CONJURA OCTUBRE

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Bocaflojas, onanistas, potenciales premios Nobel y sueños

nobel

Durante varias semanas del inimaginable año de 1969, dos novelas compartieron el primer lugar en la lista de best sellers de Estados Unidos: La máquina del amor de Jacqueline Susan y El mal de Portnoy de Philip Roth. La primera, una novela que, según su autora, iba con especial dedicatoria a las lectoras comunes, para que “vean las fiestas a las que nunca serán invitadas, los vestidos que nunca usarán, las vidas que nunca tendrán, los hombres con los que nunca cogerán”; la segunda, como se establece desde sus primeras páginas, el relato de “un desorden mental en el que fuertes impulsos éticos y altruistas están en constante conflicto con deseos sexuales, generalmente de naturaleza perversa” y además, como establece la fama que la precede, una novela de gran intensidad onanista. O dicho sea en buen francés: su protagonista es un chaquetero irredento.

Michael Korda, el editor de la Susan, declaró para la prensa: “Tienes estos dos libros que salieron al mismo tiempo, y aparte de sus méritos, uno es sobre la masturbación y el otro sobre un amor heterosexual afortunado. Si hay alguna justicia en el mundo, The Love Machine debería sacar a Portnoy de la cima por el mero hecho de que es un paso en la dirección correcta”. Esa declaración habría de pesarle a Korda cuando, andando el tiempo y tras una sola novela, se despidió de la Susan y le tocó en suerte ser el editor de Roth, quien en 1969 empezó a disfrutar de la fama, continuó con una carrera que ya era prolífica y se ha convertido en más de medio siglo de literatura, numerosos premios, incluyendo el Príncipe de Asturias, y una candidatura indiscutible al Nobel. Que, por cierto, no ganó tampoco este año, ¿se dieron cuenta?
Luego de publicar un par de novelas más, también best sellers, Jacqueline Susan murió en 1974, a la edad de 56 años, pero antes tuvo sus momentos de gloria… digamos que literaria. Uno, cuando opinó, refiriéndose al autor de Portnoy: “No me importaría leer su libro, pero no quisiera estrechar su mano”. Otro, cuando intercambió insultos en un talk show televisivo con Truman Capote (por cierto, otro Nobel potencial que ya no fue) y éste le espetó que era tan burda como un camionero; furiosa, Jackie amenazó con demandar a Capote, quien, en respuesta, pidió disculpas a los camioneros.

La vida también llevó a Korda a ser el editor de Graham Greene, otro Nobel potencial que nunca fue. Dice la leyenda que esto se debió a que uno de los miembros de la Academia Sueca detestaba a Greene y cada año votaba contra él, imposibilitando así la unanimidad necesaria para otorgar el premio. La obvia solución para el escritor era que el académico muriera: sólo así. Pero no; todo quedó en un sueño de Nobel, como los que por estas fechas nos dan tema de conversación. O de fantasías onanistas.

Ramón Córdoba

I need a fix cause I’m going down

joseagustin

La tumba es la primera novela estéreo en México. El salto del sonido mono hacia la vanguardia en la literatura nacional. Nuestras letras, como el país, viven un estado de crisis permanente. José Agustín debutó durante una coyuntura. Sólo existían dos caminos para la escritura: refritearse el modelo posrevolucionario o sucumbir ante el pseudocosmopolita. Como le ocurrió a un alto porcentaje de sus contemporáneos.

Quizá era previsible. Quizá no. Lo que en definitiva nadie pudo predecir fue que la revitalización de la narrativa surgiría de la mente de un veinteañero. Bob Dylan afirmaba que los cambios sociales se producían después de episodios de agitación. Atenta a esa ecuación, La tumba es hija de la revolución juvenil. Con frecuencia se hace escarnio de que los movimientos arriban tarde a nuestro territorio. A diferencia de otras corrientes, la literatura mexicana no recibió la vanguardia diferida. José Agustín nos conectó con la Era de Acuario.

Una virtud emblemática de La tumba reside en su carácter iniciático. Es la asociación delictuosa por excelencia para aquellos que fueron adolescentes en los sesentas (con el tiempo el referente se ampliaría hasta nuestros días). Evidenció que el relevo generacional sí significaba una renovación cultural. La tumba inauguró el relato de iniciación. La tradición había demostrado ser una pandilla de masoquistas infelices. La narrativa había dejado de registrar el discurrir del ser nacional. José Agustín dio carpetazo al discurso imperante al renunciar a la explotación de lo idiosincrático como sello de identidad. Aglutinó en un documento el pulso de su época.

La tumba inauguró la novela generacional. A partir de su irrupción emergió una nueva promoción de narradores. Autores que sin su publicación no habrían garantizado su ingreso en el panorama de las letras. O no al menos con la contundencia con que lo consiguieron. Todo el crédito corresponde a José Agustín, sin embargo no podemos restarle mérito al ingeniero de sonido de esta obra: Juan José Arreola, quien se dejó despertar la sensibilidad por el genio precoz del autor. La novela fue editada cuando el escritor contaba con apenas dos décadas de existencia, pero está fechada tres años antes, en 1961, la redactó a los dieciséis años.

La historia está compuesta por personajes que eligieron el viaje como una manera de autoafirmación. José Agustín es un caso excepcional. Desafió la fórmula. Primero se consagró a La tumba y después emprendió la travesía. En 1961, meses después de escribir la novela, se casó a escondidas y se embarcó a Cuba para participar en una campaña de alfabetización en la isla. La constante dicta que primero se debe viajar y después verter la experiencia en la página, no a la inversa. José Agustín desobedeció la regla. Y luego salió a observar el mundo. De esta experiencia se desprendió Diario de brigadista, publicado cuarenta y seis años después.

La tumba está influenciada por “La infancia de un jefe”. Una lista de lecturas de la época reveló que José Agustín releía El muro de Sartre con asiduidad. A la novela del mexicano podríamos subtitularla “La infancia de un yupi”. Si bien es cierto que el personaje principal es un escritor, nada indica que se congratulará con el oficio. Como en un delirio davidlyncheano, podría reencarnar en el protagonista de Dos horas de sol, novela concebida por José Agustín treinta años después. Mientras tanto, como el protagónico de Sartre, se dedica a prepararse para el devenir. En la historia del existencialista el personaje ingresará en la clase alta francesa. En la del mexicano, Gabriel se incorporará a la descomposición social producto de un país corrupto.

A diferencia de Lucien, Gabriel no coquetea con la ambigüedad sexual. Transgrede con base en un elemento igual de poderoso: el lenguaje. Debraya con que tiene un encendedor por cabeza (anticipación del eraserhead lyncheano) y líquido en lugar de masa encefálica. Permanentemente escucha un clic que lo desquicia. Un clic constante que se convierte en clit. El órgano que le permite acceder a un lenguaje nuevo, dotarlo de una vitalidad inédita. Un tejido semántico que no depende exclusivamente de lo bibliográfico, sino que abreva del rock, las subculturas, la oralidad callejera desenfrenada y sobre todo la alteración de la realidad. La realidad alterada en la literatura mexicana comienza con José Agustín.

La tumba antecede a Less than zero (1985), también una ópera prima, de Breat Easton Ellis. Sin el glamur que supone una narración ubicada en Hollywood. Ambas obras experimentan un existencialismo americano sin concesiones. Tanto Gabriel como Clay parecen implorar por un subidón que los rescate de la parsimonia de su época: I need a fix cause I’m going down. Por eso tienen que medir sus emociones a base de velocidad y de acostones. Clay también reencarnaría, con el mismo nombre, quince años después en Imperial bedrooms. Y, oh casualidad, es guionista. Nigro, el antihéroe de Dos horas de sol se dedica a realizar reportajes para una revista. La tumba posee un final abierto. Aparece un revólver. Toda caída lleva implícita que la felicidad es una pistola caliente. El clic interminable del arma no es otra cosa que el reponerse a la sepultura.

Descubrí a José Agustín a los dieciséis, la edad en la que conformó La tumba, en 1994. El país atravesaba por una de sus épocas más convulsas. El levantamiento en armas por parte del EZLN, el asesinato del candidato priísta a la presidencia Luis Donaldo Colosio, la devaluación y el suicidio de Kurt Cobain marcaron mi adolescencia.

