Contra el barroquismo del escritor joven

Hay libros que se esconden detrás de sus palabras. Aun cuando se acomodan letra tras letra, hay palabras que son como paños. Paños en tendederos llenos que interrumpen atardeceres en la azotea. Para Jorge Luis Borges, el barroquismo era el paso común de los escritores jóvenes: un acto de timidez ante el poco valor de lo que se tiene que decir. Esa preferencia por el uso ampuloso de las palabras suele marcar distancia entre el lector y el sentido. Porque algunas palabras, en lugar de acercar, alejan.

Campeón gabacho, novela ganadora del Premio Mauricio Achar 2015 —que actualmente prepara traducciones al francés, inglés, holandés e italiano — y ópera prima literaria de Aura Xilonen Arroyo (Ciudad de México, 1995), no podría estar más alejada de esa descripción.

Liborio, protagonista de la historia, nunca buscó el Sueño Americano. Llegó a Estados Unidos porque le dijeron que se pelara: “o te desapareces o te chingan”. Y entonces corrió. Huyó del cadáver con el picahielos ensartado en el cuerpo, con las manos aun escurriendo sangre; huyó de la tía que lo trataba como animal y del recuerdo de una mamá ausente. Se fue porque “la vida de mierda” en México era peor que cualquier experiencia como ilegal. Cruzó al otro lado del río Bravo para que su pasado no lo alcanzara.

De camino a Nueva York, con una muda de ropa y la fuerza de un puño insólito, consiguió trabajo en una librería, y fue ahí donde descubrió dos cosas: que los libros no estorban tanto como pensaba y que uno se puede enamorar de alguien a quien no conoce. Sin embargo, cuando Liborio comienza a acostumbrarse a la vida entre libros y anaqueles, el local es asaltado y debe volver a correr.

La suya es una historia de transiciones y persecuciones. Una historia que se mueve a buen ritmo entre un conflicto y otro. Liborio pasa del amor que observa, al amor que habla y besa. Pasa de las peleas callejeras a las peleas en el ring. De la soledad, acostado en un rinconcito destruido de la librería a la compañía de una familia postiza. De la irritación por no entender el sentido de las letras impresas a la fascinación por ellas.

La vida de Liborio se narra con la habilidad y la gracia de quien sabe no sólo acomodar las palabras, sino de quien entiende el valor y el potencial que cada una tiene. Incluso, y probablemente de esto sea responsable la cultura audiovisual y la formación académica en cine de la autora, de quien sabe pensar una historia de forma visual.

La autora logra construir una historia que también destaca por su variedad temática y emotiva: Campeón gabacho tiene una gama cromática y de sensaciones muy amplia. Desde la migración como conflicto social —la violencia, la discriminación, la exclusión, la soledad y la lucha por los derechos de los migrantes— hasta la pasión del primer amor, es imposible no sentir empatía por el personaje.

Liborio tiene una voz genuina, articulada gracias a la prosa rítmica, ágil y poderosa. Sus juegos de lenguaje recuerdan, por momentos, al glíglico de esa novela tan siempre nombrada. Si allá “él le amalaba el noema”, acá “en el pleito de afuera, mi pulso estaba cataléptico, esparandrapado”. Aura Xilonen logra, con una combinación de español, inglés —y algo entre ambos— dotar a las imágenes de una contundencia tan definitiva como el puño de Liborio.

Probablemente ese tono en la voz narrativa, abarrotada de palabras altisonantes, cotidianas y populares, incluso inventadas pero que funcionan en el contexto de las oraciones, es lo que le otorga el sello distintivo ante cualquier otra historia de migrantes, amor o putazos —como su autora la definió.

Aura Xilonen, a sus 19 años, es la excepción a la regla. Por eso, contrario a la creencia del joven barroco, hay libros como Campeón gabacho que se secan a la sombra, sin interrumpir nada. Que, pese a la juventud del autor, se inventan con el lenguaje cotidiano un atardecer sin tendederos.

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