mucho mejor. Debido a que Amazon ha acaparado una porción enorme del mercado (65% de la venta de libros digitales y 40% de la de libros de papel en Estados Unidos, según Foer), está en posición de imponer sus condiciones. Su modelo de negocio se basa en la venta a gran escala de mercancías a bajo costo, por lo que obliga a las editoriales a que bajen sus precios y les cobra una comisión considerable por transacción. Si se niegan, las castiga deshabilitando los botones de compra para sus libros, retrasa los envíos o altera sus algoritmos para que el sitio dirija al usuario a libros de otras editoriales.

Simultáneamente, Amazon es una editorial sin editores. Kindle, su plataforma de libros digitales, no paga anticipos, pero le permite a cualquiera autopublicarse sin que ningún editor remilgoso le estorbe, en línea con la aversión de Jeff Bezos hacia los editores. De esta forma crea un mercado masivo de libros baratos, presiona aun más a la baja el precio de los libros de editoriales tradicionales, y precariza (porque vuelve normal el no pagar adelantos y disminuye las ganancias de las editoriales) el ya de por sí frágil oficio de escritor.

El poder de Amazon en Estados Unidos es tan grande que, como narra Foer, los editores y escritores le tienen miedo. En 2014, Amazon retiró de The New Republic una campaña publicitaria como represalia por haber publicado un ensayo en el que Foer criticaba a la empresa. Miembros del Gremio de Escritores repudian estas prácticas y denuncian a Amazon en privado, pero se abstienen de hacer públicas sus quejas por temor a que sus libros sean penalizados. En otras palabras, abrazan la autocensura. Que Bezos también sea el dueño del muy influyente The Washington Post ayuda poco.

Este cúmulo de horrores es desalentador, aunque no lo suficiente para disuadir a Foer de proponer una salida. En un acto de congruencia estilística, nuestro autor remata su polémica contra los gigantes tecnológicos con una serie de propuestas igualmente polémicas. Además de criticar el culto neoliberal a la desregulación de la economía y sugerir que se endurezcan las leyes antimonopolio en Estados Unidos, Foer apela a un cambio en la actitud de los lectores y de la industria editorial. La batalla por la publicidad, sentencia, es imposible de ganar. Y si la necesidad de anunciantes es lo que está precipitando a la prensa a convertirse en una fábrica de basura mediática, la única solución es ya no depender de ellos. Para lograrlo, sólo hay un camino: que los lectores paguen por lo que leen. Que el lector deje de pretender que todo en internet debe ser gratis y retribuya el trabajo de los diarios y las revistas. Si un medio es sostenido por sus lectores, se volverá inmune a los caprichos de los monopolios tecnológicos y podrá enfocarse en la calidad de sus producciones.

Pedirle a la gente que pague por la información y la cultura: una de las blasfemias de la era del internet.

Adicionalmente, las empresas editoriales podrían vender la cultura como símbolo de estatus social. Ya sucedió en el pasado, dice Foer. Los hippies de los 70 adoptaron la comida orgánica como alternativa a la comida industrializada, homogeneizadora y dañina del capitalismo. Luego, un grupo de empresas vio su potencial de negocio y comenzó a venderla como símbolo de poder adquisitivo y de responsabilidad con el cuerpo y el medio ambiente, es decir, de superioridad moral. En el periodo de entreguerras, el publicista Edward Bernay, sobrino de Sigmund Freud, ayudó a revivir a la industrial editorial estadounidense, devastada por la crisis económica de 1929. Logró semejante hazaña vendiendo libros y libreros como símbolo de prosperidad, pues la nueva clase media creía distinguirse por su especialización y su necesidad de conocimiento. Desde luego que casi nadie leía los libros que compraba, pero eran un bonito adorno y un importante ingreso para las editoriales.