Mi primer acercamiento sucedió a través de Dos horas de sol. El libreto perfecto para el soundtrack al que era adicto aquellos días: Nevermind de Nirvana. Dos horas de sol es una de las obras menos populares de José Agustín. Sin embargo, es una de mis novelas favoritas. Le guardo un cariño especial porque me introdujo al universo joseagustinesco.

Semanas después conseguí La tumba.

No puedo rememorar mi contacto con la primera novela de José Agustín sin evocar un pasaje de la película Almost Famous de Cameron Crowe. Es una secuencia hermosa. Anita, hermana de William Miller, se enrola como aeromoza para escapar del yugo de su controladora madre. Antes de partir le hereda a su bróder una pequeña colección de viniles. Mientras el prepuberto los admira, encuentra una nota en el interior de un disco de The Who. “Escucha Tommy con una vela encendida y atisbarás todo tu futuro.” La misma sensación me invadió a mí cuando leí La tumba. Vislumbré en lo que se convertiría mi vida en aquellas páginas. No consigo recordar quién me lo proveyó. Pero recuerdo que me aproximé ceremonioso al libro, con una reverencia que tenía reservada exclusivamente para la música.

La tumba cumple cincuenta años de vida. Algunos de nosotros, treinta de convertirnos en sus lectores. Otros están ahí desde el inicio. En estas tres décadas que he acompañado la producción joseagustiniana he observado que su principal preocupación ha sido configurar un lenguaje en estado de gracia. Lo podemos atestiguar en los títulos subsecuentes: De perfil, Inventando que sueño, Se está haciendo tarde (final en laguna), El rey se acerca a su templo, Cerca del fuego, por mencionar algunos. Existe un equívoco en torno a la obra de José Agustín. Se asume por default que le concierne el debate entre alta cultura y cultura popular. Sus intereses se centran más allá de esta estrecha concepción crítica. Es la lengua como divinidad la que ha sido una de sus obsesiones primordiales.

Y en esta ambición La tumba fue el disparo de salida. Un inmejorable arranque. Como mencioné, modulado por el Phil Spector de las letras, Juan José Arreola. Uno de los halagos más elevados a los que un escritor mexicano podía aspirar. No olvidemos que fue el mismo Arreola quien balanceó Pedro Páramo.

Conforme uno se consagra como lector va cosechando autores e influencias. Lo mismo sucede con los consumidores de rock. A algunas obras regresamos por nostalgia, otras las olvidamos. O quedan sepultadas bajo la ingratitud del tiempo. Sin embargo, existen aquellas que resisten el paso del tiempo. Que nunca envejecen. La tumba pertenece a esta denominación. No importa cuánta cultura musical atesoremos durante nuestra existencia, nunca dejaremos de escuchar a los Beatles. Lo mismo sucede con José Agustín, su obra siempre ocupará un lugar insobornable en nuestro corazón.

Carlos Velázquez

Queremos tanto a Salman Rushdie

salmanconjura

Entre los muchos inconvenientes que trae consigo la profesión de escritor está el de la objetividad en la lectura. Sucede que uno ya no disfruta los libros como antes (al menos a mí me pasa). Cuando se está ante una novela no puedo dejar de pensar en todo lo que hay detrás del párrafo que un simple lector podría leer de una manera despreocupada. Tomemos por ejemplo cualquier novela del escritor sudafricano J.M. Coetzee. Como si yo estuviera en una escena de la película Matrix, en la que los protagonistas pueden ver el código de una realidad simulada, al leer La infancia de Jesús no veo sino borradores y más borradores: las páginas que Coetzee debe tachar para lograr la línea perfecta. Es por eso que ahora me cuesta tanto trabajo leer novelas, y más si son gruesas. Prefiero cuentos y novelas cortas (como le pasaba a Chéjov), libros de historia o incluso sagas islandesas.

Hace un par de meses me encontré en una librería de Corrientes, en Buenos Aires, La tierra bajo sus pies, uno de los títulos que me faltaban por leer de Salman Rushdie. Y aunque estamos hablando de casi 700 páginas, abrirla fue como encontrarse con un amigo de una juventud remota —antes de una guerra—, llena de charlas, lecturas, cuando la relación con lo literario era despreocupada y feliz. Eso me pasa siempre que leo una novela de Salman (para mis adentros él es un nombre de pila, un amigo): me vuelvo a transformar con un par de pases mágicos en un lector puro, pues no hay nada en esa fantástica y elegante prosa que a mí como autor me interese imitar; sería un suicidio. Si el escritor es un atleta de la mente, leer las parrafadas de Salman, su uso de la puntuación, de la retórica, del humor, es como ver a hermosos atletas africanos correr de medio fondo los tres mil metros, sin sudar siquiera.

La esencia de la novela clásica es su capacidad para proyectar en la mente de un lector simples preguntas: ¿a dónde va a ir a parar esto?, ¿qué va a pasar en el próximo capítulo? Creo que Salman es uno de los pocos contemporáneos que logran hacer que nos hagamos estas preguntas de una manera genuina, sin esnobismo. Mucho de su material puede provenir de lo mítico, el Ramayana, el Mahabharata, El océano de historias de Cachemira, Las mil y una noches, Orfeo, incluso Quetzalcoátl, pero describe la realidad actual con más exactitud que los libros de historia. Si las fabulas y los mitos nacen de la incapacidad para ordenar el mundo de los hombres primitivos; las fábulas hiperrealistas de Rushdie ordenan realidades, procesos históricos más que complejos, con todas sus contradicciones. Son macrocosmos que nos ayudan a comprender lo incomprensible, y nacen de una voluntad genuinamente demócrata y liberal, humanista: el Islam, el Hinduismo, la mentalidad colonizada, el racismo, la guerra, la intolerancia, la India de los mogules, el pensamiento político moderno (encarnado en Maquiavelo), la cultura popular, el rock ´n´roll. Los hijos de la medianoche es la novela sobre la India postcolonial; Vergüenza nos arroja todas las claves para entender Pakistán; Los versos satánicos es tan vasta que yo no podría encasillarla en un solo tema, a pesar de su fama; El último suspiro del Moro no sólo es la novela de un micro(macro)cosmos llamado Bombay, sino también una historia sobre la intolerancia, la incapacidad de grupos humanos e individuos para comunicarse, la desaparición de un mundo; Shalimar el payaso no solo explora una Cachemira tan mítica como contemporánea, sino que es un relato sobre las nociones absolutas que destruyen a las personas, a las comunidades, la tradición, la belleza. En su última novela, La encantadora de Florencia, vemos además una evolución debido a su brevedad y a su estructura. Hay que leerla unas dos o tres veces para poder sacarle todo lo que contiene, y también una sola vez y disfrutar de su belleza, y pasar a lo que sigue. En mi opinión Rushdie no escribe realismo mágico, es un escritor realista; lo que sucede es que la realidad es disparatada y sólo puede describirse de una manera disparatada. Que, por ejemplo, entre las filas del Estado Islámico haya cuatro ingleses apodados con los nombres de los Beatles, que además uno de ellos sea rapero, eso parece salido de una novela de Salman Rushdie.

Hay un placer extra que viene con la lectura y que nunca se menciona: es el de compartir con alguien más lo leído, discutirlo. Eso me pasa cada vez que mi hermano y yo leemos una novela de Rushdie. Su obra puede tomarse como fábula, como historias de amor, de guerra, política, pero también está llena de claves, referencias culturales, mitos, chascarrillos. Yo puedo pasar horas hablando con mi hermano, frente a una taza de café, sobre Salman Rushdie. Es por eso que lo queremos tanto.

Daniel Espartaco Sánchez

París era una fiesta. Capítulo 17: “Scott Fitzgerald

parisfiesta

Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus alas vulneradas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo.

La primera vez en mi vida en que encontré a Scott Fitzgerald, ocurrió algo muy extraño. Muchas extrañas cosas ocurrieron con Scott, pero aquello no he podido olvidarlo nunca. Él entró en el bar Dingo de la rue Delambre, donde yo estaba sentado en compañía de algunos sujetos impresentables, y vino y se presentó y presentó a un hombre alto y simpático que estaba con él, di- ciendo que era Dunc Chaplin, el famoso lanzador de béisbol. No diría yo que los campeonatos de béisbol en laUniversidad de Princeton me hubieran apasionado nunca, y nunca había oído hablar de Dunc Chaplin, pero era exactamente lo que se llama un chico decente, y además no estaba ni preocupado ni nervioso ni agresivo, y me cayó mucho mejor que Scott.

