Ciudades desiertas, corazones desbordados

Comencé esta novela unos días después de que se estrenara su versión cinematográfica en México, pero no deseaba que este texto se convirtiera en una reseña cinematográfica, así que hasta terminarla, seguí ignorando las actuaciones de Gael García y Verónica Echegi en una película que lleva por título el descriptivo pero menos poético Me estás matando, Susana. De esta versión diré que se convierte, bajo la dirección de Roberto Sneider, en una comedia centrada en las peripecias de Eligio mientras intenta devolver a Susana al lugar que le “corresponde” (junto a él), mientras que José Agustín traza en Ciudades desiertas la tragedia emocional de Susana: la incapacidad de reconocerse en su pareja y el inevitable regreso a sus brazos ante el reconocimiento de que, después de todo, lo ama y desea estar con él.

Así pues, no sólo me parece que la película sepulta uno de los argumentos centrales de la historia en pos de un resultado más humorístico, sino que incluso puede estar dando un mensaje más empático con Eligio que con Susana, algo que la novela deja cuando menos en la ambigüedad, por no decir que opta por ridiculizar el absurdo machismo de él. Por lo tanto, si he de poner en la balanza ambas versiones de esta historia, me inclino fuertemente por la novela, cuyos personajes y desarrollo tienen mucha más materia que sus versiones cinematográficas.

Sin embargo, el gran valor de Me estás matando, Susana radica en la actualización del conflicto central: Eligio quiere escapar de su machismo, pero ha crecido sumergido en él y sólo un contexto cultural distinto le muestra cuán absurdo es; Susana lo ama, pero sus convicciones feministas ridiculizan el amor romántico y cualquier cursilería que de él se derive. Prisioneros de sus propias ideologías, pero unidos por la certeza de su amor, ambos intentan encontrar el equilibrio.

¿Y la novela? En Ciudades desiertas Emilio y Susana son la pareja ideal: ella es escritora; él, actor. Llevan juntos ya algunos años y parece que la espesa rutina ha comenzado a cernirse sobre ellos. Sin embargo, se aman y el amor lo puede todo, ¿no? Más o menos. Él conoce más bien poco sobre la obra de su esposa, en parte por su indiferencia hacia el trabajo que ella realiza y en parte porque está demasiado ocupado tratando de rescatar su propia carrera del bache en el que está metida. Ella, en cambio, no tolera a las amistades de él, y menos el pesado humor que tiene cuando está ebrio (y sus acompañantes ídem), lo que sucede muy a menudo; por si fuera poco, la actitud controladora y machista de Eligio alimentan sus deseos de libertad y empoderamiento.

Así pues, quizás un poco harta de las constantes borracheras de su pareja, tal vez muy preocupada por la persona en la que ella misma se estaba convirtiendo bajo el peso del tedio, probablemente motivada por el deseo de enviar todo a la chingada y comenzar de nuevo en un lugar desconocido muy lejos de su vida actual, o simplemente porque aguantar todas estas emociones sin quebrarse está cabrón, la verdad, Susana decide un día tomar la oportunidad que se le ofrece y viajar a Arcadia, un pueblo perdido de Estados Unidos donde participará en un programa para escritores noveles de distintas regiones del mundo. Casi sin pensarlo, como si fuera lo más sensato y natural del mundo, prepara todo y llegado el día se va de casa sin avisarle a nadie de sus planes.

Emilio, un estereotípico macho mexicano de fuertes rasgos autóctonos, impulsivo, alcohólico y violento, desesperado ante la súbita desaparición de “su mujer”, pasa un mal rato tratando de encontrarla hasta que, al fin y sin que sepamos muy bien cómo (la película lo resuelve como una intercesión de san Google), un día da con ella y sale disparado en el primer avión hacia Estados Unidos, motivado por la sospecha de una posible traición amorosa, no sin antes extraer de su cuenta de banco todo el dinero que ha logrado ahorrar en su vida (o bien malbarata su coche, según la nueva versión).

Aquí el ritmo es también personaje, y nos lleva de la serena convicción de Susana al bólido incontrolable que es el temperamento sanguíneo de Emilio. Juntos tienen muy buen tempo, pero por separado están sujetos al devenir de sus emociones. En una ciudad desconocida para ambos, un territorio neutral ajeno a sus deseos y a ratos completamente incomprensible (o hasta hilarante) para ellos, Eligio y Susana están al fin en igualdad de condiciones. Se da entre ellos una especie de tregua, que sólo sirve para que las cosas vuelvan a su ritmo habitual y para despertar en ella un nuevo deseo por escapar del control de él y perseguir sus propios impulsos, a la caza de esa intuición poco clara, pero sumamente intensa, que la hizo salir de México al comienzo.

Atrapados en su propio aislamiento, obligados al movimiento por el viaje y las circunstancias, los personajes se van acercando intermitentemente a medida que la novela avanza, pero sin saber exactamente qué es lo que los mantiene unidos. ¿Es la natural pertenencia de uno al otro que se gana cuando se supera un cierto umbral emocional? ¿Es el hecho de que, verdaderamente y pese a todo, el amor es el mejor adhesivo del mundo? ¿Será que en este mundo de maldita y arruinada soledad sin uno mismo, para citar al poeta, sólo hay una oportunidad de encontrar a alguien con quien la existencia nos parezca menos vacía, y que una vez hallado este compañero debemos hacer todo lo posible por quedarnos junto a él?

Ciudades desiertas juega constantemente con los distintos resultados de estas preguntas, y nos enfrenta a las paradojas que suponen algunas de las más notables actitudes de estos dos enamorados: si Eligio realmente se interesa por Susana, ¿por qué vuelve a su rutina alcohólica y se distancia de ella una vez que la encuentra? Si Susana realmente quiere dejar todo atrás y empezar de nuevo, ¿por qué sigue viendo a Eligio como el complemento emocional de su vida? José Agustín no ofrece solución a estas preguntas, se limita a insinuarlas y a dejar que Eligio y Susana se pierdan en la búsqueda de las respuestas, lo que los llevará al borde de la locura en una espiral hacia el abismo del apego humano, donde todos somos víctimas y verdugos: el paraíso del sadomasoquismo emocional, el estira y afloja entre el amor romántico y la libertad de ser.

Ciudades desiertas, de José Agustín, Alfaguara, julio de 2013.

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