Charlie y la fábrica de chocolate (o el libro mágico que saboreas mientras lo tienes en la mano)

Es imposible guardar la dieta mientras se lee el que fuera el tercer libro de Roald Dahl: Charlie y la fábrica de chocolate. Difícil resistirse a un río de chocolate o a los caramelos eternos que uno puede chupar y chupar sin que desaparezcan jamás, inventados, claro, por el propietario de la fábrica Wonka.

Si también se está a dieta de magia y fantasía, es mejor prepararse para recibir una gran porción que consigue se le haga a uno agua la boca conforme la trama avanza. Desde el primer momento saboreamos las historias de un gran cuentacuentos: Joe —el abuelo de Charlie Bucket, nuestro protagonista—, cuya memoria parece una gran goma de mascar que se estira hasta cubrir por completo a quienes lo escuchan. Su relato del príncipe indio es una “delicia de chocolate” que se antoja consumir en un solo bocado, aunque es mejor comerla poco a poquito para terminar por descubrir las maravillas que el señor Wonka es capaz de crear.

Sin embargo, fue Roald Dahl quien mezcló con insuperable maestría los ingredientes: cinco niños afortunados, papás que harían cualquier cosa por sus hijos (desde dejarlos frente al televisor todo el día, hasta conseguirles el más ridículo capricho que pidan), un abuelo contador de historias, el mejor fabricante de chocolate y los obreros más misteriosos de la literatura (y los mejores cómplices para dar lecciones a los visitantes).

Tan pronto se entra a la fábrica se topa uno con la primera gran lección: no todo es miel sobre hojuelas si de entregarse a los excesos se trata (como masticar el mismo chicle ¡durante seis meses!). Lo curioso es que a veces parece que el único que tiene permitido sentir un excesivo amor por el chocolate y su fábrica es Willy Wonka. Y cómo no amar el lugar que vio nacer las chocolatinas invisibles para comer sin que el profesor lo note, o los caramelos de goma con pegamento ultrarresistente para quienes nunca cierran la boca (y vaya que todos conocemos a más de uno a quien le vendría bien probar un poco).

Por eso, entrar a la fábrica de chocolate implica deleitarse con increíbles secretos. Una probadita a este libro de Roald Dahl es encontrarse por vez primera con la receta que daría origen a la mágica bebida que años más tarde se convertiría en la preferida del Gran Gigante Bonachón, cuya peculiaridad está en sus traviesas y antigravitatorias burbujitas, mismas que elevaron la imaginación de Steven Spielberg en su adaptación cinematográfica.

Dahl comenzaría así un camino de posibilidades infinitas, en el que el olor a chocolate es la prueba de que un increíble lugar existe al otro lado de los portones. Y ahí está otra gran lección: no importa si tienes diez o noventa y nueve años de edad, es momento de tomar un Billete Dorado, visitar la maravillosa fábrica de chocolate y, ¿por qué no?, dejar a un lado la dieta.

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