Scott era ya entonces un hombre pero parecía un muchacho, y no se sabía si su cara de muchacho iba para guapa o se quedaba en graciosa. Tenía un pelo ondulado muy rubio, frente muy alta, ojos exaltados y cordiales, y una delicada boca irlandesa de larga línea de labios, que en una muchacha hubiese resultado estupenda. Tenía una firme barbilla y perfectas orejas, y una nariz que nunca fue torcida. Desde luego que se puede tener todo eso y no ser hermoso, pero él lo era gracias al color del cutis, al pelo muy rubio y a la boca. Una boca como para preocupar hasta que uno conocía bien a Scott, y entonces te preocupabas todavía más.

Yo tenía mucha curiosidad por conocerlo y me había pasado el día trabajando de firme, y parecía maravilloso que allí estuvieran conmigo Scott Fitzgerald y el gran Dunc Chaplin, de quien nunca había oído hablar pero que de pronto era mi amigo. Scott no paraba de hablar, y como me ponía nervioso lo que decía, ya que se trataba de mis cuentos y de lo estupendos que eran, me puse a mirarle atentamente y a observar en vez de escuchar. Entonces to- davía estaba en rigurosa vigencia el código según el cual las alabanzas eran la deshonra. Scott pidió champaña y lo bebimos él y Dunc Chaplin y yo, me parece que en compa- ñía de algunas de las malas compañías. No creo que ni Dunc ni yo siguiéramos muy de cerca la marcha del dis- curso de Scott, porque se trataba de un discurso, y yo se- guía observando a Scott. Era un hombre ligero pero no parecía en muy buena forma, y se le notaba como una hinchazón en la cara. Su traje de señorito le sentaba bien y estaba claro que salía de Brooks Brothers, y llevaba una camisa blanca de cuello muy formalito, y una corbata de esas que los ingleses se ponen con los colores de la banderita de su regimiento, y aquélla era nada menos que del regimiento de los Guardias Reales. Creí conveniente decir- le algo a propósito de la corbata, porque en París los ingleses no escasean que digamos, y a lo mejor uno se metía en Dingo, y además allí mismo ya había dos, pero luego pensé que a la puñeta y seguí observándole. Más adelante se descubrió que la corbata salía de una tienda de Roma.

Llegó un momento en que observarle ya no me proporcionaba mucha información, excepto la de que tenía manos bien formadas y que parecían hábiles, y no eran pequeñitas, y cuando se encaramó a uno de los taburetes del bar, descubrí que tenía las piernas muy cortas. Con piernas normales tal vez hubiera alcanzado cinco centímetros más. Terminada ya la primera botella de champaña y empezada la segunda, el discurso daba muestras de languidecer.

Dunc y yo empezábamos a sentirnos incluso mejor que antes del champaña, y era una suerte que el discurso se acabara. Hasta entonces, la idea que yo tenía de mi grandeza como escritor es que era un secreto muy bien guarda- do entre mi mujer y yo y esas pocas personas con las que se puede hablar. Qué suerte que Scott hubiera llegado a la misma satisfactoria conclusión acerca de mi grandeza, y que ese discurso empezara a ratear. Pero después de la conferencia llegó el coloquio de preguntas y respuestas. Era fácil observarle sin escuchar la cháchara, pero en el coloquio no había escape. Scott, según comprendí más adelante, creía que para poner en claro sus dudas técnicas, a un novelista le bastaba con preguntar llanamente a sus amigos y conocidos. Sí que fue directo al grano.

—Óyeme, Ernest —dijo—. No te molesta que te tutee, ¿verdad?
—Si a Dunc no le importa…
—No digas tonterías. Hablo en serio. Dime, ¿tú y tu mujer os fuisteis a la cama antes de casaros?
—No sé.
—¿Qué quieres decir con eso de que no lo sabes? —No me acuerdo.
—No me digas que no te acuerdas de algo tan importante.
—De veras no lo sé —dije—. Qué raro, ¿verdad? —Es más que raro —dijo Scott—. No puede ser que
no te acuerdes.
—Lo siento. Es una lástima, ¿verdad?
—No te hagas el memo como un inglés —dijo él—. Ponte serio y acuérdate.
—Al cuerno —dije—. No me acuerdo.
—Podías tomarte la molestia de acordarte.

Parece que la conversación se caldea, pensé. Especulé si
le soltaba a todo el mundo aquel rollo, pero me pareció que no, porque observé cómo sudaba al elaborarlo. El sudor apareció en minúsculas gotitas encima de su largo y perfecto e irlandés labio superior, y ésa fue la razón por la que dejé de mirarle a la cara y registré el escaso largo de sus piernas, extendidas por el taburete alto. Volví a mirarle la cara, y entonces ocurrió el extraño fenómeno.

Mientras estaba allí sentado a la barra con la copa de champaña en la mano, de pronto pareció que la piel de la cara se le ponía tirante y que desaparecía su hinchazón, y luego se puso todavía más tirante hasta que la cara pareció una calavera. Los ojos se hundieron y se apagaron como muertos, los labios se adelgazaron tirantes, y el color de la cara se fue, dejando un matiz de cera de vela quemada. No fueron visiones mías. La cara se le convirtió realmente en una calavera, o en una mascarilla mortuoria, ante mis ojos.

—Scott —dije—, ¿te encuentras bien?
No contestó, y la cara se le puso todavía más tirante. —Tenemos que llevarle a un puesto de socorro —dije
a Dunc Chaplin.
—No. No le pasa nada.
—Parece que está muriéndose.
—No. Siempre que se entrompa le pilla así.
Lo metimos en un taxi, y yo estaba muy inquieto pero
Dunc dijo que no ocurría nada y que no me preocupara. —Seguro que se encuentra ya bien al llegar a casa—dijo.

Así debió de ocurrir, puesto que al encontrarme con Scott unos días más tarde en la Closerie des Lilas le dije que era una lástima que la bebida le hubiera sentado mal, que pro- bablemente hablando y sin darnos cuenta bebimos demasiado deprisa, y me contestó:

—¿Una lástima? ¿Qué lástima? ¿Qué me sentó mal? No sé de qué me hablas, Ernest.
—Me refiero a la otra noche, en el Dingo.
—En el Dingo nada me sentó mal. Pero me daban la lata aquellos pelmazos de ingleses que estaban contigo, y por eso me fui a casa.
—No había ningún inglés en el bar. Salvo el barman.
—No te hagas el interesante, hombre. Ya sabes de qué sujetos se trata.
—Oh —dije.
Debió volver luego al bar. O tal vez volvió otro día. O no, claro, entonces me acordé de que había dos ingleses allí. Era verdad. Me acordé de quiénes eran. Estuvieron aquella noche, en efecto.
—Sí —dije—. Desde luego.
—Esa chica tan impertinente que se las daba de noble, y ese memo borracho que la acompañaba. Dijeron que eran amigos tuyos.
—Lo son. Y es verdad que ella se pone a veces muy impertinente.
—Ya ves. No lleva a ninguna parte hacerse el interesante, sólo porque uno ha bebido unas copas de vino. ¿Por qué diablos se te ocurrió armar tanto misterio? Nunca hubiera creído que te diera por ese tipo de bromas.
—No sé —dije; quise cambiar de tema, pero de pronto se me ocurrió una idea y pregunté—: ¿Se pusieron imper- tinentes por tu corbata?
—¿Impertinentes por mi corbata? No te entiendo. Llevaba una corbata de lazo negra, con una camisa blanca de cuello blando. Nada que pudiera llamar la atención.

Entonces sí que dejé caer la conversación. Scott me preguntó por qué me gustaba el café aquel, y yo le describí el lugar antes de que hicieran reformas, y él procuró que le gustara también, y allí nos estuvimos sentados, yo a mi gusto y él procurando estar a gusto, y él me hizo preguntas y me habló de escritores y editores y agentes y críticos y George Horace Lorimer, y de la parte anecdótica y la económica en la vida de un escritor de éxito, y estuvo cínico y divertido y muy alegre y encantador y se hacía muy simpático, incluso si uno se ponía en guardia frente a los que se hacen los simpáticos. Hablaba con desdén pero sin amargura de todas sus cosas publicadas, y comprendí que su nuevo libro tenía que ser muy bueno para que pudiera reconocer sin amargura los defectos de los libros anteriores. Dijo que me daría a leer el libro nuevo, The Great Gatsby, en cuanto recuperara el único ejemplar que tenía, y que había prestado a no sé quién. Oyéndole hablar del libro no te imaginabas lo bueno que era, salvo precisamente porque él hablaba con la timidez que muestran todos los escritores no fatuos cuando han hecho algo que está muy bien, y al fijarme deseé que recuperara pronto el libro para poder leerlo yo.

