Cartas desde Australia y Nueva York

auster-coetzee
Aquí y ahora / Mondadori, 2012

Hace poco leí Aquí y ahora (Random House Mondadori, 2012), la recopilación de cartas que Paul Auster y J. M. Coetzee intercambiaron desde mediados del 2008 hasta agosto del 2011. El libro en realidad es una conversación amena donde ambos autores se asoman a temas como la amistad, la economía mundial, los deportes o apreciaciones acerca de su oficio. Las digresiones con las que se conducen las réplicas me hicieron pensar en largas respuestas escritas en ventanas de chat o correos electrónicos donde dos o tres faltas de ortografía aparecen de vez en cuando por la premura de responder, en notas escritas al vuelo donde lo más importante es ahondar más y más en los temas propuestos. Lo interesante aquí es que ambos autores sólo utilizan el fax para escribirse y, a medida que se avanza en el libro, delatan un carácter de gentlemans negados a la tecnología, pero despojados de cualquier tono de afectación o soberbia. Estas cartas son una charla rebosante de prosa, las páginas cultas y ligeras de un par de narradores que saben entretener con el oficio de escribir.

Aquí y ahora está hecho de las omisiones naturales en la conversación, los temas que se tocan sólo de refilón y a los que nunca se vuelve, pero también está lleno de anécdotas. Esto marca las diferencias de estilo entre Auster y Coetzee. Por un lado, el autor de la Trilogía de Nueva York a veces describe su carácter con anécdotas donde el azar cimbra de significado a cada uno de las personas que involucra o bien utiliza anécdotas para rememorar estados emocionales y épocas completas de su vida, como la infancia. En cambio, Coetzee posee un estilo que se rige por la modestia y la autocrítica: la mayoría de las veces el autor de Desgracia cuenta anécdotas donde él aparece como la encarnación de la ambición o la envidia; de vez en cuando habla de su temprana afición al ajedrez, su gusto por el críquet, su insomnio o descontento con el mundo. No es autocompasivo, sino que demuestra la pasión con la que se maneja, una pasión que no lo hace ver como un héroe y que nos permite sentirlo tan real como cualquiera de nuestros vecinos.

Sólo tuve que leer diez páginas de Aquí y ahora para saber que me encontraba frente a dos amigos que se tratan con un cariño fraternal. Hay algo en este intercambio de cartas que rebasa la admiración mutua: un vínculo tan cercano que hace ver a Auster y Coetzee como dos hombres despojados de sus prejuicios acerca del otro, dos hombres que se escuchan como quien escucha los consejos del mejor jugador de fútbol del vecindario cuando tienes 10 o 12 años.

Josué Sánchez

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