Bocaflojas, onanistas, potenciales premios Nobel y sueños

Durante varias semanas del inimaginable año de 1969, dos novelas compartieron el primer lugar en la lista de best sellers de Estados Unidos: La máquina del amor de Jacqueline Susan y El mal de Portnoy de Philip Roth. La primera, una novela que, según su autora, iba con especial dedicatoria a las lectoras comunes, para que “vean las fiestas a las que nunca serán invitadas, los vestidos que nunca usarán, las vidas que nunca tendrán, los hombres con los que nunca cogerán”; la segunda, como se establece desde sus primeras páginas, el relato de “un desorden mental en el que fuertes impulsos éticos y altruistas están en constante conflicto con deseos sexuales, generalmente de naturaleza perversa” y además, como establece la fama que la precede, una novela de gran intensidad onanista. O dicho sea en buen francés: su protagonista es un chaquetero irredento.

Michael Korda, el editor de la Susan, declaró para la prensa: “Tienes estos dos libros que salieron al mismo tiempo, y aparte de sus méritos, uno es sobre la masturbación y el otro sobre un amor heterosexual afortunado. Si hay alguna justicia en el mundo, The Love Machine debería sacar a Portnoy de la cima por el mero hecho de que es un paso en la dirección correcta”. Esa declaración habría de pesarle a Korda cuando, andando el tiempo y tras una sola novela, se despidió de la Susan y le tocó en suerte ser el editor de Roth, quien en 1969 empezó a disfrutar de la fama, continuó con una carrera que ya era prolífica y se ha convertido en más de medio siglo de literatura, numerosos premios, incluyendo el Príncipe de Asturias, y una candidatura indiscutible al Nobel. Que, por cierto, no ganó tampoco este año, ¿se dieron cuenta?

Luego de publicar un par de novelas más, también best sellers, Jacqueline Susan murió en 1974, a la edad de 56 años, pero antes tuvo sus momentos de gloria… digamos que literaria. Uno, cuando opinó, refiriéndose al autor de Portnoy: “No me importaría leer su libro, pero no quisiera estrechar su mano”. Otro, cuando intercambió insultos en un talk show televisivo con Truman Capote (por cierto, otro Nobel potencial que ya no fue) y éste le espetó que era tan burda como un camionero; furiosa, Jackie amenazó con demandar a Capote, quien, en respuesta, pidió disculpas a los camioneros.

La vida también llevó a Korda a ser el editor de Graham Greene, otro Nobel potencial que nunca fue. Dice la leyenda que esto se debió a que uno de los miembros de la Academia Sueca detestaba a Greene y cada año votaba contra él, imposibilitando así la unanimidad necesaria para otorgar el premio. La obvia solución para el escritor era que el académico muriera: sólo así. Pero no; todo quedó en un sueño de Nobel, como los que por estas fechas nos dan tema de conversación. O de fantasías onanistas.

Ramón Córdoba

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