Me dijo Scott que según Maxwell Perkins, su agente, el libro no se vendía bien pero tenía muy buena crítica. No recuerdo si fue aquel día o más tarde cuando Scott me enseñó una reseña del libro firmada por Gilbert Seldes, y no podía ser mejor. Sólo podría ser mejor si Gilbert Seldes fuera mejor. Scott estaba sorprendido y ofendido por la poca venta del libro, pero repito que no tenía entonces ninguna amargura, y sobre la calidad del libro se le veía a la vez tímido y contento.

Aquella tarde, mientras estábamos en la terraza de la Closerie des Lilas y veíamos caer la tarde y pasar la gente por la acera y cambiar la luz gris del crepúsculo, los dos whiskies con soda que bebimos no provocaron en él ninguna transformación química. Yo la esperaba fijándome mucho, pero no soltó discursos, y obró como una persona normal e inteligente y muy simpática.

Me contó que él y Zelda, su mujer, habían tenido que abandonar en Lyon el cochecito Renault que tenían, por culpa de la lluvia. Me pidió que le acompañara a Lyon: iríamos en tren y recogeríamos el coche y volveríamos por carretera a París. Los Fitzgerald tenían alquilado un piso amueblado en el 14 de la rue de Tilsitt, no lejos de la Étoile. Estábamos a fines de primavera, y pensé que el campo es- taría entonces en su mejor forma, y que podía ser una excursión muy agradable. Scott parecía simpático y razonable, y le vi beber dos whiskies fuertes sin que ocurriera nada, y con su seducción y su apariencia de cordura me dio a entender que la otra noche en el Dingo había sido un sueño penoso. De modo que dije que le acompañaría a Lyon cuando quisiera ir.

Quedamos en encontrarnos al día siguiente, y nos encontramos y decidimos que nos marcharíamos a Lyon en el expreso de la mañana. El tren salía a una hora cómoda y era muy rápido. Si no recuerdo mal, sólo tenía una parada en Dijon. Proyectábamos llegar a Lyon, hacer revisar el coche por un mecánico, cenar bien, y a la mañana siguiente temprano salir de vuelta a París.

La excursión me ilusionaba. Viajaría en compañía de un escritor de más edad y más éxito, y el coche nos daría ocasión para largas conversaciones muy instructivas para mí. Tiene gracia recordar que entonces yo miraba a Scott como un escritor de más edad, pero el hecho es que, no habiendo todavía leído The Great Gatsby, me parecía un escritor mucho más viejo que yo. Le veía como autor de unos cuentos malos que tres años antes resultaban extravagantes cuando los leí en el Saturday Evening Post, pero no se me ocurrió que pudiera ser un escritor serio. En nuestra conversación en la Closerie des Lilas, me contó que a veces escribía un cuento que a él le parecía bueno, aunque en realidad no era más que un cuento bueno para el Post, y que una vez escrito lo alteraba antes de mandarlo a la dirección de la revista, porque sabía exactamente las vueltas y revueltas que convertían un cuento en artículo de éxito. Me sobresalté, y le dije que aquello era putear. Reconoció que era putear, pero dijo que tenía que hacerlo porque las revistas le daban el dinero necesario para escribir libros decentes. Dije que no me parecía que nadie pudiera escribir sin esforzarse por hacerlo lo mejor posible, y a pesar de todo conservar su talento. Él dijo que, puesto que primero escribía el cuento en su forma honrada, alterarlo y estropearlo luego no le hacía ningún daño. El argumento no me convencía y hubiera querido discutírselo, pero necesitaba una novela en que apoyar mi convicción, para contratacar y persuadirlo, y en- tonces yo no había escrito todavía ninguna novela. A partir del momento en que empecé a despedazar mi estilo y a desprenderme de toda facilidad y a probar de construir en vez de describir, mi trabajo se había hecho apasionante. Pero me resultaba muy difícil, y no veía el modo de escribir una novela larga. A menudo necesitaba toda una mañana de trabajo intenso para escribir un párrafo.

Mi mujer, Hadley, se alegró mucho de que yo saliera de excursión con Scott, aunque no se tomaba en serio las cosas de Scott que había leído. La noción que ella tenía de un buen escritor se basaba en Henry James. Pero pensó que a mí me convenía tomarme un descanso y dar una vuelta, aunque naturalmente lo que nos hubiera gustado era tener dinero para comprarnos nosotros un coche y salir de viaje juntos. Entonces no me parecía concebible que eso se realizara algún día. Boni and Liveright me habían dado un anticipo de doscientos dólares por un libro de relatos que iban a publicar en el otoño de aquel año, y mis cuentos eran aceptados por el Frankfurter Zeitung y por Der Querschnitt de Berlín, y por This Quarter y The Transatlantic Review de París, y vivíamos con gran austeridad, gastando sólo lo imprescindible, y ahorrando para poder ir a la feria de Pamplona en julio y luego a Madrid y a la feria de Valencia.

En la mañana convenida con Scott, llegué a la Gare de Lyon con tiempo de sobras, y le esperé ante la entrada a los andenes. Él tenía que traer los billetes. Se acercó la hora de la salida y él no llegaba, y al fin compré un billete de andén y caminé a lo largo del tren buscándole. No le vi, y cuando el largo tren se puso en marcha subí de un salto y recorrí los pasillos, confiando que estaría allí. Era un tren largo, y Scott no estaba. Expliqué el caso al revisor, compré un billete de segunda ya que el tren no tenía tercera, y pregunté cuál era el mejor hotel de Lyon. La única solución parecía ser telegrafiar a Scott desde Dijon, y decirle que le esperaba en Lyon en tal hotel. Si ya no estaba en casa, su mujer debía saber adónde transmitirle el telegrama. Entonces yo no sabía que un hombre adulto pudiera perder un tren, pero aquella excursión iba a enseñarme muchas cosas nuevas.

Por aquellos días era yo muy irritable, pero pasado Montereau ya me había calmado y era capaz de gozar del paisaje, y a mediodía almorcé bien en el coche restaurant y bebí una botella de Saint-Émilion, y pensé que aunque había sido una solemne majadería embarcarme para un viaje confiando en una invitación, y aunque la broma me estaba costando un dinero que necesitábamos para ir a Es- paña, al fin y al cabo era una buena lección. Nunca antes me habían invitado a un viaje con los gastos pagados, y al invitarme Scott me empeñé en que dividiríamos los gastos de hotel y de las comidas. Pero entonces resultaba que a lo mejor Fitzgerald ni siquiera aparecía (en mi ira, le degradé de Scott y le pasé a Fitzgerald). Unos días después me ale- gré de que la cólera hubiera estallado al principio y luego me calmara. No fue una excursión muy indicada que digamos para una persona colérica.

En Lyon supe que Scott había salido de París para Lyon, pero sin decir dónde pensaba alojarse. Confirmé mi dirección, y la doncella que contestó al teléfono dijo que se la comunicaría a Scott si él llamaba. Madame no se encontraba bien y todavía descansaba. Llamé a todos los buenos hoteles de Lyon pero no pude localizar a Scott, y luego fui a un café a tomar un aperitivo y leer los periódicos. En el café encontré a un hombre que se ganaba la vida comiendo fuego, y además torcía con pulgar e índice monedas que apretaba entre las mandíbulas desdentadas. Enseñaba las encías, magulladas pero en apariencia firmes, y dijo que no era mal oficio, el suyo. Le invité a una copa y tuvo mucho gusto. Tenía una hermosa cara morena que rebrillaba cuando comía el fuego. Dijo que Lyon era mal punto, tanto para comer fuego como para proezas de fuerza con dedos y mandíbulas. Los falsos tragafuegos habían estropeado el oficio, y lo seguirían estropeando mientras no les prohibieran ejercer. Dijo que él se había pasado la tarde comiendo fuego y que no tenía dinero bastante para comer otra cosa aquella noche. Le invité a beber otra copa para quitarse el sabor a petróleo del fuego que tragaba, y le dije que podíamos cenar juntos si sabía algún sitio bueno y barato. Dijo que conocía un sitio excelente.

