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Caudales del terror
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Entre los muchos fenómenos desconcertantes del siglo XXI, hay uno que desafía particularmente nuestro entendimiento: el fundamentalismo islámico. El celo religioso de organizaciones como el Estado Islámico y Boko Haram, el conservadurismo extremo al que someten a las poblaciones bajo su control (especialmente a las mujeres), la crueldad con que sus soldados asesinan a miles de inocentes para sembrar el terror, y los discursos en los que la pureza de la práctica religiosa se erige como la aspiración suprema, parecen fuera de lugar en una época en la que predominan los conceptos de democracia, igualdad, laicidad, racionalismo científico y derechos humanos.

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, buena parte de la humanidad contempla con estupor los actos de los grupos fundamentalistas. Sin embargo, los grandes medios de comunicación y la estridencia incesante de las redes sociales sólo han contribuido a obnubilar nuestro juicio. La conversación pública está dominada por las visiones simplistas de los hechos (como la supuesta guerra entre Oriente y Occidente) y los prejuicios hacia los musulmanes. El desconcierto se convierte entonces en ofuscamiento: la oscuridad de la razón que confunde las ideas. 

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Durante más de una década, Lawrence Wright ha nadado contra esta corriente. El resultado más reciente de su trabajo se recoge en Los años del terror. De Al-Qaeda al Estado Islámico (Debate, 2017), un libro que, en medio de la bruma mediática, aporta claves para entender el ascenso del fundamentalismo y las maniobras de Estados Unidos para contenerlo.  

Wright es una voz autorizada. Periodista, narrador, dramaturgo y guionista, escribe para The New Yorker (una de las mejores revistas de periodismo del mundo) desde 1992, y a lo largo de su prolífica carrera ha cosechado premios como el Pulitzer y el Helen Bersntein a la Excelencia en Periodismo. Como autor, Wright cuestiona y exhibe al poder; va al fondo de los problemas que aborda, combinando el trabajo de campo tradicional del reportero con análisis históricos, filosóficos y estéticos; establece un diálogo respetuoso pero crítico con sus interlocutores, e intenta comprender antes que prejuzgar las realidades que le resultan desconocidas. 

Todas estas virtudes brillan en Los años del terror, volumen en el que Wright recopila los principales textos que ha publicado en The New Yorker sobre la problemática del terrorismo, y donde encara con notable lucidez dos tareas indispensables: desentrañar los motivos de las organizaciones fundamentalistas y discutir la guerra de Estados Unidos contra el terror. 

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El fundamentalismo islámico es bastante más complejo que las bandas de barbudos sanguinarios y enloquecidos que proyectan las películas de Hollywood. Es, de hecho, un complejo movimiento social que comprende varias décadas y naciones, algo parecido a una revolución mundial. 

En Medio Oriente como en el resto del llamado “Tercer Mundo”, el siglo XX fue un siglo de revoluciones. Miles de rebeldes se alzaron contra los gobiernos que los oprimían y contra las potencias extranjeras que invadían sus países. En todo el orbe se componían enrevesadas teorías filosóficas que desnudaban las tropelías del statu quo y llamaban a los oprimidos a sublevarse. Del vientre de ese impetuoso vendaval subversivo nacieron el fundamentalismo y el terrorismo islámicos. 

Este es el primer umbral que Lawrence Wright atraviesa para saber quiénes atacaron a su país en 2001 y por qué. Si bien su objetivo es descifrar a Al-Qaeda, su reconstrucción histórica del Egipto de la segunda mitad del siglo XX (vertida en “El hombre detrás de Bin Laden”, un perfil de Ayman al-Zawahiri, líder actual de Al-Qaeda), su estudio de los atentados de Madrid de 2004 (“La red del terror”) y su análisis de los teóricos de la yihad(“El plan maestro” y “La rebelión interna”) dibujan un panorama general del fundamentalismo islámico y de su versión más extrema, el terrorismo yihadista. 

Osama Bin Laden y Ayman al-Zawahiri. Imagen de Reuters

El fundamentalismo, que no es otra cosa que el proyecto de organizar a la sociedad según los preceptos del islam, era una de las alternativas políticas en el Medio Oriente de mediados del siglo XX. Sus paralelismos con los movimientos revolucionarios occidentales eran asombrosos, nos cuenta Wright: al igual que los comunistas, los fundamentalistas estaban liderados por intelectuales y jóvenes universitarios de clase media; su meta inmediata era derrocar a los regímenes locales, pero a largo plazo querían desencadenar una revolución mundial, y su legitimidad provenía de los libros y las teorías de los eruditos más granados.

