Aventura en los molinos

Y si no me quejo del dolor, es porque no es

dado a los caballeros andantes quejarse

de herida alguna, aunque se le

salgan las tripas por ellas.

Hay libros que se basan en la vida real, y hay libros que se basan en otros libros. El pensamiento, y en particular la escritura, puede ser un laberinto cuyo origen y término son inciertos. Estos libros son como puertas que llevan a otras puertas y de manera repetitiva encuentran una creación en el acomodo de las cosas. Ésta es la estética literaria de Miguel de Cervantes Saavedra.

El bien conocido Don Quijote de la Mancha es un personaje que ha perdido la cordura, y cuya realidad es un poco paralela a la del resto. Sus referentes inmediatos son sus lecturas. Para él, la solución está en los libros. Si está escrito, es real. Si es real, puede que no sea real. Si es real, debe estar relacionado con lo escrito. Así es como funcionan los silogismos de Don Quijote.

Por ello es trascendente el capítulo de las “Aventuras en los molinos”. Junto a su fiel y cuerdo escudero Sancho Panza, en un épico recorrido rumbo a Puerto Lápice, Don Quijote pretende enfrentar, según él, a unos 30 o 40 gigantes enviados por el sabio Frestón, quien previamente le había robado sus libros y aposentos. Sin embargo, la poca malicia de Sancho no permite hacerle saber la verdad sobre la ingenuidad de esos supuestos al revelarle que en realidad se trata de unos molinos fijos e inamovibles cuya batalla contra ellos no sólo está perdida, sino que es inútil.

Don Quijote, por el contrario, asume su papel de héroe y ante cualquier situación de inferioridad se engrandece y trae a escena las historias y los códigos de los caballeros que lo antecedieron. Fiel a estos principios, busca combatir a los molinos. Cobijado por sus valores, tomando siempre como bandera su amor por la bella Dulcinea del Toboso y montado en su Rocinante, animal que da sentido a su “caballerosidad”, afronta con una lanza a esas estructuras que se defienden con un viento intempestivo.

El resultado es evidente: no sólo una lanza rota, sino la duda sobre esas convicciones que lo respaldaban. Sin poder dormir después de ese fracaso, una noche reflexiona sobre su deber como caballero y recupera mentalmente un pasaje sobre un señor de nombre Diego Pérez Vargas, quien al haber perdido su arma desgajó un pedazo de tronco con el que machacó a una cantidad incalculable de moros, por lo que recibió el seudónimo de “Vargas y Machuca”.

Bajo esta epifanía, se da cuenta que no es el primero que ha perdido una batalla, ni en haber roto su arma, por lo que busca sumarse a aquellos que se levantan. Ante este nuevo reto, que más que una amenaza auténtica es un conflicto interno, vuelve a crear a un enemigo: dos frailes de la orden de San Benito y sus dos escuderos, que se dirigen a Sevilla y que coinciden su camino con una señora vizcaína.

El Quijote vuelve a distorsionar la realidad y los acusa de querer robarse a una princesa. Golpea a un fraile y ahuyenta a otro, mientras Sancho Panza lo secunda al robarle la ropa al caído como muestra de derrota. Un escudero con espada emprende una lucha contra el Quijote y comienzan un combate cuya conclusión no permite dejar leer Cervantes, tal vez porque no es importante, quizá porque la victoria no es el mensaje o posiblemente porque las hazañas de Don Quijote no eran tan justas al cuestionar la realidad.

Se dice que Don Quijote de la Mancha y la Biblia son los libros más leídos sin ser leídos. Y de esta manera, parece ser que Miguel de Cervantes es víctima de este laberinto y creador de una puerta original, única y referencial del quehacer de la lengua española que tiene múltiples ventanas.

Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra. Ed. Alfaguara-RAE.

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