Armadas y peligrosas: escritoras mexicanas en primer plano

Hubo una vez una monja llamada sor Juana Inés de la Cruz, que escribió memorables versos y otras notables vainas en una época en que las mujeres no lo hacían. O sí, pero quizá lo ocultaban. Su fama es tal que hasta sale en los billetes mexicanos de 200 pesos (antes salió en los de a 1000) y hay avenidas que llevan su nombre. Incluso parece ser que hasta hay quienes la lean. Murió en 1695, y ahí comenzó una larga noche oscura del alma para las letras nacionales, que decayeron ostensiblemente y no empezaron a levantar cabeza sino ya muy entrado el siglo XIX. Esto, en términos generales; en lo particular, para la literatura escrita por mujeres todo siguió en tinieblas casi absolutas hasta que, por ahí de 1958, empezó a publicar Elena Garro. Luego vendrían Rosario Castellanos, Inés Arredondo, Amparo Dávila… y a estas alturas, muchas más, hasta conformar una verdadera legión.

¿Por qué escribí un par de líneas atrás “literatura escrita por mujeres”? Porque, probablemente, es importante decirlo para establecer, de una vez por todas, el territorio a donde estoy convocando a los hipotéticos lectores que han llegado hasta aquí (o, para ser políticamente correcto: l@s hipotétic@s lector@s que han llegado hasta aquí): las escritoras mexicanas son cada vez más y sus libros van encontrando mayor cantidad de lectores, además de su lugar preciso en el canon literario.

Así pues, primer punto: la literatura es o no es, al margen de cualquier credo, raza, género, posición social, preferencia sexual, etcétera; mi definición del campo no es ideológica, sino operativa. Segundo punto: si apenas hace sesenta años (por cierto, casi mi edad) las mujeres empezaron a hacer presencia en las letras nacionales, esa no es mera contingencia: así les fue en casi cualquier área de la historia, y eso es solamente un hecho, no un factor determinante; son casi unas recién llegadas, pues, pero ello no implica absolutamente nada sobre la calidad de su obra. Y tres: justo aquí debería empezar a citar nombres, obras, tendencias… y no: en vez de eso simplemente te invito a que leas a quienes recién van publicando, a sabiendas de que la fortuna te sonríe, pues nunca antes en la historia las mujeres habían escrito tanto, así es que hay para elegir. Desde el feminismo recalcitrante hasta la más dura novela negra; desde la más obvia cursilería hasta la más experimental narrativa; desde la novela histórica hasta la distopía; desde la crónica de espeluznantes desastres hasta la épica de mundos imaginarios; desde el terror visceral hasta las promesas románticas, absolutamente toda variante novelística cuenta con varias exponentes.

(Pero no: ¿a poco te lo creíste? Te invito a leer cualquier de estas tres obras porque sé que vas a disfrutarlas: 1) De Gisela Leal: Oda a la soledad y a todo aquello que pudimos ser y no fuimos porque así somos. Nunca leí una demolición personal tan íntima. 2) De Karen Chacek: Caer es una forma de volar. O de cómo una tragedia cotidiana puede entreverarse con la ternura. 3) De Beatriz Rivas: La hora sin diosas. Tres mujeres excepcionales que solían ser para mí meras fichas en la Wikipedia se transformaron en personas a quienes aún amo.)

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