Pero, más que sus similitudes, lo que asombra son sus diferencias. Si los comunistas querían transformar al mundo basados en las teorías de Karl Marx, uno de los grandes pensadores occidentales, los fundamentalistas odiaban todo lo que proviniera de Occidente. En Egipto y otras naciones árabes, el autoritarismo de las castas gobernantes rayaba en la tiranía, y la herida de las invasiones extranjeras seguía abierta (la ocupación inglesa del Canal de Suez o la invasión soviética de Afganistán, por ejemplo). Para los jóvenes rebeldes como Ayman al-Zawahiri y Osama Bin Laden, Occidente había violado no sólo sus territorios, sino también su cultura. No podían tolerar la represión del gobierno, pero más intolerables aún les resultaban los regímenes que se inspiraban en modelos occidentales (como el de Gamal Abdel Nasser en Egipto, que emulaba el socialismo) o que de plano se aliaban con el invasor. 

Ante esta situación, los fundamentalistas dieron un paso adelante en su ira, condensada, para Wright, en las ideas de Fadl y Sayyid Qutb, teóricos de la yihad e inspiración directa de Al-Qaeda. Los musulmanes “verdaderos”, sostenían estos hombres, debían librar una batalla para salvar a la humanidad, que estaba al borde del abismo. No la salvarían la democracia liberal ni el comunismo, sino el islam. El camino hacia la redención requería “purificar” al islam devolviéndolo a sus orígenes impolutos. En los hechos, esto significaba exterminar a los “falsos musulmanes” que los gobernaban y a todos aquellos que no practicaran la religión correctamente (los chiíes en primera fila), así como expurgar su cultura de cualquier influencia ajena, especialmente la occidental. Una vez limpio, el islam debía ser instaurado en todo el mundo. O, lo que es lo mismo, debía ser creado un califato global. Como el mundo estaba gobernado por Occidente, cuya cabeza era Estados Unidos, los musulmanes debían pelear una “guerra santa” (la yihad) contra los infieles, el último escollo antes del advenimiento del reino de Alá en la Tierra. 

Estas ideas dieron forma a Al-Qaeda y, a grandes rasgos, eran las que profesaban los secuestradores de los aviones que se impactaron en las Torres Gemelas. Son resentimiento y deseos de venganza, pero también —y quizá lo más peligroso— son fanatismo religioso. Como escribió Amos Oz en Contra el fanatismo:

“El fanático es un gran altruista […]. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error […]. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe […]. Bin Laden nos ama esencialmente. El 11 de septiembre fue un acto de amor. Lo hizo por nuestro bien, quiere cambiarnos, quiere redimirnos”.

El mensaje del fundamentalismo yihadista se diseminó en células clandestinas y mezquitas, y desde finales del siglo XX, también en páginas de internet. Al llamado del extremismo han acudido miles de jóvenes musulmanes de todo el planeta. Pelearon en Afganistán contra la Unión Soviética y en Irak contra Estados Unidos; desencadenaron revueltas en Chechenia y Argelia, y arrasaron la tierra en Nigeria. En medio de la vorágine, Al-Qaeda tuvo un hijo que con los años lo superó en poderío y fanatismo: el Estado Islámico. Como documenta Wright, el Estado Islámico pasó de los meros actos terroristas a conquistar territorios e instaurar gobiernos. Cuando logró establecerse en Irak y Siria, no fue para convertirse en un estado de corte occidental, sino para inaugurar el califato global y acelerar el Apocalipsis. Mahoma dijo que en el final de los tiempos, los creyentes debían reunirse en Irak y Siria para aguardar el día del Juicio. Habrían de librar una última batalla contra los judíos y el combate tendría lugar en el pueblo sirio de Dabiq. Por eso los fundamentalistas están en esos países. El Estado Islámico cree cumplir las profecías a base de genocidios, atentados, decapitaciones y quema de prisioneros vivos. Es el imperio del terror.

