Borges recuperado

Todos recuerdan a Borges como el sabio que siempre tenía algo nuevo que decir sobre lo que fuera. Esa imagen que él cultivó durante los últimos años de su vida, los de la ceguera, se corresponde con el aura enigmática de sus cuentos y la elegancia casi matemática de sus poemas y ensayos, fueran escritos o pronunciados frente a audiencias de todo el mundo. Sus libros más importantes, El Aleph, Ficciones, Otras inquisiciones, El hacedor, son también libros de pocas páginas donde ninguna palabra está de sobra.

Pero antes de todo eso existió un Jorge Luis Borges aprendiz de escritor y un montón de ensayos, reseñas, traducciones, prólogos, entrevistas y fragmentos en los que el argentino fue perfeccionando su estilo y sus temas. En sus Textos recobrados constatamos la humanidad de Borges en tanto escritor, pues ni siquiera él nació con el estilo casi divino que nos dejó como legado.

Son tres volúmenes que se extienden desde 1919, cuando Borges tenía veinte años y escribía en Ginebra una reseña sobre tres libros españoles en francés, hasta el último poema que publicó en abril de 1986, unos meses antes de su muerte. En ellos se reúnen escritos que los editores rastrearon por los numerosos periódicos y revistas en los que colaboró Borges y que aparecen ordenados, primero de forma cronológica y en dos bloques: textos y misceláneos –que incluyen encuestas, declaraciones, ponencias y otros discursos públicos.

El primer volumen va de 1919 a 1929 y es el más grueso del trío. Es el que depara las mejores inmersiones al joven Jorge Luis Borges y su primera década como escritor. Ultraísta y fervoroso, este primer escritor es ya un lector entrenado y experto que publica tanto en España (en Ultra y Revista de Occidente), como en Argentina (en Proa); un traductor especializado en literatura inglesa, un poeta que ensaya con las vanguardias. También es un escritor que a veces abusa del tono erudito y las palabras altisonantes, como casi todos los escritores jóvenes. Es también un grafómano generoso que escribe sobre cine, política o hasta encargos para sus diferentes trabajos, como por ejemplo, redactor en una compañía ingeniera.

En el segundo volumen (1931-1955) encontramos a un escritor que ya ha encontrado su voz y que está escribiendo sus primeras obras maestras; empezamos a leer al Borges de siempre, el Borges cuya vida es la literatura. En esta época la cacería se extiende por periódicos y revistas como Sur, Hogar, Bitácora o hasta la Revista Mexicana de Literatura.

El tercer tomo (1956-1986) pertenece al Borges de los últimos años, la leyenda viviente que recibía todo tipo de premios y al que se le pedía una visión del mundo como si fuera un oráculo: al tiempo que escribe sus ensayos breves sobre literatura, también se pronuncia sobre las polémicas de su época y sus textos circulan también como ponencias en universidades. Este volumen es quizá el más familiar para los lectores borgesianos.

Hay de todo en estos baúles: leyes sobre la narración policiaca, una reseña de King Kong, entrevistas fugaces donde le preguntan sobre la moda de usar sombreros o si cree en Dios, su toma de posesión como director de la Biblioteca Nacional de Argentina, homenajes a sus maestros  -Xul Solar, Alfonso Reyes, Cansinos-Assens-, relecturas de sus propios cuentos; ensayos breves, que bien podrían estar entre sus inquisiciones, sobre la amistad, sobre la cuarta dimensión, sobre sus orígenes judíos, sobre la censura, la música y la política; boletines y manifiestos políticos contra la dictadura o a favor del ultraísmo; traducciones de poemas como “Lepanto” de G.K. Chesterton; piezas breves sobre sus predilectos Montaigne, Walt Whitman o Quevedo; diálogos anglosajones, un análisis del último capítulo de El Quijote y un montón de otros estornudos y fragmentos de literatura concentrada.

Si bien en sus Textos recobrados están los temas clásicos de su obra, los laberintos y los libros, o hasta borradores de sus cuentos definitivos, también está la huella de que Borges fue un polígrafo y un incondicional de la escritura tanto como de la lectura, que gustaba de leer y hablar sobre casi cualquier tema. Este es el Borges cotidiano que se podía encontrar, como si nada, como colaborador frecuente en revistas o en algún rincón del periódico. Son textos periféricos pero no residuales, pues al adentrarse en ellos complementamos la imagen de ese Borges sabio con la de un Jorge Luis Borges que aprende, que reacciona al mundo y que disfruta escribiendo sobre todas las cosas de su mundo.

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