(Antes de que) se acabe todo

Nadie acabará con los libros / Lumen, 2010

En una sociedad ya plenamente consciente de la rentabilidad de los apocalipsis, la defensa apasionada del libro ocupa un lugar central. Hablar del fin de la letra impresa, de la era de Gutenberg, se ha vuelto no sólo el más común de los lugares sino una consigna exagerada hasta el vértigo, un delirio donde los espíritus atrabancados (maliciosos o voluntariosamente estúpidos) no pierden la ocasión de señalar que nuestra época (esa época de la muerte de las ideologías, de facebook y twitter, de las máquinas expendedoras de cupcakes y las muñecas sexuales personalizadas) tiene como única ley la decadencia: moral, política, intelectual; y que todo ello es la causa (o el efecto) de la desaparición del libro.

Precisamente para deshacer este disparate (y tantos, de una variedad sólo comparable a la erudición que se utiliza para comentarlos) es que el periodista Jean-Philippe de Tonnac ha reunido en Nadie acabará con los libros las conversaciones que el célebre novelista Umberto Eco mantuvo con Jean-Claude Carrière, guionista y actor, y cuyo resultado es proverbial.

Herederos aventajados de Bouvard y Pécuchet, Eco y Carrière nos regalan un libro gozocísimo y vasto, algo que más que una defensa es una desacralización. Su tema es la historia de la cultura; su elenco, una caterva de personajes excéntricos, friquis de las ciencias imaginarias, de las soluciones inverosímiles; su tema es cómo heredamos los conocimientos del mundo, cómo los guardamos y transmitimos, cómo el olvido les da forma.

Aquí, la erudición es una sintaxis casi surrealista que permite la unión de elementos contradictorios; la arbitrariedad, al fin y al cabo, de la conversación entre dos amigos que resultan conocer vastas zonas de la ciencia, la filosofía, el cine, la política (un todo lento que escarba precisamente ahí donde algo hay fuera de foco). Lo que hilamos leyendo esto son anécdotas, pequeñas historias, reflexiones, enumeraciones, milagros vistos u oídos, todo entendido bajo la premisa que hace del humor (un humor casi melancólico, en el caso de Carrière; estridente, en el de Eco) una forma de la inteligencia.

Sólo así logran hablar de sí mismos, de sus obras, y, a veces obviándolo, del libro y sus transformaciones, sugiriendo que quizá éste sea el espejo más fiel que se ha inventado el hombre: un objeto limitado, entrañable, no pocas veces ridículo.

Roberto Culebro

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