El terrorismo es repudiado por la mayoría de los musulmanes, pero también ha sido y sigue siendo la alternativa para una legión de hombres. ¿Qué los ha llevado a abrazar un proyecto que enaltece la destrucción y la muerte? De los magníficos reportajes titulados “El reino del silencio” y “Plasmado en película” brota la imagen de unas sociedades árabes asoladas por la pobreza, el desempleo, la corrupción, la tiranía, la discriminación de género, la falta de libertad, las guerras y el sentimiento de humillación ante los occidentales y los judíos. Ninguno de estos factores es la razón última del terrorismo, pero “cada uno de ellos es un afluente de un poderoso río que inunda Oriente Próximo, un río al que podemos llamar Desesperación”, escribe Wright. 

Es comprensible que un hombre prefiera morir como soldado de la yihad, bajo la promesa de un paraíso de felicidad reservado a los “mártires”, que ahogarse sin sentido en los afluentes de Desesperación, ese río que no ha hecho sino crecer con cada invasión y cada intento de “llevar la democracia” a Medio Oriente, que se ha ensanchado con cada ola de xenofobia europea que margina a los inmigrantes musulmanes y los inflama de odio y resentimiento.

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En la orilla opuesta del río, Estados Unidos es como un ciego que avanza a tientas y se tropieza con su propio bastón. 

Lawrence Wright alcanza su mejor faceta cuando examina las acciones emprendidas por el gobierno estadounidense para combatir al terrorismo islámico. Probablemente su crítica más aguda, así como su principal aportación al entendimiento de la guerra contra el terrorismo, sean sus investigaciones sobre el 11/S. La respuesta que Wright dio a la pregunta de cómo una minúscula célula de terroristas pudo atacar a la única superpotencia global en su propio territorio le valió el Pulitzer en 2007. Esa respuesta se desarrolla prolijamente en La torre elevada (Debate, 2009), pero Wright retoma sus rasgos esenciales en Los años del terror

De acuerdo con el relato de Wright, compendiado en el reportaje “El agente”, el FBI y la CIA le seguían los pasos a Al-Qaeda desde los años 90. Washington sabía que esa organización, entonces desconocida, quería aniquilar a Estados Unidos. Los hombres de Bin Laden habían ayudado ya a un grupo de islamistas a organizar un atentado —frustrado— contra las Torres Gemelas en 1993; habían hecho volar las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania en 1998, y habían atacado al destructor USS Cole en Yemen en el 2000. Si, pese a estos fatídicos antecedentes, los terroristas lograron entrar en Estados Unidos fue en buena medida gracias a la CIA.

Y no es que haya habido una conspiración detrás. Un año y medio antes de los sucesos de 2001, la CIA supo que una célula de Al-Qaeda estaba en Estados Unidos. Se negó a compartirle esa información al FBI (la instancia facultada para realizar detenciones) por razones en extremo mezquinas: sus directores detestaban al jefe de antiterrorismo del FBI, John O’Neill; la agencia no quería que otros órganos de inteligencia se entrometieran en su trabajo, y, al parecer, tenía la vana esperanza de reclutar (a punta de tortura) a militantes de Al-Qaeda para infiltrarlos como espías y conocer mejor los planes de la organización. Una apuesta temeraria. Cuando la CIA se dio cuenta de que esto era un despropósito y avisó al FBI de la presencia de los terroristas, ya era demasiado tarde. Tres semanas después, las Torres Gemelas se desplomaban e iniciaba una pesadilla bélica sin fin.

El paso del tiempo mostraría que el 11/S fue sólo un síntoma de un problema mayor. En “El jefe de los espías” y “Cinco rehenes”, Wright desmonta el mito del país benévolo y todopoderoso. Al momento de los atentados, Estados Unidos estaba minado por un burocratismo kafkiano. Había dieciséis diferentes órganos de inteligencia desperdigados por todo el gobierno federal; ninguno cooperaba ni se coordinaba apropiadamente con sus pares; ninguno veía más allá de sus propios intereses y, lo que es peor, la ley misma los alentaba a rivalizar entre sí. Lejos de la hipertecnologizada CIA que se imagina Hollywood, los agentes de inteligencia eran tecnofóbicos y buena parte de la tecnología que utilizaban era obsoleta. Al-Qaeda no enfrentó a Julio César; enfrentó a una potencia desfasada, torpe e ineficiente.

Ataque del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, Estados Unidos. Imagen de EFE.

