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Cómo nos hicimos más tontos que nuestros teléfonos
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Los monjes medievales tenían un grave problema: su cerebro. Inquieto como una pulga que salta de un tema a otro sin ton ni son, los monjes inventaron trucos como dibujar mapas mentales o memorizar libros enteros para evitar la dispersión de sus pensamientos, similar a quien cuenta borregos para dormir. No deja de ser extraño que, pese a vivir lejos de los centros urbanos, privados de placeres como la comida, la plaza pública o su propia lujuria, enclaustrados y lejos de las tentaciones, su problema seguía siendo cómo dominar la mente.

La ansiedad de la desconcentración no es, pues, un problema nuevo. La mente humana es inquieta y plástica por defecto; no hay nada tan «antinatura» que la contemplación y la reflexión profundas. La inteligencia, en este sentido, siempre ha sido artificial. Y aunque el problema de la distracción no es exclusivo de Internet y los teléfonos inteligentes, esta era en la que predomina el fomo (fear of missing out), la necesidad de compartir fotos o de opinar sobre las tendencias del momento, la dispersión y la superficialidad parecen el único orden posible del gran cerebro humano.

Nicholas Carr publicó Superficiales, ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (The Shallows, 2009) bajo la sospecha de que estaba volviéndose más estúpido que su computadora y que ya no era capaz de leer ni de pensar en profundidad.

“En el pasado”, escribe Carr recordando los tiempos en que podía leer libros y periódicos de corrido, “fui un buzo en un mar de palabras. Ahora me deslizo pero como un tipo sobre una moto acuática”.

Cuando Carr terminó de escribir Superficiales, Steve Jobs seguía vivo y era el mejor representante de esa casta de héroes billonarios que, desde Silicon Valley y a golpes en la bolsa de valores, sembraron la idea de que el futuro de la humanidad estaría en manos de los medios y emporios digitales. A esa nómina de grandes CEO’s-hombres-emprendedores se unieron Mark Zuckerberg o Elon Musk, y compañías como Facebook, Twitter y Google empezaron a implantarse en la médula cotidiana de millones de usuarios ávidos de contenido.

Nicholas Carr por Getty Images en Retina.

Tampoco es nueva esta concentración de tecnología y capital que tiene su cuna en California. Desde la fundación de la Federal Telegraph Company en Palo Alto, hasta la construcción de los faraónicos cuarteles de Apple en Cupertino, la línea de descendencia es directa y apunta a un proyecto coherente e ininterrumpido cuyo objetivo nada disimulado es controlar el 100 por ciento de la información.

La palabra google, por ejemplo, proviene del término matemático googol o gúgol, que designa un número diez elevado a la centésima potencia, sólo una muestra de la megalomanía de lo que, más que una empresa, es ahora la Iglesia de Google… y de Apple, y de Samsung y, por supuesto, Microsoft, todas ellas empresas que se han esforzado por innovar en su tecnología al tiempo que cultivan el fanatismo y la “rivalidad” entre sus respectivos públicos meta.

Que uno reciba decenas de notificaciones inútiles, o que llegue a consultar más de 80 veces al día su teléfono, es la base de una industria que lucra con la distracción y la inestabilidad de un cerebro que durante mucho tiempo se concibió como un artefacto mecánico pero en realidad es un órgano cambiante, curioso y propenso a las adicciones. El cerebro contemporáneo no es más distraído que el de nuestros antepasados, pero las empresas informáticas explotan esta condición primigenia de la mente para erigir una economía de la interrupción, la ansiedad y la ignorancia.

El gran profeta de los medios, al menos en el mundo anglosajón, sigue siendo Marshall McLuhan, historiador y showman cuyo nombre nunca está de más en la discusión entre escépticos y entusiastas, tiene su más nuevo episodio en el debate en torno a las implicaciones tecnológicas y éticas de la memoria de silicón. Después de todo, como lo dice Carr, el canadiense sí vio “que a largo plazo, el contenido de un medio importa menos que el medio en sí mismo a la hora de influir en nuestros actos y pensamientos (…) Los medios proyectan su magia o su mal, en su propio sistema nervioso”.