Comimos por muy poco dinero en un restaurant argelino, y me gustaron la comida y el vino de Argelia. El tragafuegos era un buen hombre y era interesante verle comer, ya que era capaz de mascar con las encías tan bien como la mayoría de la gente hace con los dientes. Me preguntó cómo me ganaba yo la vida y dije que estaba empezando a trabajar como escritor. Me preguntó qué escribía, y le dije que cuentos. Dijo que él sabía muchos cuentos, algunos más espantosos e increíbles que todo lo que se había escrito en el mundo. Podría contármelos y yo los pondría por escrito, y si ganaba algún dinero le daría a él la parte que me pareciera equitativa. O mejor aún, podíamos irnos juntos a África del Norte y él me guiaría al país del Sultán Azul, donde yo me haría con unos cuantos que nadie había oído nunca.

Le pregunté qué clase de cuentos eran, y me dijo que trataban de batallas, ejecuciones, torturas, violaciones, horribles costumbres, increíbles prácticas, orgías: todo lo que yo pudiera necesitar. Era ya hora de que yo volviera al hotel e intentara otra vez encontrar a Scott, de modo que pagué la cuenta y dije al argelino que seguramente volveríamos a encontrarnos algún día. Él dijo que pensaba irse acercando a Marsella trabajando por el camino, y yo le dije que tarde o temprano volveríamos a encontrarnos y que había tenido mucho gusto en cenar con él. Le dejé ocupado en enderezar monedas torcidas y apilarlas en la mesa, y me volví al hotel.

De noche, Lyon no era precisamente una ciudad alegre. Era una ciudad grande, pesada, de dinero sólido, y probablemente estaba muy bien para quien tuviera dinero y le gustaran aquel tipo de ciudades. Durante años oí hablar de los maravillosos pollos que se comen en los restaurants de Lyon, pero aquella noche cenamos cordero. Estaba muy bueno.

En el hotel no se había recibido comunicación de Scott, y me fui a la cama en aquel lujo desusado y me puse a leer el primer tomo de los Apuntes de un cazador de Turguéniev, un ejemplar prestado por la librería de Sylvia Beach. Hacía tres años que no saboreaba el lujo de un gran hotel, y abrí de par en par las ventanas y apilé las almohadas para apoyar cabeza y hombros, y fui feliz con Turguéniev en Rusia hasta que me dormí leyendo. A la mañana siguiente me estaba afeitando para bajar a desayunar, cuando llamaron de la conserjería diciendo que un caballero preguntaba por mí.

—Díganle que suba, por favor —dije.
Seguí afeitándome y escuchando los ruidos de la ciudad, que se había despertado pesadamente al amanecer.

Scott no subió, y finalmente nos reunimos en el vestíbulo.
—Siento muchísimo que se haya producido este enredo —dijo—. Si me hubieras dicho en qué hotel pensabas alojarte, nada hubiera ocurrido.
—No tiene importancia —contesté, ya que teníamos mucho camino por recorrer y más valía hacerlo en paz—. ¿En qué tren viniste?
—Uno que salió poco después del tuyo. Era un tren muy cómodo, y no sé por qué no vinimos juntos.
—¿Has desayunado?
—Todavía no. No he hecho más que dar vueltas por la ciudad buscándote.
—Qué pena —contesté—. ¿No te dijeron en tu casa que yo estaba aquí?
—No. Zelda no se encontraba bien, y probablemente no hubiera debido dejarla sola. Por ahora, este viaje es un desastre.
—Vamos a desayunar y a buscar el coche y pongámonos en marcha —dije.
—Estupendo. ¿Desayunamos aquí?
—Será más rápido ir a un café.
—Pero aquí tenemos la seguridad de desayunar bien. —Vale.

Tomamos un gran desayuno al modo americano, con jamón y huevos, y fue muy bueno. Pero entre pedirlo, esperar a que lo trajeran, comerlo y esperar la cuenta, pasó cerca de una hora. Y en el momento en que el camarero llegaba con la cuenta, Scott tuvo la idea de encargar que nos prepararan un almuerzo como para picnic. Intenté convencerle de que lo dejara, diciéndole que podríamos comprar una botella de mâcon en Mâcon, y en cualquier charcutería unos embutidos para hacer sandwiches. O si encontrábamos las tiendas cerradas al pasar por un pueblo, siempre podríamos pararnos en cualquier restaurant. Pero Scott dijo que yo le había dicho que los pollos de Lyon eran de primera, y que teníamos que llevarnos un pollo. De modo que en el hotel nos prepararon un almuerzo, y eso no requirió más tiempo que cuatro o cinco veces el que nos hubiera llevado comprarlo en una tienda.

Era evidente que Scott había bebido algunas copas antes de reunirse conmigo, y como parecía que todavía necesitaba otra, le pregunté si no quería que fuéramos al bar a beberla antes de marchar. Me contestó que él nunca bebía por las mañanas, y me preguntó si yo tenía costumbre de hacerlo. Dije que dependía por completo de mi humor y de lo que tenía que hacer, y él contestó que si yo sentía necesidad de una copa, él me acompañaría para que no tuviera que beber solo. De modo que nos bebimos un whisky con Perrier en el bar mientras esperábamos el almuerzo, y los dos nos sentimos mucho más a gusto.

Pagué la cuenta de la habitación y del bar, aunque Scott quería pagarlo todo. Desde el principio de aquel viaje me había sentido incómodo sobre la cuestión del dinero, y vi que en definitiva me sentía tanto más tranquilo cuanto mayor era la parte que yo pagaba. Estaba gastando el dinero que habíamos ahorrado para España, pero sabía que tenía crédito con Sylvia Beach y que podía pedirle prestado lo que entonces malgastaba, y devolvérselo más adelante.

Al llegar al garaje donde guardaban el coche de Scott, me llevé la sorpresa de que el pequeño Renault era descapotable y no tenía capota. Me parece que la capota se estropeó cuando desembarcaron el cochecito en Marsella, o en todo caso se estropeó en Marsella por una razón u otra, y Zelda mandó que la quitaran y no quiso que pusieran otra nueva. Scott me reveló que su mujer detestaba las capotas de coche, y que habían viajado descapotados hasta Lyon, donde la lluvia les detuvo. Por lo demás, el coche se encontraba en buen estado, y Scott pagó la cuenta después de regatear las partidas de lavado, de engrase y de dos litros de aceite. El mecánico del garaje me explicó que el coche necesitaba que le cambiaran los aros de los pistones, y que era evidente que lo habían hecho circular sin aceite y sin agua. Me enseñó los puntos donde la pintura se había quemado al recalentarse el motor. Dijo que si yo lograba convencer a Monsieur de que encargara en París los aros, el coche, que después de todo era un buen cochecito, no marcharía mal.

—Monsieur no me permitió poner una capota —dijo. —¿No?
—Uno está obligado a tratar bien a un vehículo. —Claro que sí.
—¿Los señores no llevan impermeables?
—No —contesté—. Yo no sabía eso de la capota. —Procure que Monsieur se ponga serio —me pidió—. Al menos en lo que afecta al coche. —Ah —dije.

La lluvia nos detuvo a cosa de una hora al norte de Lyon.

A lo largo del día, tuvimos que parar algo así como diez veces por la lluvia. Eran chaparrones fugaces, y unos duraban más y otros menos. Teniendo impermeables, no hubiera sido desagradable conducir bajo aquella lluvia de primavera. Pero como no los teníamos, nos guarecíamos debajo de los árboles o nos parábamos en los cafés que bordeaban la carretera. Almorzamos estupendamente con lo que llevábamos del hotel de Lyon, o sea con un excelente pollo trufado y un pan delicioso y un vino blanco de Mâcon, y Scott se ponía muy contento bebiendo el maconés blanco a cada parada que hacíamos. En Mâcon compré otras cuatro botellas de excelente vino, y las iba descorchando a medida que nos hacían falta.

