Arrepentimiento

Bíblicamente, el arrepentimiento es el requisito para merecer el perdón. Lo cual puede alimentar la sospecha de una posible hipocresía. No me arrepiento de mi informada ignorancia, de mis desatenciones, de mi complicidad con aquello que era intolerable o, mejor dicho, me arrepiento de todo lo anterior, en bloque, porque todo lo anterior ha dejado de ser ventajoso para mi carrera, estatus o prestigio. El remordimiento como un rito; captatio benevolentiæ decían los latinos. Del otro lado está la obcecación, la incapacidad de aprender en el camino, la indisponibilidad a reconocer los daños derivados de las propias certezas. Defender mi coherencia para evitar el fatídico: me equivoqué.

Absolutizar la virtud supone la angustiosa imposibilidad de denunciar (incluso de reconocer) sus frutos venenosos. La metafísica del bien termina por tender a su alrededor una nube de insinceridad; una ritualidad que oculta aquello que no estaba previsto en los planes maestros de la virtud. El maestro y Margarita es la obra madura de Mijaíl Bulgákov, un novelista que tenía 26 años cuando estalló la Revolución rusa y que tuvo que recorrer después, hasta su muerte, cada estación entre la exaltación y la pesadumbre. Al ser o no ser de Hamlet hay que añadir el creer o no creer, sabiendo que creer demasiado equivale a desbarrancarse en la fe que prescinde del mundo y de los dolores requeridos para su triunfo. Pero, ¿cuál es la frontera? ¿Cómo se le reconoce?

Probablemente arrepentimiento no es la palabra justa para indicar la toma de distancia de la verdad que antes parecía palmaria. Eso es lo que le ocurre a otro gran escritor ruso del siglo xx: Vasili Grossman. En Todo fluye la idea es sencilla: la culpa del régimen soviético no es la de haber dado vida a una novedad devenida intolerable, sino la de haber continuado una antigua tradición rusa, la modernización con ausencia de libertad. Una tradición que va de Pedro el Grande a Stalin pasando por Catalina II. Tomar las distancias significa reconocer en lo cotidiano los rasgos de una representación teatral que sustituye la realidad con una mentira confortante. Es el rechazo de las fanfarrias que encubren los lamentos de las víctimas del “progreso”.

Sin embargo, arrepentirse es también una forma de asumir el fin del propio ciclo vital, desde las ilusiones juveniles al desencanto de la madurez. En cierto sentido, un sacrificio de sí mismo en el altar de una moralidad laica que exige el alejamiento de hipocresías convertidas en virtuosas prisiones mentales. El comunismo fue la mayor utopía de la Edad Moderna y salir de él no fue sencillo ni indoloro. Supuso una abjura de sí mismos y de lo mejor de las propias ilusiones enfrentadas a sus angustiosas realizaciones. Fue una renuncia a ese socialismo (soviético) que Boris Pasternak describía en El doctor Zhivago como “un mar en que deben confluir como riachuelos todas las revoluciones individuales, el mar de la vida, el mar de la autenticidad de cada uno”. Aquello que se le presentó después como un “incauto entusiasmo” hacia “pretensiones cada vez menos vitales y cada vez más incomprensibles y abstractas”.

Emanciparse de un sueño convertido en pesadilla implicó un desgarramiento interior asociado a un sentido de derrota personal. Algunos de los mayores personajes del siglo xx recorrieron este camino. Además de los tres rusos mencionados, Italo Calvino, George Orwell, Albert Camus, Ignazio Silone, Leszek Kolakowski, Mario Vargas Llosa, Carlos Franqui y muchos otros. Frente a ellos están aquellos (y los nombres sobran) que, a pesar de saber, sintieron que callar era su deber, ser fieles a ideales cristalizados y ser cómplices de una maquinaria totalitaria cargada de las mejores intenciones. Como la Santa Inquisición.

Hasta aquí el comunismo y sus coerciones y chantajes interiores. Pero algo similar —cambiando tiempo, espacio y dimensiones de la tragedia— podría decirse de nuestro nacionalismo revolucionario. De las glorias y las miserias de un régimen que en nombre de una revolución perdida en las nieblas del tiempo justifica la corrupción, la distancia insultante entre ricos y pobres, el 2 de octubre de 1968 y los 43 muchachos que hace un año fueron engullidos entre complicidad e indiferencia institucionales. ¿Se vislumbra algún arrepentimiento en el horizonte?

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