Eso, dice Foer, es lo que podría hacerse: vender la suscripción a los diarios y revistas de calidad como una especie de mente orgánica, una alternativa saludable a los contenidos procesados, homogeneizadores y embrutecedores de la era del internet; empaquetarla como un símbolo de responsabilidad social que represente una toma de postura contra los atropellos de los monopolios tecnológicos. Implícitamente, Foer sugiere que no importa si esos nuevos suscriptores no leen nada de lo que pagan. Lo que importa es que, inflamados por la publicidad, se suscriban, se crean moralmente superiores y ayuden a independizar a las buenas publicaciones periódicas. Así, éstas tendrían un ingreso doble: el de sus lectores fieles, pero tal vez minoritarios, y el de los muchos que los respalden para obtener prestigio.

Buscar alternativas económicas pragmáticas que mantengan viva a la cultura: desde tiempos antediluvianos, el pecado supremo del mundo libresco.

Y mientras estos cambios tienen lugar, Foer nos propone un pequeño pero hermoso acto de resistencia personal: la lectura silenciosa, solitaria, contemplativa, de libros de papel. Leer sin notificaciones que nos distraigan, sin cookies ni algoritmos que vigilen nuestro comportamiento. Leer para confrontarnos con nosotros mismos, para engendrar nuestras propias ideas, no para satisfacer las convenciones de la sociedad ni de las redes sociales. El humilde y discreto libro de papel como refugio al que los monopolios tecnológicos, pese a su inmenso poderío, no pueden acceder.

Pedirle a la gente que se desconecte: la peor herejía del mundo actual.

¿Y todo esto es viable? The New York Times se anunció como el baluarte de la democracia en oposición al cenagal de mentiras que fue Facebook en la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos, y funcionó: vendió alrededor de 130,000 nuevas suscripciones. En un ensayo reciente, Michael Luo anota que medios como el mismo Times, The New Yorker, The Washington Post, The Atlantic y The Information han logrado consolidar un periodismo de enorme calidad gracias a que establecieron barreras de pago (y, por tanto, crearon una buena base de suscriptores) para sus contenidos. ¿Podría reproducirse este modelo en otros países?

Es posible que algunas de las situaciones descritas en World Without Mind le parezcan remotas al lector mexicano. Después de todo, Foer habla del panorama cultural estadounidense, tan distinto en varios sentidos al nuestro. Sin embargo, esa percepción sería errónea. Google y Facebook funcionan exactamente igual aquí y en Estados Unidos. El panorama mediático mexicano está inundado de portales digitales e influencers que saturan el internet de chatarra viral. Quienes hemos editado revistas (yo edité Cuadrivio, una revista digital de crítica y literatura, hasta agosto de 2018) podemos dar fe de cómo los otrora lectores de cultura en internet se convirtieron en consumidores insaciables de gifs y memes, y de cómo Facebook, Twitter y Google asfixian a los pequeños medios con sus políticas abusivas. Amazon aún representa una fracción menor del comercio en México, pero, según datos de Forbes, ha crecido aceleradamente desde su llegada en 2013, al punto de movilizar a las principales compañías de retail para hacerle frente. En charlas y diplomados, he escuchado a editores y libreros mexicanos decir que Amazon ya es un problema para la industria editorial nacional.

Al margen de dónde hayan sido escritos, libros como World Without Mind son indispensables porque nos sacuden. Franklin Foer logra despertarnos del letargo en el que llevábamos largo tiempo sumidos, obnubilados por los prodigios de la tecnología y su falso libertarismo. Al hacerlo, suscita debates cruciales para el futuro de los libros y el periodismo. En los tiempos sombríos que vivimos, estas lecturas y debates distan de sobrar. La pandemia y la crisis destruirán mucho de lo que conocemos, pero es precisamente bajo la tormenta cuando debemos aferrarnos al sueño de un mejor porvenir. Y los buenos libros, la prensa independiente y el pensamiento crítico, no importa cuán denostados o asediados sean, siempre se necesitarán para reconstruir el mundo.

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