Mi sospecha es que Scott nunca había bebido vino directamente de la botella, y la cosa le excitaba como una expedición a los barrios bajos, o como se excita una mu- chacha cuando por primera vez se arroja al mar sin traje de baño. Pero, a primera hora de la tarde, a Scott empezó a entrarle preocupación por su salud. Me contó los casos de dos personas que poco antes habían muerto de congestión pulmonar. Las dos murieron en Italia, y los dos casos le habían impresionado hondamente.

Le dije que lo de congestión pulmonar no era más que un término anticuado para decir pulmonía, y él me aseguró que yo estaba equivocado y disparataba. La congestión pulmonar era una enfermedad específicamente europea, y yo no tenía por qué enterarme de su existencia aun leyendo los libros de medicina de mi padre, ya que en ellos se estudiaban sólo las enfermedades específicamente america- nas. Dije que mi padre había estudiado también en Europa. Pero Scott explicó que en Europa la congestión pulmonar era un fenómeno de aparición reciente, y que era imposible que mi padre lo hubiera alcanzado. Explicó también que las enfermedades difieren mucho de unas regiones de América a otras, y que si mi padre hubiera ejercido la medicina en Nueva York y no en el Middle West, muy otra sería la gama de enfermedades con la que estaría familiarizado. Dijo «la gama», me acuerdo muy bien.

Dije que no era desacertada la observación de que ciertas enfermedades abundan en determinadas zonas de Estados Unidos y en cambio se ignoran en otras, y cité como ejemplo la alta cifra de la lepra en Nueva Orleans, en contraste con su baja incidencia, en aquel momento, en Chicago. Pero añadí que los médicos tienen un sistema de intercambio de conocimientos y de información, y que por cierto a propósito de aquella conversación me acordaba de haber leído en el Journal of the American Medical Association un exhaustivo estudio sobre la congestión pulmonar en Europa, que refería su historia remontándose hasta el propio Hipócrates. Esto le dio ánimos por algún tiempo, y además le animé a que bebiera otro trago del mâcon, ya que un buen vino blanco, de cuerpo pero de moderada fuerza alcohólica, podía decirse que estaba específicamente indicado para combatir la enfermedad.

Scott se alegró un poco después de aquello, pero pronto empezó a decaer de nuevo, y me preguntó si había modo de llegar a una gran ciudad antes de que se le declararan la fiebre y el delirio con que, según yo le dije, se anuncia la verdadera congestión pulmonar en su forma europea. Al decir esto, le aseguré que mis palabras eran traducción de un artículo sobre la susodicha enfermedad, que había leído en una revista médica francesa una vez que me encontraba en el Hospital Americano de Neuilly, esperando a que me cauterizaran la garganta. Un término como el de «cauterizar» actuaba sobre Scott como un calmante. Pero de todos modos quería saber cuándo llegaríamos a la ciudad. Dije que apretando un poco tardaríamos de veinticinco minutos a una hora.

Scott preguntó entonces si yo le tenía miedo a la muerte, y dije que a ratos sí y a ratos no tanto.

Entonces se puso a llover de veras, y en la primera aldea nos refugiamos en un café. No recuerdo todos los detalles de aquella tarde, pero sé que cuando al fin recalamos en un hotel, en una ciudad que debía ser Chalon-sur-Saô-ne, era ya tarde y las farmacias estaban cerradas. Scott se desnudó y se acostó en cuanto llegamos al hotel. Dijo que no le importaba morir de congestión pulmonar. Lo único que le angustiaba era saber quién iba a cuidar de Zelda y de la pequeña Scotty. Yo realmente no veía modo de asumir la misión, ya que bastante apuro me daba cuidar de mi mujer Hadley y del joven Bumby, pero dije que haría cuanto estuviera en mi mano y Scott me dio las gracias. Me pidió que velara por que Zelda no bebiera y por que Scotty tuviera una institutriz inglesa.

Mandamos nuestras ropas a secar y nos quedamos en pijama. Fuera seguía lloviendo, pero el ambiente del cuarto, con todas las luces encendidas, era alegre. Scott yacía en la cama para conservar sus fuerzas y entablar el combate con la enfermedad. Tomé su pulso, que era de setenta y dos, y le puse la mano en la frente, que estaba fría. Le ausculté el pecho y le hice respirar hondo, y el pecho daba un buen sonido.

—Mira, Scott —le dije—, tú estás estupendamente. Si quieres hacer lo más sensato para no pillar un resfriado, te quedas en la cama y pido una limonada y un whisky para cada uno, y tú te tomas una aspirina con lo tuyo, y ni siquiera tendrás un resfriado de nariz.
—Remedios de vieja comadre —dijo Scott.
—No tienes temperatura. ¿Cómo diablos vas a tener una congestión pulmonar si ni siquiera tienes temperatura? —No me chilles —dijo Scott—. ¿Cómo sabes que no
tengo temperatura?
—Tienes el pulso normal y la frente fría.
—Oh, hablas por hablar —dijo Scott con amargura—.
Si de verdad eres un amigo, consígueme un termómetro. —Estoy en pijama.
—Manda a buscarlo.

Llamé al timbre. El camarero no acudió, y volví a llamar y salí al pasillo en busca de alguien. Scott yacía con los ojos cerrados, respirando despacio y de a poco, y con su color de cera y sus facciones perfectas parecía el cadáver de un joven cruzado. Ya me estaba hartando de la vida literaria, si aquello era la vida literaria, y echaba de menos mi trabajo y sentía la soledad de muerte que llega al cabo de cada día de la vida que uno ha desperdiciado. Estaba muy harto de Scott y de aquella necia comedia, pero busqué al camarero y le di dinero para que comprara un termómetro y un tubo de aspirina, y pedí dos citrons pressés y dos whiskies dobles. Intenté encargar una botella de whisky, pero sólo servían copas.

De vuelta al cuarto, vi que Scott seguía yaciendo como en su propia tumba, esculpido como monumento de sí mismo, con los ojos cerrados y respirando con ejemplar dignidad.
Al oírme entrar habló:

—¿Conseguiste el termómetro?
Me acerqué y le puse la mano en la frente. No estaba
fría como la tumba, pero estaba fresca y sin sudor. —No —dije.
—Pensé que lo traerías.
—Mandé a buscarlo.
—No es lo mismo.
—Claro que no lo es. ¿Cómo va a ser lo mismo?

No había modo de irritarse con Scott, como no hay modo de irritarse con un loco, pero estaba cabreado conmigo mismo, por haberme dejado enredar en aquella me- mez. Sin embargo, había algo serio detrás de la farsa de Scott, y yo lo sabía muy bien. En aquellos días, casi todos los borrachos morían de pulmonía, enfermedad que ahora está casi erradicada. Pero costaba creer que Scott fuera un verdadero borracho, ya que le hacían efecto cantidades muy pequeñas de alcohol.

En Europa el vino era algo tan sano y normal como la comida, y además era un gran dispensador de alegría y bienestar y felicidad. Beber vino no era un esnobismo ni signo de distinción ni un culto; era tan natural como comer, e igualmente necesario para mí, y nunca se me hubiera ocurrido pasar una comida sin beber vino, sidra o cerveza. Me gustaban todos los vinos salvo los dulces o dulzones y los demasiado pesados, y nunca imaginé que si Scott compartía conmigo unas pocas botellas de un vino blanco de Mâcon, seco y más bien ligero, en él se iban a producir cambios químicos que le convertirían en un majadero. Claro que bebimos el whisky con Perrier por la mañana, pero, dentro de la ignorancia que yo tenía entonces sobre cuestiones de alcoholismo, no podía concebir que un whisky hiciera daño a una persona que iba en un coche descapotado bajo la lluvia. El alcohol tenía que oxidarse en muy poco tiempo.

Esperando que el camarero trajera las cosas, me senté a leer un periódico y a terminar una de las botellas de mâcon que descorchamos en la última parada. Cuando uno vive en Francia, siempre dispone de varios crímenes estupendos cuyo curso puede seguir día tras día en los periódicos. Son como novelas por entregas, y hay que haberse leído los primeros capítulos, ya que no dan resúmenes de lo que antecede como en las novelas por entregas americanas, aunque de todos modos una novela americana tampoco gusta tanto a los que no han leído el tan importante capítulo de apertura. Cuando uno está en Francia pero viaja, los periódicos pierden interés, ya que muchas veces falla la continuidad de los variados crimes, affaires, o scandales, y además para que la cosa cobre toda su gracia hay que leerla en un café. Aquella noche yo hubiera preferido mil veces estar en un café donde pudiera leer las ediciones de la mañana de los periódicos de París y observar a la gente, y prepararme para la cena con alguna bebida más consistente que el mâcon. Pero ya que me tocaba estar de mayoral del rebaño de Scott, me divertí como pude.

