Buscar la inmensidad en lo minúsculo

«Vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor.»

Borges, El Aleph

Para que un descubrimiento científico tenga repercusiones en la sociedad primero hay que “traducirlo” a la lengua común. Pero lograr que la información especializada llegue a la gente de manera clara y sencilla no siempre es tarea fácil, incluso ante el bombardeo mediático que vivimos hoy. Entre el pajar de los datos pasajeros e insustanciales que vivimos a diario, encontrar una aguja que pinche nuestra visión del mundo y nos mueva a cuestionarla requiere tanto de la suerte como de una búsqueda activa y persistente.

Por ello es no sólo grato sino admirable que haya gente que dedique su vida a perseguir las respuestas a las preguntas más escurridizas y problemáticas del mundo, y aún tenga tiempo para, con el mismo ímpetu, comunicar efectivamente a los demás los resultados de esas mismas búsquedas. Para suerte del lector, tal es el caso de este libro en el que, con gran pasión y entendimiento, Sean Carroll nos induce paciente y cautelosamente al corazón de la ciencia, la irremediable curiosidad de la raza humana, a través de uno de los problemas más grandes que ésta se haya planteado: aquel que pregunta por el origen del universo.

La partícula al final del universo nos hace espectadores de los fenómenos más pequeños que se pueden medir actualmente, pero que son la pista para descubrir algunos de los misterios más grandes que enfrenta la ciencia. Asimismo, y este es un detalle valioso por su riqueza, se nos muestra la perspectiva humana que se esconde tras los innumerables ajetreos de la máquina más compleja que la ciencia se haya propuesto construir hasta hoy.

Los escalofríos al pulsar el encendido por primera vez con la incertidumbre de saber si funcionará, la frustración y la impotencia al ver cancelado un proyecto ante la negativa del gobierno a continuar el financiamiento, el honor de haber supervisado la construcción de principio a fin, la gratitud indescriptible de presenciar el descubrimiento de una partícula nombrada en homenaje a uno mismo, son todas sensaciones y experiencias que refrescan el texto para recordarnos que no se trata sólo de comprender el universo, sino también nuestro lugar en él.

Carroll tampoco se limita a exponer los fundamentos y las primeras pesquisas de la física de partículas que revelaron la existencia de las antipartículas, las gemelas malvadas de los electrones, los protones y los neutrones, en los albores del siglo XX; no se detiene hasta esbozar lo que el descubrimiento del mítico bosón de Higgs confirma sobre las supercuerdas, la materia oscura, la expansión del universo y las condiciones en las que tuvo lugar la Gran Explosión.

Pero quizá lo más valioso sea que por muy ocupado que esté devanando anécdota sobre anécdota y ejemplo sobre ejemplo, Carroll también se da tiempo para recordarnos que ante la pregunta por la “utilidad” de un experimento como este debemos anteponer un asombro sincero y, por lo tanto, insubstancial: en el fondo se hace ciencia porque la sensación de comprender algo nuevo por primera vez es alucinante. Así que, al final, La partícula al final del universo no sólo nos ofrece una completa biografía de una partícula invisible, sino también un claro argumento de por qué necesitamos alimentar nuestra curiosidad.

Reseña de La partícula al final del universo, de Sean Carroll, Debate, 2013.

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