Tecnologías (y medios) como la escritura, los relojes, mapas, calendarios, los libros, el cine o la radio tienen en común que son una expresión de la voluntad humana pero también de su ética intelectual. En el caso de Internet (o lo que Carr llama con sorna “world wide cage, la gran y amplia jaula global), la corriente continua y el sinfín de información apelan “a nuestra tendencia a sobrevalorar enormemente lo que nos está ocurriendo en este mismo instante”, la sensación de estar en todas partes sin estar en ningún lugar, a la “no-lectura”.

Del cultivo de conocimiento a la recolección de datos electrónicos, la distracción perpetua que propician los smartphones y las redes sociales es un retroceso en la historia del pensamiento; aunque también puede verse al revés:

“la red nos está haciendo más inteligentes siempre y cuando definamos la inteligencia según los estándares de la propia Red”.

Invirtiendo el archiconocido axioma mcluhiano de que los medios son las extensiones del hombre, Carr advierte que “así como nuestras tecnologías se convierten en extensión de nosotros mismos, también nosotros mismos nos convertimos en extensiones de nuestras tecnologías”. La alienación es parte importante de los medios y más información puede significar menos conocimiento pues “nuestros pensamientos pueden ejercer una influencia física sobre nuestros cerebros. (…) Neurológicamente, acabamos siendo lo que pensamos”. Las habilidades, formas de pensar, hábitos y actitudes moldean al cerebro. Y lo que sucede a un individuo también sucede al género humano. He ahí la cuestión última de esta crítica a la razón informática: nuestra especie se está volviendo cada vez más estúpida que el teléfono promedio.

Fuente: digitaltrends.com

Pero, ¿hay que ser monjes medievales en esta era donde la memoria de la humanidad cabe en un bolsillo? Carr no lo dice explícitamente aunque sí aconseja vivir en una residencia sin wifi, escribir a mano, dejar el celular en otro lado y la lectura de libros impresos, el único medio de comunicación que nos fuerza a lo antinatural: la concentración de largo aliento. Contra el dogma de la inmutabilidad del cerebro propone —basado en su lectura de estudios neurológicos y cibernéticos, pero también en la obra de filósofos como San Agustín, Martin Heidegger y cineastas como Scott Ridley y Stanley Kubrick— que utilicemos la neuroplasticidad natural del cerebro a nuestro favor como herramienta para generar hábitos de lectura, memorización y estudio profundos.

Muchas de las advertencias de Superficiales se han cumplido: las compañías informáticas han condicionado la economía, la comunicación y los cerebros de miles de usuarios. Las mentes están cada vez bajo un mayor escrutinio: por mucho que los individuos ejerzan un control sobre su vida como internautas, ¿qué tanta de esa libertad queda en manos de los medios programados por las corporaciones estadounidenses?

Otras de sus predicciones —como suele sucederles a los profetas— se han estancado. Por ejemplo, la de crear una inteligencia artificial que emule al cerebro humano. La memoria, Mnemósine, no ha podido convertirse en una doncella informática, sino que sigue pareciéndose más a una planta que crece de manera continua, orgánica e indeterminada. La metáfora, asegura Carr, debe ser biológica y no mecánica. Cada “expansión de nuestra memoria es una ampliación de nuestra inteligencia”, y la web es una tecnología del olvido. Superficiales clama por una inteligencia y una memoria lejanas al afán mecánico y mercadológico, “cada uno de nosotros lleva y proyecta la historia del futuro. La cultura se sustenta en nuestras sinapsis”.

Nicholas Carr escribió este libro a lo largo de 2007 y 2009. Tuvo, como los monjes, que enclaustrarse; leyó, escribió y memorizó de manera tradicional como nunca en su vida para lograr este libro en el que resume muchas de las preocupaciones que ya había ensayado en su blog Rough Type y que continúa en su más reciente libro traducido al español, Atrapados. Cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas. El fruto es este libro que, más que un alegato contra Internet, es una crítica cultural de nuestro tiempo.

 How to build your focus –  The shallows by Nicholas Carr



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