Cuando entró el camarero con los dos vasos de limonada y hielo, con los whiskies y con la botella de agua Perrier, me dijo que la farmacia estaba cerrada y que no había modo de comprar un termómetro. Había conseguido que le prestaran unas aspirinas. Le pedí que procurara le prestaran también un termómetro. Scott abrió los ojos y dirigió al camarero una mirada irlandesa cargada de agüeros funestos.

—¿Le has hecho comprender que se trata de un caso serio? —me preguntó.
—Me parece que lo comprende. —Por favor, precísalo.
Procuré precisarlo, y el camarero dijo: —Haré lo que pueda.
—¿Le diste bastante propina? —quiso saber Scott—. Trabajan sólo por las propinas.
—Ah, no lo sabía —contesté—. Yo creía que el hotel les pagaba también un sueldo.
—No quiero decir eso. Quiero decir que no te servirán si no les das una propina en condiciones. Casi todos son unos sinvergüenzas.

Me acordé de Evan Shipman y del camarero de la Closerie des Lilas que tuvo que afeitarse el bigote cuando pusieron un bar americano, y de que Evan trabajaba en el huerto del camarero en Montrouge mucho antes de que yo conociera a Scott, y de lo buenos amigos que éramos entonces los de la Closerie y de nuestra larga amistad, y de los cambios que hubo y de lo que representaban para cada uno de nosotros. Estuve a punto de hablarle a Scott de aquel problema de la Closerie, aunque probablemente ya se lo había contado, pero me di cuenta de que le importaban un comino los camareros y sus problemas y su amabilidad y sus afectos. Por entonces Scott detestaba a los franceses, y como casi los únicos franceses con quienes tenía contacto eran camareros a los que no entendía, taxistas, empleados de garaje y de hotel y porteras, tenía frecuentes ocasiones para ofenderles e insultarles.

Todavía detestaba a los italianos más que a los franceses, y no podía hablar de ellos sin perder los estribos, incluso cuando no había bebido. A los ingleses los detestaba por regla general, pero a veces los toleraba y de cuando en cuando los admiraba. No sé qué pensaría de los alemanes y de los austríacos. No sé si había conocido nunca a ninguno, o a ningún suizo.

Volviendo a la noche del hotel, mi mayor satisfacción era que Scott conservara su calma. Mezclé la limonada con el whisky y se lo ofrecí con un par de aspirinas, y se tomó las aspirinas sin protestar y con admirable serenidad, y se quedó bebiendo a sorbitos. Tenía entonces los ojos abiertos y miraba a lo lejos. Me quedé leyendo los crímenes que traía el periódico y sintiéndome muy confortable, demasiado confortable al parecer.

—Eres un tío frío, ¿no te parece? —preguntó Scott.
Al mirarle comprendí que, si no en mi diagnóstico, por lo menos en mi receta me había equivocado, y que el whisky iba a resultarnos muy pernicioso.
—¿Qué quieres decir, Scott?
—Eres capaz de sentarte tan tranquilo y leer tu porquería de periodicucho francés, sin importarte un comino que yo agonice.
—¿Quieres que llame a un médico?
—No. No quiero un mierda de medicucho de aldea francés.
—¿Qué deseas, pues?
—Quiero tomarme la temperatura. Y luego quiero que nos sequen las ropas y que tomemos un expreso para París, y llegar lo más pronto posible al Hospital Americano de Neuilly.
—Las ropas no estarán secas hasta mañana, y esta no- che no hay expresos —dije—. ¿Por qué no descansas y cenas un poco en la cama?
—Quiero tomarme la temperatura.
El latazo se prolongó largo tiempo, hasta que el camarero trajo un termómetro.
—¿No pudo encontrar otro? —pregunté al camarero.

Scott cerró los ojos en cuanto entró el hombre, y tomó un aspecto tan desahuciado como el de Camila. No he conocido nunca una persona que se quedara tan rápidamente sin sangre en la cara, y me pregunté dónde se la metía. —Es el único que hay en el hotel —contestó el camarero dándome el termómetro.

Era un termómetro para baño, con un armazón de madera y metal calculado para que se hundiera en el agua pero no hasta el fondo. Bebí un trago de whisky puro, y abrí un momento la ventana para mirar la lluvia. Cuando me volví, Scott me estaba observando.
Sacudí el termómetro con gesto de profesional y le dije: —Tienes suerte de que no sea un termómetro rectal. —¿Dónde se colocan los termómetros de este tipo? —En la axila —dije, y lo demostré abrigándolo en mi sobaco.

—No trastornes lo que marca —dijo Scott.
Volví a sacudir el termómetro con un solo brusco torcimiento de muñeca, y desabroché la chaqueta del pijama de Scott y le metí el artefacto en el sobaco, y luego volví a tocarle la frente y a tomarle el pulso. Él miraba fijamente al vacío. El pulso era de setenta y dos. Le dejé el termómetro puesto durante cuatro minutos.
—Creí que sólo hacía falta un minuto —dijo Scott.
—Este termómetro es muy grande —expliqué—. Hay que multiplicar por el cuadrado de la longitud del termó- metro. Además es un termómetro centígrado.
Finalmente retiré el termómetro y lo acerqué a la lamparilla.
—¿Cuánto marca?
—Treinta y siete con seis décimas.
—¿Y lo normal qué es?
—Eso es lo normal.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo.
—Prueba contigo. Quiero estar seguro.
Sacudí el termómetro, me desabroché el pijama y me
puse el termómetro en el sobaco, y me quedé mirando el reloj. Luego miré el termómetro.
—¿Cuánto marca? —preguntó Scott mientras yo examinaba el instrumento.
—Exactamente lo mismo.
—¿Y tú cómo te encuentras?
—Espléndidamente —dije.
Intenté recordar si treinta y siete con seis era realmente
la temperatura normal. No es que tuviera ninguna importancia, porque el termómetro, inmutable, se mantenía en treinta grados.

Scott se mostraba un poco suspicaz, de modo que le pregunté si quería que hiciéramos otra comprobación.

—No —dijo—. Es una suerte que me haya curado tan rápidamente. Siempre tuve gran capacidad de recuperación.
—Ahora estás bien —dije—. Pero me sentiré más tranquilo si te quedas en la cama y cenas ligero, y mañana saldremos temprano.

Mi plan era comprar impermeables por la mañana, pero para eso tenía que pedirle dinero a Scott, y no tenía ganas de enredarme en una discusión en aquel momento.
Pero Scott no quiso quedarse en la cama. Quería levantarse y vestirse y bajar y llamar a Zelda para tranquilizarla.

—¿Qué razón tiene para no estar tranquila?
—Es la primera noche que pasamos separados desde que nos casamos, y tengo que hablarle. ¿No eres capaz de comprender la importancia que esto tiene para los dos?

Yo era muy capaz, pero no era capaz de comprender cómo habían podido dormir juntos la noche anterior. De todos modos, no era cosa que me correspondiera discutir. Scott bebió el whisky de un gran trago y me dijo que pi- diera otro whisky. Busqué al camarero y le devolví el termómetro, y le pregunté cómo estaban nuestras ropas. Dijo que suponía que estarían secas al cabo de una hora.

—Haga que el criado las planche, y así se secarán. No importa que queden algo húmedas.
El camarero nos trajo dos whiskies para que nos librá- ramos del resfriado, y bebí el mío despacio y aconsejé a Scott que hiciera lo mismo. Me preocupaba en serio que pudiera pillar un resfriado, porque vi que si llegaba a tanto habría que ingresarle en una clínica. Pero la bebida le hizo sentirse maravillosamente por un tiempo, y estuvo muy feliz desarrollando las trágicas sugestiones implícitas en el hecho de que aquélla era la primera noche de separación entre él y Zelda, desde el día en que se habían casado. Finalmente, no pudo esperar más tiempo a llamarla, y se puso la bata y bajó a telefonear.