Wright ilustra los efectos de estos vicios en su recuento de los casos de Jim Foley, Theo Padnos, Steven Sotloff, Peter Kassig y Kayla Mueller, cinco civiles secuestrados por el Estado Islámico y Al-Qaeda en Siria. Desesperadas, las familias de estos jóvenes pidieron auxilio, pero el único que se los brindó fue el magnate de los medios David Bradley, quien utilizó su influencia y contactos en todo el mundo para intentar rescatar a los rehenes. Sólo Padnos fue liberado; Foley, Sotloff y Kassig terminaron decapitados, Mueller muerta —y posiblemente violada por Abu Bakr al-Baghdadi, el “califa” del Estado Islámico—. Bradley y las familias acudieron en numerosas ocasiones al gobierno de Estados Unidos, pero este, más preocupado por sus dilemas geopolíticos, sus protocolos burocráticos y las riñas entre los órganos de inteligencia, no sólo no ayudó a sus ciudadanos, sino que los obstruyó deliberadamente por interponerse en su camino.

Lo más siniestro, sin embargo, se fraguaba tras bambalinas. Mediante una notable confrontación con Michael McConnell, entonces director de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, Wright exhibe la forma en que el gobierno estadounidense construyó y justificó un aparato de espionaje masivo contra sus propios ciudadanos y una maquinaria para torturar extranjeros. Cuestionado por Wright, McConnell admite que Washington criminalizaba y sometía a vigilancia a cualquiera que considerara sospechoso (el mismo Wright fue “fichado” por estudiar a Al-Qaeda), y desvela las argucias de las que se valió la CIA para ocultar que torturaba brutalmente a presuntos terroristas. Para los agentes de inteligencia, el fin justificaba los medios, incluso si eso implicaba atropellar la ley o la dignidad humana. Vergonzosamente, la información obtenida no era del todo fiable. Las confesiones bajo tortura, denuncia Wright, sustentaron mentiras bochornosas, como el supuesto arsenal de armas nucleares en poder de Saddam Hussein.

Lawrence Wright, imagen de megustaleer.mx

La última revelación de Los años del terror sobre los abusos de Estados Unidos es, paradójicamente, involuntaria, y sospecho que el autor ni siquiera está consciente de ella. Wright y los funcionarios a los que entrevista debaten con pasión acerca de los derechos de los ciudadanos estadounidenses. Les preocupa que haya un balance entre satisfacer las necesidades de seguridad y respetar los derechos fundamentales de la ciudadanía. Pero cuando se trata de países y ciudadanos extranjeros, esa preocupación se desvanece. Wright y sus entrevistados hablan como si Estados Unidos tuviera derecho a meterse en territorios ajenos, hacer prisioneros en ellos e intervenir comunicaciones. No se detienen a discutirlo porque lo dan por hecho.

Esa soberbia, tan arraigada en la psique estadounidense, es otra de las causas de la animadversión de los musulmanes hacia Estados Unidos.

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Dieciocho años después del 11/S, el terrorismo islámico es más poderoso que nunca. Las guerras de Estados Unidos en Afganistán e Irak fracasaron, y, pese a los millones de dólares que Washington bombea para armar a sus aliados, las milicias terroristas siguen proliferando. 

El final del camino parece lejano. “Cautivos”, una de las últimas piezas de Los años del terror, retrata la dramática situación en la franja de Gaza, donde los palestinos se hunden en la miseria y mueren acorralados por un grupo de terroristas fanáticos (Hamás) y una potencia extranjera opresiva (Israel). Este desgarrador reportaje de Wright sobre el conflicto emblemático de Medio Oriente es casi una alegoría de la batalla entre fundamentalistas islámicos y potencias occidentales: de un lado, grupos fundamentalistas que conquistan y tiranizan por medio del terror; del otro, invasores extranjeros que siembran la destrucción. En medio, millones de musulmanes que mueren desesperanzados o huyen a Occidente en busca de paz.

Wright tiene quizá la propuesta más sensata: combatir la violencia con oportunidades integrando a todos los inmigrantes musulmanes que piden asilo; seguir la tradición histórica de Estados Unidos, país que, con todo y sus defectos, ha integrado a tantas culturas a lo largo del tiempo. Sin embargo, con un racista instalado en la Casa Blanca, y la bandera de la xenofobia ondeando en Europa, las esperanzas se han diluido.

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