Volvió porque había mucha demora para la conferencia, y al poco entró el camarero con otro par de whiskies dobles. Nunca hasta entonces vi a Scott beber tanto, pero no le hizo ningún efecto salvo el de volverle más animado y hablador, y se puso a contarme su vida con Zelda. Dijo que la había conocido durante la guerra, y que luego la perdió y la reconquistó, y me contó cómo llegaron a casarse, y algo trágico que les había ocurrido en Saint-Raphaël, hacía más o menos un año. Aquella primera versión que entonces me contó del enamoramiento de Zelda y un aviador de la marina francesa era un relato verdaderamente triste, y me parece que era verídico. Luego me contó otras varias versiones del hecho, como si lo estuvie- ra ensayando para meterlo en una novela, pero ninguna versión era tan triste como aquella primera, y yo siempre me creí aquélla, aunque la verídica podía ser cualquiera de las otras. Cada versión estaba mejor contada que la anterior, pero ninguna resultaba tan entristecedora como la primera.

Scott sabía hablar y contar un relato. Hablando no tenía problemas de ortografía ni de puntuación, y no daba la impresión de analfabetismo que daban sus cartas tal como él las escribía. Fuimos amigos durante dos años antes de que aprendiera a ortografiar mi nombre, pero bien mirado es un nombre largo de ortografía difícil, y posiblemente la ortografía se hacía más difícil a medida que pasaba el tiempo, y aprecié mucho el que Scott llegara por fin a ortografiar el nombre correctamente. También aprendió a ortografiar cosas más importantes, y procuró pensar con criterio sobre muchas más.

Aquella noche, de todos modos, lo único que quería que yo conociera y comprendiera y apreciara era lo ocurrido en Saint-Raphaël, y yo le seguí tan bien que me parecía ver el pequeño hidroavión monoplaza y oír su zumbido, y ver la palanca de saltos y el color del mar y la forma de los muelles de madera y la sombra que proyectaban, y ver el bronceado de Zelda y el bronceado de Scott y el rubio claro y el rubio oscuro de su pelo, y la tez oscura del muchacho que estaba enamorado de Zelda. Pero no me atreví a formular la pregunta que me inquietaba, a saber, que si aquello era verdad y todo había sucedido de aquel modo, ¿cómo podía ser que Scott durmiera todas las noches en una misma cama con Zelda? Pero tal vez era eso lo que daba al relato aquella calidad que lo volvía más triste que cualquier otro que me hubieran contado, y tal vez Scott no se acordaba, como tampoco se acordaba de la noche precedente.

Nuestras ropas llegaron antes que la conferencia telefónica, y nos vestimos y bajamos a cenar. Scott trastabillaba ya un poco, y miraba a la gente de reojo con cierta agresividad. Comimos caracoles muy buenos con una jarra de fleury como inicio de la cena, y cuando estábamos a la mitad del plato y del vino llegó la conferencia. Scott desapareció por una hora y terminé comiéndome sus caracoles, rebañando la salsa de mantequilla y ajo y perejil con migas de pan, y apuré la jarra del fleury. Cuando volvió le dije que pediría para él otra ración de caracoles, pero no la quiso. Quería un plato sencillo. No le atrajo un steak, ni tam- poco hígado ni jamón, ni tampoco una tortilla. Quería pollo. A mediodía habíamos comido muy buen pollo frío, pero estábamos todavía en la región famosa por sus pollos, de modo que nos hicimos servir poularde de Bresse con una botella de montagny, un ligero y simpático vino del país. Scott comió muy poco y apenas sorbió una copa de vino. Perdió el conocimiento allí en la mesa, con la cabeza apo- yada en las manos. Fue una cosa auténtica y sin comedia, e incluso me pareció que procuraba no verter vasos ni romper nada. Entre el camarero y yo le subimos al cuarto, y le acosté en la cama y le desvestí hasta dejarle en ropa interior, colgué en la percha su traje, y le cubrí con las mantas. Abrí la ventana y vi que hacía buen tiempo, y dejé abierto.

Bajé al comedor a terminar mi cena, y reflexioné sobre el caso de Scott. Era evidente que no podía beber nada, y que yo no había velado bien por él. Cualquier cosa que bebiera parecía estimularle en exceso y luego envenenarle, y pensé que al día siguiente reduciría la bebida al mínimo. Le diría que estábamos de vuelta a París, y que yo necesitaba ponerme en forma para escribir. No era verdad. Para ponerme en forma me bastaba no beber ni después de la cena ni antes de escribir ni mientras escribía. Subí a mi cuarto y abrí todas las ventanas y me dormí en cuanto me metí en la cama.

Al día siguiente hizo un tiempo hermoso, y nos enca- minamos a París atravesando la Côte-d’Or con su aire re- cién limpio y con las lomas y los campos y los viñedos frescos y nuevos, y Scott estaba muy alegre y feliz y rebosando salud, y me contó los argumentos de todas y cada una de las novelas de Michael Arlen. Dijo que a Michael Arlen no había que perderle de vista, y que podíamos aprender mucho de él. Yo dije que no me sentía con fuer- zas para leer aquellos libros. Scott dijo que no hacía falta. Él me contaría los argumentos y me retrataría los personajes. Y me sirvió una especie de exposición oral de una tesis de doctorado sobre Michael Arlen.

Le pregunté si la víspera había tenido buena comunicación telefónica con Zelda y me contestó que no era mala, y que hablaron de muchísimas cosas. Con el almuerzo pedí una botella del vino más ligero que pude encontrar, y le dije a Scott que me haría un señalado favor si me impedía pedir otra, porque yo ya estaba en plan de vuelta al trabajo y en ningún caso debía beber más de media botella. Cooperó a las mil maravillas, y cuando me vio lanzar ojeadas nerviosas a la botella que se terminaba, me cedió lo que le tocaba a él.

Cuando le dejé en su casa y volví en taxi a la serrería, me pareció maravilloso ver de nuevo a mi mujer, y nos fui- mos a tomar una copa a la Closerie des Lilas. Estábamos
contentos como niños a los que han separado y que logran reunirse, y le conté el viaje.
—¿Pero nunca te divertiste ni aprendiste nada útil, Tatie? —preguntó mi mujer.
—Pude aprender mucho sobre Michael Arlen, si hubiera escuchado, y he aprendido cosas que todavía no ten- go puestas en perspectiva.
—¿Tan infeliz es Scott? —Cabe.
—Pobre hombre. —Aprendí una cosa. —¿Cuál?
—Nunca salgas de viaje con una persona que no amas. —Estupendo.
—Sí. Y nos marchamos a España.
—Sí. Y faltan menos de seis semanas. Y este año no
permitiremos que nadie nos estropee el viaje, ¿verdad? —No. Y después de Pamplona nos iremos a Madrid y Valencia.

Ella ronroneó como un gato.

—Pobre Scott —dije.
—Pobre todo el mundo —dijo Hadley—. Ricos los
gatos que no tienen dinero.
—Tenemos mucha suerte.
—Hay que ser bueno y conservarla.
Para tocar madera golpeamos los dos en la mesa, y el camarero vino a preguntar qué queríamos. Pero lo que queríamos no podía dárnoslo ni él ni nadie, ni aparecía golpeando en mesas de madera o en veladores de mármol, que es lo que aquello era en realidad. Pero no lo sabíamos entonces, y nos sentíamos muy felices.

Uno o dos días más tarde Scott trajo su libro. Tenía una sobrecubierta chillona, y recuerdo que me avergonzaron la vulgaridad, el mal gusto y el bajo nivel de aquella presentación. Parecía la sobrecubierta de un mal libro de ciencia ficción. Scott me dijo que no me fijara en la sobrecubierta, que el motivo del dibujo era un anuncio que había junto a una carretera en Long Island y que tenía importancia en el relato. Dijo que al principio le gustó aquella sobrecubierta, pero que luego dejó de gustarle. Yo la retiré para leer el libro.

Cuando terminé de leerlo, comprendí que hiciera Scott lo que hiciera, por muy mal que se portara, yo tenía que considerar que era como una enfermedad, y ayudarle en todo lo que pudiera y procurar ser buen amigo suyo. Scott tenía muchos y buenos amigos, más que nadie que yo conociera. Pero me alisté como uno más, tanto si podía serle útil como si no. Si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que sería capaz de escribir otro todavía mejor. Entonces yo no conocía todavía a Zelda, y por consiguiente no tenía idea de las terribles desventajas con que luchaba Scott. Pero pronto íbamos a descubrirlas.

Ernest Hemingway